La mente de los músicos funciona de otra manera que la de los mortales. Esos tipos (mujeres también) no ordenan las ideas y no razonan como cualquier sujeto de a pie. Cuando la ciencia logre desentrañar totalmente la forma en que funciona el cerebro humano se llevará una sorpresa. Descubrirá que el bocho de un músico es tan parecido al de un hombre común que al de un gato, un guanaco, un pericoteo un ovejero alemán.
Y en la calificación de “músico” entra todo aquel que escucha, lee, escribe, toca, razona y vibra con aquello que surge de un pentagrama. Puede ser un virtuoso o no. Eso no es condicionante. Pero en cambio debe ser un apasionado del buen gusto, del conocimiento, de la tozuda búsqueda de la efímera perfección pese a que la satisfacción durará apenas un suspiro…o dos.
Al contrario, esta especie es bastante torpe para expresarse verbalmente. Para hilvanar y transmitir alguna idea coherente. Más bien se comunica con gestos, con monosílabos que hagan presagiar una fraseposterior. Por supuesto, sólo son claros cuando se expresan a través de la música, el único territorio en donde se deslizan con solvencia y elegancia. Definida esta subespecie humana podemos avanzar en la anécdota que hoy nos ocupa. La historia que merece manchar de tinta los dedos ocurrió hace unos 20 años, cuando todos eran jóvenes. Todos, incluso aquellos que no lo eran y hoy pueden mentir descaradamente ya que nadie quiere tomarse el trabajo de sacar cuentas.
Sucedió en San Martín. Vale aclarar inmediatamente que estos casos no ocurren más en el oriente mendocino que en cualquiera otra parte, sino que en el Este se hace un culto del recuerdo y también, a qué negarlo, son de lengua suelta.
El cronista tomará la precaución de no dar los nombres reales de los protagonistas y también modificará algunos detalles que puedan permitir sus identificaciones ya que hoy son personas probas, de buen concepto y que deberían mudarse por decoro mañana mismo si es que la historia no tamiza antes estas cosas.
Ubiquémonos cerca de fines de la década del '80. Había en la zona Este un músico con cierta trayectoria, conocido en el ambiente y que entre sus pares era buscado siempre, no por sus cualidades artísticassino por su acertado criterio con respecto a la forma de tratar al género femenino. Daba consejos y opiniones largamente argumentadas que, en general, pegaban en la tecla.
Marcelo, músico de esa generación, describe así a este personaje: “Conocía las mil y una formas de atraer al sexo opuesto, y pese a que no era un tipo pintón, no le iba nada mal con las mujeres”.
El galán tenía facilidad de palabra y sabía cómo dosificarla. Porque se puede ser muy inteligente y mantener conversaciones muy entretenidas pero si uno no sabe cuándo cerrar el pico todo se va al tacho. “Conocía a la mujer en su más íntimo parecer y sabía qué, cómo, dónde y cuándo atacar a su presa”, dice Marcelo, quien intentó hacer un compendio de las estrategias del Don Juan, pero prefirió usufructuar de su compañía y todo lo que desbordaba de ella antes que ponerse a escribir zonceras.
Cierta vez un joven baterista se acercó al experimentado músico comemujeres para pedirle un consejo. Resulta ser que el muchachito había conocido a la doncella de sus sueños. Al menos de sus sueños eróticos, ya que la muchacha era exuberante. Cierto es que también tenía facciones agradables y modales aceptables. Pero lo que realmente deslumbraba al baterista era la abundancia de la dama. Una abundancia muy bien distribuida.
“Para suerte del muchachito la mujerota le había confesado que él tenía algo muy sensual que despertaba sus deseos sexuales y que la atrapaba”, recuerda Marcelo, que fue testigo de la historia.Entonces el baterista fue a pedirle consejos a aquel amigo músico, guerrero de mil batallas. Quería impactar a la mujer. Quería poseerla en lo físico pero también en lo sentimental y deseaba que la relación perdurara en el tiempo. Tanta mujer no podía disfrutarse completamente en pocas noches y era necesario que la relación se consolidara.
El experimentado galán respiró hondo, hizo un prolongado silencio como para que sus palabras sonaran como un mandato ancestral y dijo: “Cuando estén solos en el telo, ya desnudos, vos vestite imprevistamente y decile: ‘Perdoname, me voy’. No digás nada más. No des más explicaciones. Como todas las mujeres son unas histéricas, la mina no se va a olvidar nunca de vos y hasta te va a perseguir para poder estar juntos. Acordate lo que te digo. La vas a tener por siempre a tus pies”.
El muchachito baterista asintió con la cabeza. Dudó, pero no quiso decir nada. Él era el que había ido a buscar consejo y sabía que su amigo nunca fallaba. Había que hacer de tripas corazón y seguir esas instrucciones. Después de todo era la primera mujer que realmente le interesaba y había que hacer todo para poder conseguirla y retenerla.
Entonces cumplió el plan tal como se lo habían aconsejado: llevó a su enamorada al albergue transitorio, disfrutó de los juegos preparatorios y cuando sólo faltaba la consumación… se vistió y se fue, no sinantes pedir disculpas.
Pasaron unos veinte días. El músico consejero quiso averiguar cómo le había ido a su amigo y, por casualidad, una nochecita se cruzó en un bar con la pulposa muchacha. Entonces le preguntó por el baterista. La mujer dijo: “No lo vi más. Creo que es trolo. ¿Querés que te cuente lo que me hizo?”… y pasó a relatarle lo sucedido esa noche.
Pasaron los años. Quizás hayan pasado más de veinte. Los músicos de esa época frecuentan todavía los mismos lugares, hablan de las mismas cosas y divagan sobre los mismos sueños. “Todavía, cada tanto, recordamos riéndonos esa anécdota y brindamos a la salud de la grandota que se fue a vivir lejos de acá”, dice Marcelo.


