Por Enrique [email protected]
No se perdía una sola jugada de la lotería. Siempre compraba un entero completito. Siempre el mismo número: 82.145.
El agenciero de San Martín que lo atendía desde siempre ya le dejaba reservado ese número. “Este no se vende, es el número de Don Carlos”, decía.
La rutina se cumplió durante más de diez años. La mayor expectativa era para los sorteos de Navidad, Año Nuevo y Reyes, porque los pozos eran mucho más grandes que en las jugadas del resto del año.
Pero Carlos nunca sacó gran cosa, apenas alguna terminación que le hacía salvar algunos pesos.
Cada tanto, el cliente viajaba, ya sea por negocios o de vacaciones con su familia, y el agenciero siempre daba por jugado ese número.
La mayoría de las veces, Don Carlos lo dejaba pagado por adelantado.
Pero si por algún motivo el hombre olvidaba abonar el número antes de partir, el agenciero lo daba por jugado y Carlos lo pagaba religiosamente a la vuelta, por más que ese bendito número figurara nuevamente en la enorme lista de los perdedores.
El episodio que quedó en la historia ciudadana de San Martín y que todavía se cuenta en los bares sucedió hace ya más de 20 años.
Algunos dicen que es un mito, pero otros sostienen que el episodio fue tal como se cuenta y que todavía en la actualidad los protagonistas del hecho bajan la vista y fantasean con que se está hablando de ellos y de lo ocurrido “aquella vez”.
Era verano. Don Carlos tendría unos 65 años.
Sus hijos habían ya conformado su propio hogar y el matrimonio vivía solo, disfrutando de la paz hogareña, de la visita de los queridos nietos y de algunos gustos sencillos que no se habían podido dar de jóvenes: una cena, algún viajecito…, zonceras de ese estilo.
Ese enero decidieron ir a la playa. Antes de partir, Carlos fue hasta la agencia de lotería y quiniela y le dijo al dueño: “Te dejo pagados tres sorteos. Si me atrasó y hay alguno más, vos, como siempre, jugámelo a mi nombre y después te lo cancelo”. El agenciero dijo: “No se haga problema, Don Carlos, así será”.
Y así fue. Pasaron las semanas.
El cuarto sábado de enero y después de tantos años salió el 82.145 a la cabeza. La grande. Era muy buena plata.
En la playa, Carlos se enteró de su fortuna, pero no apuró su regreso. Al contrario, disfrutó todavía más del descanso hasta los últimos días de enero. Sabía que ese número era el suyo, que lo había dejado pagado y que su agenciero era de confiar.
Pero el hombre es un bicho extraño. Ante situaciones especiales, es capaz de modificar su conducta habitual totalmente y hacer lo opuesto a lo que hace en circunstancias normales. En este caso, la codicia venció al dueño del comercio.
Ese sentimiento quizás nunca había existido en él o tal vez siempre estuvo adormecido y se despertó en ese instante, cuando surgió la oportunidad.
El agenciero se contactó con un amigo y le propuso un negocio redondo: “Yo al 82.145 siempre lo doy por vendido y esta vez también fue así. Hagamos de cuenta que yo te vendí este número a vos. Vos cobrás y me das la mitad. Cuando vuelva Don Carlos, yo le digo que me olvidé de reservarle el número, que lo vendí y que no recuerdo quién lo compró”.
Así lo hicieron.
Don Carlos casi se muere cuando regresó a San Martín y el agenciero le contó esa historia. No la creyó y estuvo a punto de atacarlo a golpes, pero no tenía cómo comprobar ante la Justicia que ese número 82.145, el que había ganado el premio mayor, era suyo.
Entonces debió resignarse.
Como venganza sólo le quedó contar la historia a quien se le cruzara y que todos supieran de la mala fe de los cómplices.
Que se conociera la maniobra en toda la vecindad. Dicen que, como todo dinero mal habido, no le cambió la vida al agenciero ni al falso comprador.
Apenas se dieron una gran vida por un tiempo acotado, mientras Don Carlos rumiaba su bronca. Después todo se terminó, la plata y el odio del estafado, quien se murió en paz unos años después.
Pero la historia sigue tan viva como el día del sorteo y todavía hoy se rumorea lo ocurrido a espaldas de los dos embaucadores.


