Muchas veces, un abanderado se consagra por centésimas sobre sus compañeros, que no son pocos y están casi a la par. ¿Es justo que ese logro, fruto de tanto esfuerzo, sea licuado en nombre de lo que llaman inclusión?

Nivelar para abajo sería deshonrar a los que estudian y también a la Bandera

Por UNO

Por José Luis Verderico@jlverderico

Son horas de trimestrales. De repasar la historia de nuestros antepasados huarpes, de aprender a trazar ángulos agudos, rectos y obtusos usando el transportador, y de internalizar que los desastres naturales pueden ser causados por la siempre incontenible fuerza de la naturaleza, pero también por la mano desidiosa del ser humano. Son horas complejas para muchos chicos y también para muchos padres, no sólo por esos contenidos que menciono a modo de ejemplo y por las notas de esos exámenes globales, sino también por dos hechos que se repiten, mecánica e inexorablemente, cada año desde que la escuela tiene fecha de finalización de actividades:

1) el agobiante fin de año escolar con su típica mezcla de cansancio, calor y exigencias

2) el cierre de los promedios anuales con las últimas calificaciones. Y con estos, la designación de los nuevos abanderados para el ciclo lectivo 2015.

Antes de dar mi opinión acerca de esta polémica iniciativa que oficialmente es considerada “inclusiva” y que beneficia a los alumnos de primaria repetidores e indisciplinados, voy a dejar sentado que no me desvive que un chico acceda a portar la Bandera nacional durante el año escolar, por el sencillo hecho de que estar en carrera para lograr ese objetivo es una consecuencia directísima del esfuerzo y la dedicación. Ergo, los que estudian y se rompen el lomo todo el año sacan las mejores notas y tienen más chances de estar cerca de la Bandera nacional que aquellos que no se esfuerzan. Desdramatizar es la cuestión. ¿O no?

Sí me inquieta y me preocupa, y también me ocupa, que chicos de la primaria aprendan no sólo que los huarpes que vivieron en el secano lavallino fueron sedentarios y los primeros indígenas agricultores de la región, y que los números fraccionarios son una operación matemática; sino también un método de estudio, una técnica que les sirva por el resto sus vidas intelectuales, que aprendan a razonar, a pensar, a quitarle dramatismo a la actividad escolar y, entre otros menesteres, a leer y a en-ten-der lo que acaban de leer en voz alta o para sus adentros. Y especialmente, a divertirse y a hacer amigos sin que la escuela se vuelva una cárcel y/o una tortura.

Pero empecé esta columna hablando de trimestrales y de cierta tensión –hasta niveles intrafamiliares– para afrontar el último tranco del año sin caer derrotados todos (léase chicos, maestros y padres) a manos de los primeros calores estivales y del peso de los calendarios gregoriano y lectivo. Y sigo.

En muchos hogares, en este mismísimo momento, especialmente en los de alumnos de los sexto grado de escuelas primarias públicas y privadas, hay altísima expectativa por alcanzar el logro tradicional: ser abanderado o escolta. Y también mucho nerviosismo, no sólo porque se trata de una competencia, sino porque –y esto ha pasado por los siglos de los siglos– muchos chicos ganan la Bandera por centésimas apenas respecto de quienes resultan escoltas o suplentes.

Por eso, en honor a esas largas jornadas de esfuerzo, a veces con poco descanso y distracciones recortadas, signadas por la responsabilidad de estudiar (que los padres debemos ineludiblemente fomentar y propiciar); en honor también a esos dolores de panza, típicos de la previa a cada examen, voy a defender a ultranza que el acceso a la Bandera vuelva a ser un premio, un objetivo y una consecuencia naturalísima sólo para los que estudian y para los respetuosos de las tan mentadas e imprescindibles normas de convivencia escolar. Estamos a tiempo.