Por Paola Aléale.paola@diariouno.net.ar
El escultor Guillermo Rigattieri comenzó su carrera a los 18 años, cuando era estudiante de la facultad de Arte. Su obra ya forma parte de colecciones privadas en países como España, Italia, Chile y Estados Unidos.
La “monstruosa inocencia” de la infancia es el ADN de sus esculturas

Hay muchas teorías acerca de lo que significa hacer arte. Hay quienes lo asocian con provocación, protesta, belleza, creación, revolución. Quizás exista una definición distinta para cada artista y forma de expresión. Sin embargo, al entrar en contacto con la obra del escultor mendocino Guillermo Rigattieri (38), la primera asociación que cabe es la de arte como juego, de obra como juguete, y de artista como niño.
El propio artista define el carácter de su trabajo diciendo que sus esculturas guardan un aspecto de “monstruosa inocencia”, como podría describirse ese sentimiento particular que a veces nos provoca la infancia.
En su trabajo, repercuten la melancolía y la oscuridad de los personajes de Tim Burton y se escuchan las voces de los amigos, que comparten con él la pasión por el arte: Fernando Rosas, Gabriel Fernández y Federico Arcidiácono, por nombrar algunos. Entre ellos se halagan, se critican y se influencian. Pero cuando llega el momento de trabajar, Rigattieri confiesa que prefiere hacerlo en soledad.
La primera pregunta sucede en medio del jardín de su casa, poblado de esculturas, de una explosión de plantas que nacieron de las manos de su esposa, Julieta, y de un batallón de juguetes, inocultable influencia de su hijo de cuatro años, Ulises. El jardín es, sin dudas, el lugar de la casa en el que confluye el espíritu de sus tres habitantes.
–¿Cómo llegaste hasta acá?–La historia se remonta a los comienzos de la facultad de Arte. Me vine a estudiar a Mendoza cuando salí de la secundaria, empecé a trabajar paulatinamente en mi taller y en tratar de vivir de lo que hacía. Fue difícil, pero no es imposible hacerlo.
–¿Siempre te relacionaste con esta rama del arte de realizar esculturas a través de forjar y soldar el metal? –En el taller de fundición me entusiasmé apenas empecé la carrera. La verdad es que desde un comienzo me dediqué a esto y nunca pensé en hacer otra cosa, aunque en un principio trabajaba con arcilla y látex.–¿Cuál fue el primer momento en que te fascinó el arte?–Sin dudas, influyeron mucho mis visitas a los talleres de artistas como Eliana Molinelli y Roberto Rosas cuando vine a estudiar acá. Imaginate, venía desde San Rafael y no sabía que se podía vivir del arte, ni siquiera lo tenía registrado.
–¿Fueron tus primeros maestros?–No precisamente, pero hablar con ellos me abrió la cabeza. Molinelli sí fue mi profesora de facultad. Aprendí que se puede vivir de esto, aunque requiere un esfuerzo extra.
–Puntualmente, ¿qué es lo que más cuesta al momento de decidir dedicarte al arte?–Hay algunos aspectos complicados: que todo depende de uno, es uno de ellos. Quiero decir, que los horarios los maneja uno, que todo depende de uno y que un día hay y que otro día, no. Controlar una estabilidad económica y que las pretensiones de vida que tengas se acomoden a eso es complejo, pero no imposible.
–¿Y las dificultades para concretarlo?–Se me presentan, más que nada, cuando no muevo la obra, se nota eso.
–¿Qué es “mover la obra”?–Exponerla, venderla, publicarla en internet. Todo lo hago yo y eso me estresa un poco. Pero hay un secreto: hagás lo que hagás, tenés que ponerle una cuota de tiempo. Es fundamental, con muestras, con difusión, son importantísimas en cuanto al posicionamiento del trabajo. También sacarle buenas fotos, tenés que mostrar bien lo que hacés.
–Eso es, creo, lo que más les cuesta a los artistas: hacer marketing... –Sí, es cierto, porque son mundos casi separados. Lo importante y lo más difícil es armar un circuito, eso es fundamental. Es lo que más cuesta y tenés que invertir en esto tiempo y trabajo. Yo paso horas visitando galerías, viendo y probando de cuál no seré rebotado. Porque de 30 galerías a las que mandás tu obra, una te contesta. Hay que tener paciencia y dedicación.
–¿Te sentís parte del mundo artístico local que desde afuera se percibe como grupo algo cerrado? –No sé si me siento parte del mundo artístico local, sí sé que mis amigos provienen del arte. Con ellos me he formado y me formo. Cuando estoy trabajando en una escultura la critican, aportan...
–¿Te gusta o te cuesta trabajar solo? –Nunca estoy solo. Mi casa-taller es el lugar de trabajo de mi esposa y el espacio lúdico de mi hijo. La Juli trabaja adelante y yo, atrás, y Ulises anda entre los dos. Estamos las 24 horas juntos, es como un “Gran Hermano familiar.” Todos trabajamos en la casa. La familia demanda un gran tiempo. Nos hemos adaptado a esto. Antes yo decía: “Chicos, no me molesten, estoy creando”, ahora eso no existe. Se puede hacer igual.
–¿Hay algún artista en tu familia de origen, alguien que te influenció?–Mi padre es arquitecto y amante de la música. En mi casa, se podía estar en contacto con lo artístico. Eso sí me influyó.
–¿Qué situaciones de tu vida repercutieron o repercuten en tu obra?–Haber sido padre me influyó mucho. La infancia y los juegos están muy presentes en mi obra. También hubo dos situaciones que –la expresión es casi literal– me marcaron: cuando era muy chico, me atropelló un auto. Con la plata que cobré de ese juicio compré mis primeras herramientas de trabajo. Después, ya más grande, cuando ya iba a la facultad, me pegaron un tiro, estuve en el hospital y esa experiencia me enseñó a tomarme el tiempo muy en serio. Ahora trato de reflejarlo en mi trabajo.Perfil
- Nació San Rafael el 18 de agosto de 1976
- Estado civil Está casado con Julieta Ravida
- Hijos Son padres de Ulises, de 4 años
- Actualmente, parte de la obra de Guillermo rigattieri está expuesta en la bodega Zuccardi, en Maipú, y puede visitarse.