Por José Luis [email protected]
Delincuentes: años atrás, a nadie se le hubiera ocurrido asaltar y destrozar instalaciones escolares. Al parecer, había ciertos límites. Hoy, asistimos a ataques vandálicos en varias instituciones. Los daños materiales, sociales y psicológicos son
En lenguaje maradoniano puro, se diría: “La escuela no se mancha”
Roban hasta los inodoros, pasando por los alimentos, las computadoras y hasta los trabajos de los alumnos. Destrozan las estufas, los vidrios y arrancan las rejas de cuajo. Atacan las escuelas donde seguramente aprendieron a leer y a escribir, a sumar y a restar. Y si no, tal vez lo hayan hecho sus hermanos, sobrinos o sus propios hijos. Pero nada los detiene.
Me duele profundamente cada vez que los establecimientos educativos son desgarrados y desangrados por la delincuencia.
Ollas que sirven para cocinar el único alimento diario de los chicos, paquetes de fideos, bolsas de azúcar y hasta el pan quedan ahí, derramados en el suelo y muchas veces orinados y defecados, acciones que hacen, definitivamente, incomprensible e imperdonable todo este tipo de tropelías.
Años atrás, ni el más osado se hubiera animado a meterse con la escuela. Hoy, los ataques vandálicos son moneda corriente y, como consecuencia de ellos, el Estado provincial debe invertir en reparaciones inesperadas y dificilísimas de solventar –máxime si tenemos en cuenta que en muchos edificios escolares cuestan sangre, sudor y lágrimas– desde la reparación de una cañería o la instalación de un sanitario hasta la terminación de una medianera o el arreglo de un techo.
Ni los docentes se salvan y mucho menos algunas de sus pertenencias, como los automóviles que dejan estacionados en las cercanías.Asaltos, golpizas y hasta un asesinato (el de la docente Claudia Oroná, en 2004, en Godoy Cruz, es emblemático y referencial) han sacudido la vida de diversas comunidades educativas de Mendoza y del resto del país.
“La escuela no se mancha”, podría decirse en lenguaje y expresión maradonianos. Sin embargo, parte de la delincuencia local y nacional se mueve sin miramientos ni ponerse colorada al momento de elegir un blanco fácil de someter.
Inseguridad hay en todos lados y lo que falta es prevención del delito. Sepa, el lector, que admito no estar descubriendo nada con esta frase, pero me parece que es un concepto básico que debe ponerse sobre la mesa a perpetuidad.
Sobre todo ahora, que el Gobierno de Mendoza avanza decididamente en la construcción, el equipamiento y la apertura de bibliotecas populares en buena parte de la provincia.
Amo la lectura, la escritura y muchas otras actividades culturales y sé que gracias a las bibliotecas populares miles y miles de chicos de Mendoza y del país pueden acceder, en sus barrios y de primera mano, a libros de texto e infinidad de materiales que ayudarán a formarlos.
La clave es saber cómo se cuidarán y mantendrán esas instalaciones materiales y edilicias para que un día no nos levantemos con la triste noticia de que tal o cual de esos espacios fue desvalijado en manos de la misma delincuencia que, de un tiempo a esta parte, tiene a las escuelas entre ceja y ceja.
Duele ver a los chicos despojados de sus trabajitos; a los docentes, de los materiales didácticos; a los celadores, de los enseres de cocina, artículos de limpieza, y los almuerzos que ya no podrán ser.
Permitir que estas tropelías sigan, una detrás de otra sin freno a la vista, será condenar a la sociedad toda a una dura forma de exclusión: la educativa.



