Por Gustavo De Marinisdemarinis,gustavo@diariouno.net.ar
Hortensia Ramos y un testimonio tan conmovedor como valiente

“He venido a cumplir con mi hijo porque él ya no está. Se lo debía. Muchas gracias”. Con esas palabras cerró su exposición Hortensia Ramos el lunes en el megajuicio por delitos de lesa humanidad. A sus 85 años la mujer, con convicción y valentía y una extraordinaria lucidez se presentó ante el Tribunal Oral Federal para dar testimonio de los padecimientos sufridos por su hijo, Mario Roberto Díaz, privado de la libertad, ilegalmente, casi 7 años y medio, entre 1976 y 1984.
Hortensia no llegó sola al segundo piso de Tribunales Federales. Su marido la acompañó y se sentó en la primera fila del lugar destinado al público, para estar cerca de ella y hacerle el aguante. Es más: muchas veces levantó la voz como queriendo contestar por ella y ayudarla en su declaración seguramente convencido, como su esposa, de la necesidad de que se conozca todo lo vivido por Mario en esos años de dictadura y represión.
También acompañó a Hortensia una foto de Mario que ella colocó cuidadosamente sobre una mesita que tenía adelante. Dio datos, fechas y nombres sin titubear. Como todos y todas (o casi todos y todas) los que hacen su aporte para reconstruir historias y reparar memorias.
Mario Roberto Díaz fue secretario de la Juventud Peronista de Rivadavia. Su mamá lo describió como un chico alegre, noble y muy querido al que le gustaba cantar. Tenía una discapacidad que le impedía mover el brazo derecho. Por eso le decían El Manco. Estudió Fisioterapia en Córdoba, lo que le permitió hacerles curaciones a sus compañeros de encierro cuando volvían de la tortura.
Por la tenencia de un revólver que le había armado su abuelo el Consejo de Guerra militar lo condenó a 10 años de prisión.
Pasó por la Comisaría de Rivadavia, el D2 del Palacio Policial y los penales de La Plata, Sierra Chica, Devoto, Caseros y Rawson. En el D2 fue lo peor. A las torturas conocidas, de picanas y golpes, se sumó que se le subían a la espalda y lo pateaban. Ese salvajismo le dejó secuelas, como un tumor en la columna que lo tuvo a maltraer toda su vida, hasta hace tres meses, cuando falleció.
Sus padres nunca lo abandonaron. Lo siguieron a todos lados. Hicieron miles de gestiones y se entrevistaron con policías, militares, curas y demás.
En la Comisaría de Rivadavia, Hortensia contó que el entonces subcomisario Armando Guevara le dijo que “su hijo salió en libertad y se fue diciendo que no quería saber más nada con su familia”. En realidad lo habían trasladado al D2.
Otro policía que habló con Hortensia fue Juan Oyarzábal –también rivadaviense–, quien ya purga dos condenas a prisión perpetua. A él Hortensia le preguntó por qué torturaban a los detenidos, con qué necesidad. Con dolor recuerda la respuesta: “¿Y si no los torturamos, cómo podemos saber lo que queremos?”.
Tamer Yapur, militar fallecido hace poco, varias veces imputado también recibió a la mujer: “Le pedí que me dijera qué fue lo tan grave que hizo mi hijo y me respondió que a ellos no les interesaban los que ponían bombas ni andaban a los tiros, sino los que pensaban”.
Como dice el primer párrafo de esta nota, Hortensia Ramos terminó su testimonio con un sentido “muchas gracias”. En realidad a quien hay que agradecerle, por su fortaleza, es a ella. Seguramente su hijo y quienes lo conocieron estarían más que agradecidos.