Por Enrique Pfaabpfaab.enrique@diariouno.net.ar
Alejandro Alegre, quien mantenía un noviazgo con la hija de la víctima, está acusado del asesinato. El homicidio agravado por alevosía tiene la pena única de reclusión perpetua para el culpable.
Comenzó el juicio por el crimen de Adriana Elena Sondermann

El lunes en el Palacio de Justicia de San Martín comenzó a revelarse la historia de un romance complejo y tortuoso y poco se pudo avanzar sobre quién asesinó a Adriana Elena Sondermann la mañana del 22 de junio de 2012. Por ahora Alejandro Alcides Alegre (27) es sólo un enamorado despechado con una patología psiquiátrica compleja, pero aún está lejos de ser un asesino calculador y despiadado.
A Alejandro Alegre la cárcel no le ha hecho mella. Ayer se sentó junto a su defensora particular, María Ibáñez, vistiendo con la misma pulcritud y con el mismo gesto serio e indescifrable que tenía hace dos años, cuando fue detenido el 14 de julio en su casa de Cañada de Gómez, en Santa Fe, por una comisión de la Policía de Mendoza.
Guardó silencio, aun cuando se le ofreció iniciar el debate con su declaración, y escuchó a los testigos. La primera fue nada menos que aquella que supo ser su amor, Romina Quiroga, quien repitió la historia que ya había contado en sus declaraciones anteriores, y volvió a sostener, al menos indirectamente, que Alegre mató a su madre por despecho.
La acusación fiscal sostiene que el santafesino fue el asesino que le destrozó el rostro a golpes a Adriana Sondermann y luego le atravesó un hierro de 24 centímetros en la garganta, apenas ella abría esa fatídica mañana el negocio de materiales metalúrgicos que tenía la familia en la avenida Boulogne Sur Mer 578, en pleno centro de San Martín.
Se pudo claramente ubicar a Alegre en la ciudad de San Martín esa mañana y también quedó claro que para una mente trastornada –posiblemente un mitómano con rasgos psicóticos– bien puede haber existido un motivo para el crimen. Pero en la primera jornada del juicio no hubo pruebas que lo indicaran como autor del homicidio.
El repaso de la historia que hizo Romina Quiroga sólo sirvió para constatar el drama amoroso.
Unos dos años antes del crimen Romina Quiroga Sondermann conoció a Alejandro Alcides Alegre a través del chat.
Las charlas por internet prosperaron, ganaron en intimidad y luego comenzó un noviazgo cibernético que se transformó en real al poco tiempo. Se sucedieron los viajes y los encuentros.
Romina quedó embarazada. Hoy Benicio tiene casi tres años. Alejandro no se interesó mucho por el embarazo. Apenas vio a Romina un par de veces. Sin embargo cuando nació el bebé el santafesino decidió venirse a vivir a Mendoza, más exactamente a la casa materna de Romina, la de Adriana Sondermann, en el barrio Córdoba.
Luis Salinas, padrastro de Romina y que también declaró en el juicio, decidió que Alejandro fuera a trabajar con ella en el local metalúrgico.
La relación de la joven pareja se deterioró rápidamente. Las constantes mentiras casi enfermizas de Alejandro habían alertado a Romina. Además Alejandro era un enfermo de celos. Adriana también notaba eso y Alegre imaginaba que su suegra influía negativamente en la relación. “Nunca me pegó, pero siempre me amenazaba con llevarse a mi hijo”, contó ayer la joven. Además el joven viajaba constantemente a Santa Fe con alguna excusa y por lo general usaba la plata de los Sondermann para afrontar los gastos.
Después de dos meses de convivencia en la casa de los Sondermann, Alegre decidió regresar a Cañada de Gómez. “Siempre me decía que estaba trabajando para mandarme dinero para el nene, pero nunca lo hizo”, recordó ayer Romina.
Cuando las mentiras de Alejandro se derrumbaron, el joven se mostró más agresivo y amenazante. Tanto es así que Romina fue a la Fiscalía para radicar una denuncia.
Aquel día de la aberrante muerte de AdrianaAlejandro Alcides Alegre llegó a San Martín la mañana del 21 de junio, un día antes del crimen, y se hospedó en un albergue del mismo barrio Córdoba.
La mañana del 22 Adriana Sondermann llegó a las 8.55 al portón negro de Boulogne Sur Mer 578. En su casa de la calle Córdoba había quedado Romina con su bebé. La joven sabía por algún mensaje que Alejandro podría llegar esa mañana a San Martín para ver al niño, pero ella no lo quería recibir porque ya le tenía miedo. No iba a responder a la puerta si es que aparecía.
Adriana entró, cerró el portón y recibió el primer golpe en la cabeza con un fierro. Después vinieron 5 o 6 más, que le fracturaron el cráneo. Un hierro de 12 milímetros de diámetro y 24 centímetros de largo, cortado en un ángulo de 45 grados en la punta el homicida se lo clavó en la nuca y le atravesó el cuello. Antes o después rayaron una puerta de chapa interna para despistar a la policía: “Carlo (sin S) pagá lo que debés o siguen tus hijos”.