Por Alejandra [email protected]
Desde hace más de 40 años, don Julio César Gutiérrez se adentra en el desierto sancarlino de las Huayquerías para arrear las vacas y los animales en La Salada, repitiendo el trabajo que heredó de su padre, Domingo.
Doña Silvia, con quien lleva 55 años casado, aún espera ansiosa cada arribo de su esposo a casa, no sólo por la alegría de volver a verlo después de varios días afuera, sino porque sabe que él llegará, como es su costumbre, con un clavel del aire para obsequiarle.
“Después de trabajar, usted se va hasta el cerro, lo arranca despacito para que no se desarme toda la planta y lo lleva a la casa”, explicó este criollo una de las tradiciones más arraigadas en esta localidad del Valle de Uco y que se recrea, desde hace siete años, a través de la Cabalgata al Cerro de Los Claveles. En esta edición, fueron más de mil jinetes los que llegaron hasta el secano, para obsequiarle esta flor perfumada a cualquier mujer y luego compartir el asado y la guitarreada.
“Ver esto es impagable. Es un orgullo poder estar acá y que no se pierdan estas costumbres”, afirmó Ceferino Riera, junto a dos amigos más oriundos de Tunuyán, sobre la actividad que ayer los encontró montando sus caballos a las 5 de la mañana y partiendo para el anfiteatro Neyú Mapú. Allí se concentraron niños, jóvenes y adultos que marcharon todos juntos hacia La Salada para compartir la jornada que convoca a gente de toda la provincia, que en muchas oportunidades viaja un día antes y pasa la noche en este predio de San Carlos.
“Hace cuatro años que venimos, sobre todo, porque nos encantan los caballos. Llegamos ayer a la tarde y a la noche comimos asado y pollo. Después de la cena, compartimos un vino entre todos los que nos quedamos acá, mientras Ariel nos cantaba con su guitarra”, contó el tupungatino Marcelo Castillo, sobre la noche previa a la gran cabalgata que a las 9 de la mañana ya se dirigía en tropel por las principales calles sancarlinas. El ritual es seguido también por los vecinos, quienes desde las veredas esperan su paso para sacarles fotos o para alentarlos a que empinen la bota con un grito cuyano.
“Este año nos desbordó la cantidad de gente que ha llegado hasta acá. Esto nos demuestra que es una fiesta de la que el pueblo se ha apropiado”, expresó el intendente Jorge Difonso, encabezando la cabalgata realizada por primera vez en 2008, con sólo 45 caballos.
El domingo, además de los 1.000 gauchos, hubo unas 500 personas más que optaron por llegar en vehículos particulares por la huella del arroyo seco, para disfrutar igual de esta ceremonia organizada por la Comuna. Para todos hubo un gran asado popular y se montó un escenario donde actuaron algunos grupos musicales, además del folclore que los mismos participantes fueron animándose a bailar entre los suyos.
“Los Rojas somos 16. Nos vinimos bien tempranito con el asado, las empanadas y para el mate, hicimos bizcochuelos y alfajores. Nos gusta porque es una fiesta”, agregó María (75), de Eugenio Bustos, sobre la experiencia que las familias viven durante esta conmemoración que se realiza comúnmente a principios de noviembre, todos los años.
►Al agua. Las altas temperaturas se hicieron sentir desde temprano en La Salada. Por eso, los más pequeños eligieron disfrutar del agua en una gran laguna que los organizadores generaron poniendo un tapón de arena en un bajo donde el líquido fluye naturalmente.►Fotos Pintorescas. La ceremonia de entrega de un clavel a cualquier mujer es digna de ser fotografiada. Eso se vio mucho entre los jinetes que, aunque sea con sus celulares, quisieron retratarse haciendo la ofrenda.



