Por Fernando G. [email protected]
Es apenas un niño, de seis o siete años, que concurre a un desfile militar. Son días extraños en su país, en su familia, en su siglo. Pero es apenas un niño y no lo sabe, no entiende del todo lo que está pasando. Es tan natural que su padre, militar, forme parte de la ocupación soviética en su país (Letonia)... Es tan natural que cada noviembre, en honor al Ejército Ruso, abunden las banderas rojas y las pancartas con los rostros de Lenin y Stalin... Tan natural que en un momento del día –cuando el alcohol saca de circulación a los mayores y son los niños los que siguen la fiesta– él sale al ruedo y ante la mirada de todos se pone a bailar. Y recibe sus primeros aplausos. Y allí comienza todo.
El gran bailarín soviético Mijaíl Baryshnikov relató así su ingreso a la danza, es decir, al arte en el que brilló con una intensidad única (está considerado el más perfecto bailarín de todos los tiempos). Fue en una entrevista abierta que ofreció ayer a la mañana en el teatro Independencia, ante un público frondoso y mayormente conformado por sus colegas locales.
Misha (tal como se lo conoce) llegó a Mendoza para conocer de los vinos locales –ver aparte– pero accedió a este encuentro público que resultó, sin dudas, un regalo excepcional para el nutrido grupo de admiradores de su arte, que los hay en todo el mundo, y por supuesto también en Mendoza.
Con una modestia y una simpatía inclaudicables, el también actor y coreógrafo compartió sus reflexiones sobre el arte de la danza, sobre la fama y sobre la pasión por el arte, ese raro privilegio que lo tiene como una figura excepcional.
Sentado en un sillón de cuero verde, sobre el escenario del Independencia, Misha respondió primero a las preguntas de la ministra de Cultura Marizul Ibáñez (confesa admiradora de Baryshnikov) y luego atendió las dudas de gente del público y de algunos periodistas.
Llegado a la Argentina para la serie de funciones de la obra teatral The Old Woman, en la que comparte cartel con Willem Dafoe, Baryshnikov comenzó su charla confesando que representó un verdadero honor ser convocado por el director Robert Wilson (a cargo de la puesta) para esta pieza. “Mi ingreso al teatro tuvo desde el principio un contacto con las obras experimentales. Empecé haciendo de Gregorio Samsa en una versión de La metamorfosis, de Kafka, Luego protagonicé obras de Chéjov y Becket”, rememoró. “Creo que el teatro experimental está más cercano a la danza, y por eso cuando me encontraba en reuniones sociales con Robert Wilson nos saludábamos y nos decíamos: ‘Ya vamos a trabajar juntos’. Por suerte, al fin se dio”, contó quien fuera primer bailarín del American Ballet Theatre.
El artista, quien desertó de la Unión Soviética y fue asilado por Canadá y los Estados Unidos en los tiempos de la Guerra Fría, confesó, con una ironía no exenta de seriedad, que a fin de cuentas fue gracias al Ejército Ruso que se convirtió en bailarín.
Ante la pregunta de quién había sido su ídolo en la niñez, en lugar de mencionar a Nijinsky o su maestro Pushkin, Misha dijo: “Fue mi madre. Ella era una modesta campesina, una persona muy sencilla. Sin embargo, desde chico me llevó a escuchar orquestas sinfónicas, a ver óperas y ballets, a ver películas extranjeras (alguna cinta india de cuatro horas de curación), a asistir a circos... Me rodeó de todas las manifestaciones del arte. Cuando decidí ser bailarín, me apoyó. Antes, claro, me dijo: ‘Hay que trabajar mucho’. Y yo le dije: ‘Estoy dispuesto a hacerlo’”.
Baryshnikov también se permitió subrayar su alegría por estar en Mendoza, seducido por sus vinos, aunque recordó que bailó otras veces en Buenos Aires y que siempre se sintió atraído por la Argentina. “Cuando era chico, me interesé por el tango. Luego, por las películas de Carlos Gardel y fui también lector de Borges. Este país, de alguna manera, fue mi puerta hacia Latinoamérica”, recordó.
Finalmente, y tras decir que a sus 66 años no ha “dejado aún de bailar”, no quiso darles consejos puntuales a los bailarines, pero sí compartir su mirada sobre esto: “Traten de imaginar sus vidas sin el arte. No es un trabajo normal. Lo mejor que les puede pasar es que no pueden vivir sin dedicarse al arte”.
►"Hemos crecido con la imagen de él y con su talento, el cual impregnó en diferentes disciplinas. Me ha inspirado mucho en mi carrera” (Valentina Fusari, coreógrafa y bailarina).
►"Es una emoción indescriptible tener a un grande la danza en nuestra presencia. Somos unos privilegiados al poder escuchar sus palabras” (Marta Lértora, coreógrafa y bailarina).
►"Es muy importante para los artistas de Mendoza tener contacto con una persona tan estratégica en varias disciplinas, que ha dejado una huella” (Patricia Motos, coreógrafa y bailarina).
►"Uno siempre se nutre con el contacto con quien ha dejado una huella tan grande en la danza. Estamos contentos por poder compartir un momento con este grande” (Vilma Rúpolo, coreógrafa y bailarina).


