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Llegó hace cuatro años por un pico de presión, mejoró y se quedó para siempre. Afuera no lo espera nada ni nadie

Don Francisco ya tiene su lugar en el mundo: el hospital de San Martín

Enrique Pfaabpfaab.enrique@diariouno.net.ar

San Martín. Está casi sano, casi recuerda, casi se ríe. Casi podría irse, si quisiera. Francisco Cortés Paredes podría seguir su camino, si se le antojara, pero siente que ha llegado y que no queda más por andar. Tiene 82 años según su partida de nacimiento fechada en Río Bueno, Valparaíso, Chile, pero él asegura que sus padres lo inscribieron varios años más tarde y, por eso, se declara de 86. Los últimos cuatro años los pasó en una cama del hospital Perrupato y su gruesa historia clínica dice que ingresó por un problema de hipertensión, que hace rato está controlado. Casi podría irse de alta hoy o mañana. Pero sacarlo es enviarlo a la calle y allí nadie lo espera ni hay sitio donde regresar.

Francisco es un paciente institucionalizado. En el rinconcito de la sala donde está, con otros dos pacientes acompañados por sus familias, el hombre ha armado su refugio y colocado en las paredes pequeños objetos que le dan alguna referencia de lo que es su vida.

–¿Esas de las fotos son sus hijas? –No, son algunas chicas de la iglesia que me vienen a visitar. Yo no tengo familia. Vivía en Alto Chapanay, pero ahí no tengo a nadie.

No tiene documentos, a pesar de que está en Argentina desde el 9 de marzo de 1958, dice recordar. Este detalle impide que sea el hospital el que realice algún trámite para alojarlo en algún hogar de ancianos, gestionarle alguna pensión o cualquier cosa que ayude a su supervivencia el día que vuelva a la calle.

“¿Quiere regresar a Chile?”, le pregunta una asistente social.

“¿Para qué?, si no tengo a nadie. La familia se desarmó y no sé adónde está”, dice y aclara que su padre murió cuando él era todavía un niño.

El consulado se interesó por él, en alguna visita que hicieron al hospital por otra urgencia. Pero Francisco no quiso dejar el Perrupato, su lugar seguro, conocido, donde tiene una cama limpia, alimentación asegurada y alguna sonrisa amable.

El caso de Francisco parece raro, pero no lo es tanto para los que trabajan en los hospitales. En el Perrupato, Hipólito Sosa estuvo un año internado hasta hace pocos, sin saber muy bien quién era ni adónde tenía que regresar.

Hipólito tiene ahora 43 años y 12 meses atrás ingresó con un ACV. Después de un largo tratamiento, el paciente comenzó a recuperar sus funciones, pero costó que pudiera realizar un relato coherente. Recordó que vivía en una pieza alquilada en Beltrán antes del ACV, que era de Paraná y que antes de llegar a Mendoza estuvo en Tucumán.

Cuando las asistentes sociales buscaron esa pieza en Beltrán, la encontraron ya vacía. A Hipólito le habían robado todo y el dueño del lugar no quería volver a tenerlo de inquilino.

Después de mucho rastrear y que el hombre pudiera recuperar todas sus funciones y apenas presentar una leve renguera, confirmaron que era nacido en Paraná y que allí todavía tenía familia. Desde el hospital, le consiguieron un pasaje esta semana e Hipólito viajó para reencontrarse, después de muchos años, con algunos de sus 18 hermanos.

Francisco todavía está allí, firme, perfectamente arraigado a su rincón, su cama y sus bártulos. Se acomoda un poco la gorra para la foto: “Anduve por todos lados, por toda la Argentina. Hasta en Uruguay estuve”. Dice que fue un buscavidas, que siempre trabajó, que quizá haya tenido mujeres y algunos hijos, pero “para qué preocuparse, si ellos no tienen por qué preocuparse por mí”.

Casi no tiene apuro por irse, ni del hospital ni del mundo. Casi no se preocupa por esos momentos que posiblemente nunca lleguen, porque la parca tampoco lo tendrá muy en cuenta y preferirá dejarlo ahí, en ese rinconcito de seguridad que es sólo suyo y que es lo único que tiene.

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