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De pronto, un hombre de vida normal se transformó en un enceguecido asesino que solamente deseaba vengarse por un desengaño amoroso.

 

Corrió para matar y morir

Por Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

¿Alguien sabe exactamente cómo funciona la mente humana?¿Por qué un tipo sano y feliz de un momento para otro se trasforma en un cruel asesino?Psicólogos y psiquiatras podrían encontrar algunas explicaciones si pudieran analizar en detalle el pasado de este personaje. Sin embargo, jamás lograrían la certeza absoluta de cuáles mecanismos se activaron o dejaron de funcionar para que en un instante una vida feliz se convirtió en dantesca.

Fue a principios de los ’80 y ocurrió lejos de aquí, exactamente en la costa del Nahuel Huapi. Se llamaba Gerardo Carrera y era chileno de nacimiento. Había llegado a la ciudad de San Carlos de Bariloche solo, sin familia. Tenía unos 30 años y era soltero. Con conocimientos de hotelería, consiguió trabajo al poco tiempo como conserje en un establecimiento ubicado sobre la costa sudeste, apenas comienza la ruta a Llao Llao. Allí cerca también vivía, en un departamentito que alquilaba.

Hubiera sido un inmigrante más, un trabajador como cualquier otro, un desconocido, pero algunos hábitos comenzaron a destacarlo, a distinguirlo, y a que se integrara al paisaje y a la gente del lugar. Todas las tardes, cuando el viento se aplacaba y el sol comenzaba a teñir de naranja el lago, Gerardo Carrera salía a trotar por la banquina de la ruta hacia el oeste. Corría unos seis kilómetros y volvía corriendo los mismos seis.

Los automovilistas y los pasajeros de colectivo que regresaban a esa hora a sus casas lo veían ejercitarse todos los días. Y todos los días cada vez un poco más rápido. Además, el desconocido había comenzado su rutina siendo un hombre perfectamente afeitado. Pero a medida que pasaban los días la barba comenzó a crecer sin censura, aunque con el correr de las semanas fue evidente que una tijera la encuadraba y le hacía mantener cierta prolijidad.

Quienes lo veían correr ignoraban todo de él. Sólo notaban que día a día sus piernas se movían cada vez más rápido. Al tercer mes la velocidad del atleta era notable y la mayoría de los automovilistas ya lo saludaban con un bocinazo cuando lo cruzaban. Gerardo apenas hacía un leve gesto con los dedos de la mano izquierda.

Integrarse

La Asociación de Atletismo local realizaba por esa época un campeonato de carreras de fondo que iba de los 10 a los 21 kilómetros. Pero el desconocido Gerardo no participaba en ellas. Sólo se entrenaba. Corría por gusto. Cada vez a mayor velocidad. Hasta que un buen día el presidente de la asociación no pudo resistir la tentación, buscó el domicilio del chileno e invitó al trabajador a sumarse a la actividad atlética local. Al comienzo Gerardo rechazó el convite, pero después entendió que no acceder era despreciar la oportunidad de hacerse de conocidos e integrarse a la sociedad.

Así fue. En la carrera siguiente Gerardo estaba en la línea de largada y el rumor de su presencia en la competencia se había propagado de boca en boca, lo que había generado una inusitada cantidad de público en todo el recorrido para ver pasar al barbado atleta.

Gerardo ganó la competencia, pero no con tanta comodidad como se había supuesto en un principio. El crédito local Raúl Cabrera, un chico de 19 años, llegó segundo y pisándole los talones en un sprint final que fue para el infarto. El veterano Heriberto Cuesta fue tercero y tampoco llegó tan lejos de ellos.

El caso es que esa fue la primera de una larga lista de competencias en donde el duelo entre Gerardo Carrera y Raúl Cabrera se transformó en un clásico en el que se repartieron triunfos.

Pero especialmente el atletismo sirvió para que el chileno se incorporara a la vida social de la ciudad.

Al poco tiempo Gerardo se puso de novio con Graciela, una chica de unos 20 años que trabajaba en una exclusiva tienda de ropa del centro, en el ingreso a una de las galerías más coquetas de la ciudad.

En un par de meses los novios habían formado pareja y convivían en el departamento que alquilaba el conserje. La felicidad era plena.

Pasó el tiempo. Gerardo dejó de correr, aduciendo una lesión, pero al tiempo volvió a entrenar y se siguió relacionando con la gente del atletismo, aunque se excusaba de volver a competir diciendo que todavía no había recuperado su mejor condición. En tanto, Graciela dejó el trabajo de la tienda y decidió por un tiempo hacer sólo de ama de casa, disfrutando de esa nueva condición de amante esposa.

El derrumbe

Pero un día, una tarde, todo se derrumbó. Esa idílica historia se había transformado en trágica y sangrienta en un instante.

El hotel en donde trabajaba Gerardo, el departamento en donde vivían, ubicado casi enfrente, y el edificio de una clínica cercana habían sido cercados por la policía y se escuchaba el ulular de sirenas.

Pasó casi una hora hasta que se tuvo una versión clara de lo ocurrido. Gerardo se había enterado de que Graciela le había sido infiel con un médico que trabajaba en la clínica. Había ido a buscar una pistola y después fue corriendo hasta la clínica.

Dentro del edificio comenzó a buscar a los amantes, corriendo por las escaleras. Finalmente encontró a Graciela y le disparó ocho veces. Después de verla tendida en el suelo, inconsciente y en medio de un enorme charco de sangre, Gerardo se fue a sentar en un escalón, se puso la pistola en la boca y se disparó.

Murió en el acto.

Graciela fue sometida a varias operaciones en la misma clínica. Pese a tener los ocho proyectiles en su cuerpo y haber sufrido heridas gravísimas, no murió. Estuvo internada allí más de un mes, hasta que finalmente fue dada de alta.

Hubo un gran cortejo para despedir los restos del atleta. Graciela estuvo años sin salir a la calle y muchos más hasta que finalmente reconstruyó su vida.

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