Elena Madrazo Hegewisch (51) nació en México. A los 29 años inició su carrera como embajadora en la república islámica de Mauritania (África), donde fue la primera mujer diplomática. Hace tres meses se instaló en Mendoza.

“El diálogo es la mejor base para solucionar los problemas entre países”

Por UNO

Luciana Morá[email protected]

A los 29 años inició su carrera como embajadora en la república islámica de Mauritania (África), donde fue la primera mujer diplomática. Ocupó el mismo cargo en Guatemala, Costa Rica y Níger (África), donde abrió la primera embajada española. Fue cónsul general en Colombia y en Dusseldorf (Alemania). En setiembre asumió como cónsul general de España en Cuyo. No conocía Argentina. Hace tres meses se instaló en Mendoza, donde estará al servicio de los más de 40.000 españoles residentes en la región.

Elena Madrazo Hegewisch (51) nació en México, de donde era oriunda su madre. A muy corta edad se mudó a España, tierra natal de su padre. En la Universidad de Cantabria las carreras universitarias no coincidían con su perfil, pero decidió estudiar Historia Contemporánea. “Una vez que concluí los estudios de repente pensé en dedicarme al servicio exterior por muchas razones. Primero, porque me gustaba mucho la idea de vivir fuera, conocer otros países, otra gente, tener una vida un poco variada, saber que estás en un sitio y luego te vas. Todo tiene su precio pero a priori me pareció atractivo y me sigue pareciendo atractivo. En España hay que pasar un examen para ser diplomático, lo aprobé y al poco tiempo fui destinada a Mauritania”, contó a UNO la flamante cónsul española.

–¿Cómo fue su primera experiencia en Mauritania?–Aprendí mucho, me trataron siempre con mucho respeto. Es decir, era un país musulmán y evidentemente practicaban mayoritariamente esa religión, pero siempre tuvieron una relación bilateral muy buena con España y, por lo mismo, conmigo.

–¿Y en Níger?–Cuando me tocó abrir la embajada, Níger era el país más pobre del mundo y cuando uno llega con una maleta, un celular y una computadora entra con cierto vértigo que luego, transformado con sentido del humor y con los fantásticos colaboradores que tuve, no fue ningún problema. En África me sentí en casa, la gente muy acogedora, me sentí en familia.

–¿Qué es lo primero que observa cuando llega a un país?–Trato de distinguir el entorno mental cultural, las costumbres. Creo que los países de este lado del mundo, o que hablamos el mismo idioma, tenemos una manera muy similar de enfrentarnos a la muerte, al tiempo. Cuando llego a un país, una referencia que siempre busco es conocer cómo mide esa cultura el tiempo y la muerte. Eso me ayuda a definir ese pueblo, me sitúa en él. Es lo primero que veo, al igual que el idioma o la producción artística, cultural y literaria. También me gusta mucho ver los supermercados, saber qué come la gente, a qué hora lo hace. Eso me hace saber si estoy en un marco de referencia conocido o desconocido. Cuando viajo, aparte de conocer museos y otras cosas, me gusta mucho sentarme en un café, comprarme el periódico local –si entiendo mínimamente el idioma- y mirar. Creo que es importante ver cómo se relaciona la gente.

–¿Por qué piensa que son tan fuertes esos dos conceptos de la muerte y el tiempo?–No lo sé, seguramente porque cuando estoy en países que no tienen la misma dimensión que yo del tiempo y la muerte, que la tengo por mi cultura, mis orígenes, por dónde he vivido, por mi familia, eso me ha causado extrañeza porque me siento distinta, aunque no en el sentido negativo. Por ejemplo, en Argentina no me siento nada diferente ni extraña, en otros sitios sí, pero eso no es malo, quizás se activan más las alertas para aprender. Uno ve que no hay nada ni blanco ni negro y lo que da riqueza a la vida son los matices, entonces uno está acostumbrado a decir, hacer y pensar las cosas de una manera y luego descubre que hay otras formas. Por lo menos quiero creer que eso incrementa los límites de tolerancia y eso es lo que te permite vivir feliz, o no incrementar los grados de infelicidad (risas).

–¿Ha intervenido en negociaciones centrales en países en los que ha estado en misión?–Sí. Cuando estaba como embajadora en Guatemala las autoridades de ese país estaban negociando y firmando acuerdos de paz. En Colombia también, en la época en que el presidente Andrés Pastrana estaba buscando una firma de un acuerdo de paz con diferentes grupos guerrilleros, acuerdo que interrumpió él mismo. Fue una época dura para Colombia, con muchos secuestros... también tuvimos casos de secuestrados españoles.

–¿Esas experiencias han sido las más fuertes en su carrera?–En términos humanos sí. Creo que al final lo que más lo afecta a uno, o uno más recuerda, son aquellas situaciones que afectaron a ciudadanos. Momentos de violencia, de tensión política... es la parte dura de la profesión. Es una situación tremenda, uno tiene que ponerse mucho en la piel de la persona y a veces no puede hacer todo lo que desearía porque no depende de uno. Poder apoyar a las familias sin defraudarlas a veces es complicado, pero es mi obligación.

–¿Cree que los grandes problemas entre países se resuelven principalmente en el plano de las ideas o en el económico?–Creo que el diálogo es definitivamente la mejor base para solucionar los grandes problemas entre los países, para eso estamos los profesionales de la diplomacia, para fomentarlo en todo momento. Es cierto que para negociar hay que tener una motivación -las dos partes deben de poder ganar algo- y un motivo económico puede ser un aliciente para llegar a un acuerdo, pero no creo que las relaciones entre los países tengan como única base la economía, que es una base importante y no se puede negar.

–¿Podría compartir alguna lección importante que haya aprendido durante su carrera?–Muchas. Creo que uno aprende a ser más tolerante, más flexible y luego creo que uno pierde muchos miedos, el miedo a la soledad por ejemplo. Creo que al final uno puede vivir sin prácticamente todo, me refiero a cosas materiales. Creo que uno aprende a ser más libre en ese sentido, a disfrutar, y lo importante es que uno siempre tiene un reto. En cada destino uno debe cambiar un poco la cabeza, ser joven de alguna forma, tener curiosidad, interés por las cosas, por la gente, por lo que a uno le van a contar. Pienso que este trabajo te mantiene vivo.

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