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Atractiva, inquieta y desenvuelta son algunas de las cualidades que podrían definir a Gisela Soledad Ruiz (25) si existiese alguna posibilidad de sintetizar a alguien en pocas palabras. Sin embargo, son su perseverancia e inteligencia las condiciones que le permitieron a esta joven con ceguera congénita recibirse recientemente de licenciada en Psicología en la Universidad del Aconcagua, en donde se graduó con un promedio de 9,46 y alcanzó la Bandera que ya le había sido entregada en el colegio secundario. En el medio, muchos trataron de desalentarla y correrla de sus sueños, mientras que otros tantos continuaron motivándola. Ella siempre optó por ser optimista, se apoyó en su familia y amigos y después de un largo camino de formación y esfuerzo atiende su propio consultorio, trabaja para una obra social y también para el Municipio de Las Heras. “Me considero una romántica”, dice entre risas desde el sillón de su casa mientras cuenta fragmentos de su vida.
–¿Intentaron convencerte de no estudiar Psicología por ser ciega?–A la hora de elegir la carrera, muchos profesionales me dijeron que no iba a poder ejercer debido a que es muy importante el tema de lo gestual y otros me decían que yo solamente iba a poder hacerlo con personas con discapacidad porque el paciente no tenía que ver a la terapeuta como inferior a él. Afortunadamente no me dejé desalentar.
–¿Qué orientación seguiste?–Dentro de la carrera de Psicología existen cuatro orientaciones fundamentales: el psicoanálisis, la escuela cognitiva conductual, la sistémica y la existencial. En mi caso elegí el psicoanálisis, porque dentro del mismo me gustan Freud y Lacan. Considero que son unos genios. Mi tesis fue sobre embarazo adolescente desde una mirada psicoanalítica. La rendí el 27 de mayo y me matriculé el 25 de setiembre de este año.
–Entiendo que en el psicoanálisis es importante la palabra dicha...–Cuando uno hace terapia en el diván no hay ni siquiera intercambio de miradas. Los gestos quedan relegados a un segundo plano. De hecho cuando hice terapia vocacional con una psicoanalista, me dijo que iba a poder ejercer perfectamente la carrera que elegí. Quizás en otra orientación hubiese sido más complicado, pero en la lacaniana no. Me dijo que dos técnicas fundamentales son la escucha y la palabra. Algo que a lo largo de mi carrera fui descubriendo que era cierto. Hoy en día estoy ejerciendo mi profesión y sigo comprobando que lo más importante es lo que el paciente dice, lo que puede verbalizar, sus actos fallidos, sus sueños, sus ocurrencias y olvidos.
–¿Cómo es tu proceso de estudio?–Durante la primaria y secundaria me manejé con el sistema Braille. En la facultad utilicé la informática. En mi computadora tengo un programa que es un lector de pantalla que va verbalizando todas las ejecuciones que voy haciendo. Puedo ir ordenándole a la computadora por comandos que ingrese a internet, me permita escribir textos, escuchar música, etcétera. Para leer cuento con una multifunción que me permite escanear toda la bibliografía y después un programa transforma el formato imagen del escáner a texto y después ese texto puedo verbalizarlo. La computadora es la misma que la que tienen todos en sus casas.
–¿Fuiste a colegios comunes?–Después de iniciarme en la Helen Keller y aprender el sistema de lectura y escritura Braille, a los siete años me integré a un colegio común, en el República Oriental de Uruguay, de Las Heras. Ahí realicé todos mis estudios primarios, siempre contando con el apoyo de mi familia y de un servicio de docentes.
–¿Estás trabajando?–Cuatro días después de obtener la matrícula comencé a trabajar para la obra social de las estaciones de servicio, donde realizo atención clínica con niños. Tengo mi consultorio en casa y estoy en la Municipalidad de Las Heras trabajando hace 15 días en el área de género.
–¿Cómo fue tu infancia?–Jugaba mucho con muñecas y me relacionaba con primas de mi edad. Con ellas siempre jugaba a la mamá, como cualquier persona, aunque limitada en otros juegos como las escondidas o la mancha. Mi forma de relacionarme con los demás ha sido a través del diálogo. Cuando tenía un año dice mi mamá que ya hablaba hasta por los codos (risas). Después comencé a concurrir al colegio Helen Keller, donde realizábamos estimulación temprana. Mis padres han cumplido un rol fundamental.
–¿Te sentís un ejemplo?–La gente suele referirse a mí y me nombra como modelo, pero yo creo que todos somos ejemplo de algo. Toda persona que lucha por cumplir sus metas es un ejemplo. En eso soy muy insistente, creo que hay que luchar por un objetivo. No me considero modelo. No creo que porque tenga una discapacidad haya luchado más que otras personas. Como dice Lacan, todos somos nombrados por otros y nos formamos a partir de los otros.
–Has demostrado ser muy responsable, ¿cómo explicás este esmero?–Creo que siempre he sido muy exigente conmigo misma. Mis papás nunca lo hicieron. Esa veta salió de mi lado. Ellos me inculcaron la cultura del estudio, me dijeron que era importante que me formara para desenvolverme en la vida, para tener un oficio. Pero siempre he sido muy perfeccionista conmigo.
–¿De qué otro modo te definís?–Soy de hablar demasiado (risas). Me considero una persona que lucha por sus metas. Cuando se me pone algo en la cabeza insisto hasta conseguirlo. Trato de ser perseverante. Soy emprendedora y optimista.
–¿Qué cosas por fuera de tu carrera son las que más te gustan?–Me encanta la lasaña, no sé cocinar, soy temerosa con el fuego, me da miedo quemarme, pero estoy realizando un curso. Estoy en un proyecto de atención a personas con discapacidad donde me están entrenando en el tema, pero me cuesta bastante. Soy fanática de Chayanne y de los lentos latinos, me considero una persona romántica.
–¿Estás en pareja?–Actualmente no. Estoy soltera. Estuve tres veces de novia. El noviazgo más largo duró siete meses, otro unos cuatro meses y el primero no sé si contarlo como tal porque duró un mes. Me enamoro de los hombres por su perfume (risas).
–¿Cómo son tus recuerdos?–Los ciegos percibimos a través del resto de los sentidos. El oído es instantáneamente, por ausencia de la vista, el que más se desarrolla por una cuestión de necesidad. Mis recuerdos son desde estos otros planos. Recuerdo, por ejemplo, cuando tenía un año y tomaba la mamadera apoyada en mi cama, el plástico y su relieve. Recuerdo el olor y el gusto de esa leche. También una alfombra en la que me tiraba y cuando jugaba a cocinar con fideos y porotos. Tengo en la mente el arenero del colegio. La imagen del rostro de alguien puedo conseguirla a través del tacto. La voz puede que me diga algo acerca del otro, pero no es suficiente para reconstruirlo. Muchos me preguntan también cómo son mis sueños o cómo me imagino a las personas y yo al no tener un registro de lo que es la vista, no puedo imaginarlo si no es a través de los otros sentidos. Es más, mis sueños son táctiles, olfativos, gustativos, auditivos, pero nunca visuales. Todos se sorprenden porque los sueños suelen ser muy visuales. Freud dice que es lo que más predomina, pero en mi caso, que no tengo huellas mentales relacionadas con la vista, no ocurre así.
–Llegaste lejos, ¿hacia dónde vas?–En realidad todo ha sido un trabajo en equipo, tanto de mis padres, de mis familiares, como de las instituciones a las que asistí. Me encanta el ejercicio profesional a nivel clínico. Mi consultorio todavía no está del todo completo, pero aspiro a tener uno donde pueda hacer atención clínica e individual y también trabajar en grupos interdisciplinarios. Me encanta el trabajo interdisciplinario porque considero que uno aprende mucho de ello. Soy de la idea de que la teoría en la universidad es sólo una parte del proceso. Uno día a día va aprendiendo del ejercicio profesional y de los colegas que aportan otra mirada del tema. Algo que me gusta es poder enriquecerme de las experiencias que nos brindan los otros.



