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A los 56 años dos tiros que habría disparado un joven de 17 años le pusieron fin a su historia, en la puerta de su casa en Pareditas. La conmoción por el asesinato de este profesor de literatura que escribió destacados libros y que dejó un transgresor legado cultural fue grande.
Madrugada del domingo 26 de octubre. Una nueva movida terminó en el escenario curvo del bar Kilómetro 3175, que tuvo, como de costumbre, previa con pizzas y birras en el comedor de la casa. Cuando el sol ya quería asomarse y la brisa fresca anunciaba el típico amanecer pareditano, probablemente Omar Luna se prendía otro cigarro, cerraba los ojos y le decía “¡salú!” a la última noche que lo envolvería a la orilla de la Ruta 40. O quizás le hizo un guiño al amor y se perdió entre otros brazos sobre la cama o le hizo el amor a la soledad, esa dama que él confesaba que, cada tanto, le susurraba. Sin embargo, el sol traspasaría su patio para golpearle la ventana y recordarle que el domingo lo esperaba para que se pusiera a hacer algo de lo que le gustaba, como caminar descalzo por la tierra, regar o cambiar de lugar las plantas o hacerse una escapada hasta los médanos sancarlinos para tomar una bocanada de aire y suspirar luego algún poemita, un cuento o una simple anécdota para escribir y compartirles a los suyos.
“Papel glacé amarillo brillante. Tobogán. Guirnalda de papel creppé rojo y verde. Viaje. Camino. Rock y nacional. Rasguña las piedras. Pasame un porrito. Beber y cantar. Una guitarra. Viajar. Caminar. Recorrer. Divagar. Andar. Mujer. Amor. Boda. Hijo. Hija. Separación. Viajar. Caminar. Avanzar…”, así empezó este polémico escritor su última publicación de Facebook, unas horas después, cuando el reloj marcaba las 18.23. Antes había cambiado su foto de su perfil y había subido las del reciente show. Después, cuando ya anochecía, fue hasta la rotisería a una cuadra, compró unas empanadas, charló con los vecinos en el camino y regresó hasta en ese mismo punto kilométrico donde vivía y al que no alcanzó a entrar porque recibió dos balazos por la espalda. El reloj marcó un poco más de las 21 y el punto final del relato que en vida este reconocido docente sancarlino escribió durante 56 años, signado por la libertad de pensamiento y de acción.
“Sólo queremos que se haga justicia” es uno de los tantos pedidos que recorrieron durante la última semana las redes sociales, ante esta muerte por la que hay un joven de 17 años detenido, a quien Luna habría señalado minutos antes de morir camino al hospital Scaravelli, de Tunuyán, adonde tuvo que ser trasladado por su cuñado en un vehículo particular ya que en el Tagarelli, de San Carlos, no había ambulancias y no fue atendido por la gravedad de sus heridas.
Además del dolor, la confusión ante el motivo que llevó a que lo mataran aparece como el denominador común por estos días en San Carlos y que llegó a muchos mendocinos que siguieron la trayectoria de este artista que publicó Mermelada Loft, Beatriz por los baños y Perinola Subterránea. También enseñó Literatura en varias aulas del Valle de Uco y promovió una apertura artística, más del ambiente del under, a través de las polémicas propuestas de su bar.
“Sé que seré conocido después de muerto y eso me agrada ya que me permite vivir a mi antojo en este tiempo terreno”, se despachó hace unos años, cuando rechazó una entrevista porque no toleraba algunos destellos de fama a partir de sus libros ya que eran asuntos de editorial, de marketing y publicidad. “Esas boludeces nada, pero nada tienen que ver con mi vida actual”, como afirmó.
Papá, docente, amigo, vecino–Hijo. Veamos cuántos me gusta juntamos.
–Bueno papi.–Veo si te doy dos pesitos por cada uno.–Uh. Ya dijiste, papi.Esta breve conversación fue la que el Omar –para los pueblerinos– transcribió en su perfil para acompañar una foto junto a su hijo Enrique (25), en la barra del bar. “Nunca un reto con nosotros, con una mirada te decía todo. Siempre tenía un consejo diferente y nos enseñaba a ser libres apoyándonos en cada proyecto que emprendíamos. Nunca nos reprimió, ni nos dijo qué o como ser”, contó el joven protagonista de esta imagen sobre su papá y la crianza que les dio tanto a él como a sus hermanos: Luciana (23) y Damián Alejandro (27). Ellos fueron fruto del matrimonio con la docente sancarlina Marisa Porcel, con quien mantuvo una buena relación después de su separación.
Con Enri convivían prácticamente todos los fines de semana, ya que atendían juntos este local nocturno. “No lo veía como un negocio, sino como una distracción. Él se sentaba a esperar que alguien llegara para compartir un trago y conversar, escuchar y seguramente después usar esas historias para escribir. Es que siempre estaba escribiendo, la mayor parte del tiempo”, recuerda sobre su padre y sobre quien fue también su profesor de Lengua en la secundaria.
Apasionado por la docencia, Luna se formó en la carrera de Lengua y Literatura y desde joven dio clases en varias escuelas, dictó talleres literarios y en la actualidad estaba al frente de algunas cátedras en el Instituto de Enseñanza Rosario Vera Peñaloza.
“Fue extraño y muy doloroso entrar el martes al terciario sabiendo que ya no iba a estar con sus charlas y relatos, que ya no estaría ese profesor que hacía de los martes tediosos un buen comenzar”, escribió Florencia, resumiendo apenas uno de los cientos de mensajes que sus alumnos no han dejado de escribirle ante su pérdida. Honrándolo con la actitud que él les profesaba: que se expresaran libremente, que perdieran el miedo a hablar, que se soltaran, que dialogaran. Es que en esas aulas, enseñó como vivió: sin estructuras, ni cadenas.
“…un mate en rectoría. Soñar, organizar, gestar, plasmar. Una consulta al paso en el recreo y un café. PLACERES COTIDIANOS: ser parte del VERA”, escribió hace un mes este bohemio sobre la profesión que ejercía a la par de su carrera de escritor, que le dio grandes reconocimientos como el Premio Escenario 2008.
“Omar devino escritor de narrativa con proyección nacional generada a pulmón y entusiasmo propio”, destacó Antonio Rolando Arenas, uno de los tantos mendocinos con los que compartió una amistad, la pasión de los recitales progresivos y el gusto por la literatura y quien editó La Página del Buffet, en el que incluyó textos de su autoría.
Polémico, raro, transgresor, hippie, loco fueron también algunos de los motes que se ganó Luna en su pueblo. Le gustaba ser ese romántico de los ritos, las ceremonias, el rock metálico, los poetas malditos, Almodóvar, el surrealismo. Le atraía la pérdida de límites hecha metáfora en los travestis y en el drag queen; en los trapecistas, mitad cóndor y mitad humanos; en la sonrisa de un payaso y su tristeza, detrás. “Les resulta tan complicada tu libertad”, había escrito el pareditano.
Sin embargo, como enarbolaba también la bandera del respeto hacia el otro, supo generar otras propuestas que incluyeran a todos sus vecinos del sur sancarlino, al trabajador de la tierra y al obrero rural. En sus manos estuvo siempre la organización del Festival Nacional del Orégano, aquella fiesta “con esplendor a verde y aroma a ensalada, a cocina, a brindis, a sonrisas”, como él la definía.

