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"A nosotros un torpedo nos impactó en el centro del barco"

Mario Pérez está sentado en el living de su casa. Es un ambiente tranquilo. La casa, de esa calle, de ese barrio, es un ambiente tranquilo. Mario Pérez es un hombre tranquilo. Pero ahora, 35 años después, este abogado sanmartiniano está dispuesto a recordar aquella noche de miedo y también a contar detalles casi desconocidos de la guerra de Malvinas.En 1982 Mario Pérez era cabo segundo maquinista de la Armada Argentina. Estaba embarcado en el destructor Bouchard, que junto con el destructor Piedrabuena y el crucero General Belgrano eran un tridente estratégico.En su casa del barrio Las Bóvedas, Pérez recuerda los últimos días de marzo. "Creíamos que era un ejercicio militar. Nos dijeron que zarpábamos desde Puerto Belgrano, se cargaba mucho alimento y municiones, pero no nos dijeron nada más", dijo Mario. Cuando supieron que el destino era Malvinas, ya era 2 de abril y empezaba el desembarco.Durante las siguientes semanas los tres buques iban a dedicarse a triangular el archipiélago, como estrategia de protección. Mario y sus compañeros divisaron claramente durante todos esos días las costas malvinenses, pero jamás las pisaron. "Muchos decíamos que era preferible estar en tierra, porque uno allí tiene mayores posibilidades de movimiento. En el barco todo se reduce a ese espacio", contó. Más allá de la borda, está el mar del Sur y la muerte segura. Esos primeros 30 días iban a resumirse más o menos así: la vigilancia de las islas y el regreso cada tanto a Ushuaia, a recargar combustible y alimentos.Pero la llegada de mayo iba a cambiar todo, a precipitar los acontecimientos. La guerra también se resolvería en el mar.El 1 de mayo el Bouchard recibió la orden de ingresar a la zona de exclusión, al área de combate naval, en persecución de algún barco de la flota inglesa que intentaba acercarse a la costa sur de las islas."El 2 de mayo, a las 12 de la noche, entramos a la zona de exclusión. Se cantó el Himno y nos habló el comandante. Se izó la bandera de guerra y hasta las 8 de la mañana estuvimos siguiendo al barco inglés", recuerda. El intento de sorprenderlo no dio resultado. A las 8, el perseguidor pasó a ser perseguido. "Comenzaron a seguirnos a nosotros. Eran más y debimos girar y retirarnos", afirmó.Quizás ese fue el inicio de lo que ocurriría a las 16.02. Ya fuera de la zona de exclusión, pero todavía navegando en una especie de triángulo, el Belgrano y sus escoltas, el Bouchard y el Piedrabuena, fueron atacados por el submarino nuclear Conqueror, de la flota inglesa.Recordó Mario Pérez que a bordo del Bouchard con otros 300 tripulantes "un torpedo nos impactó en el centro del barco, en la banda de babor, justo a la altura de la máquina de proa. Pero tuvimos la suerte de que el torpedo impactó pero se desplazó y estalló en el agua, lejos del casco".El impacto provocó que se desprendieran todos los remaches de dos paños de chapas del casco, produciendo una abertura de un metro cincuenta. Una especie de panza hacia adentro de la chapa, por dejado de la línea de flotación."Las bombas de achique no daban abasto. Trajimos bombas sumergibles, para ayudar, mientras con un expansor hidráulico comenzamos a tratar de llevar la chapa lo más cercana a su posición original. Éramos unos 8 o 9, empapados y trabajando a la mayor velocidad posible, sin saber si iban a volver a atacarnos", relató recordando ese momento.Pero si bien la situación en el Bouchard era compleja, en el Belgrano era muchísimo peor. Desde una distancia de 5 kilómetros el Conqueror acertó dos lanzamientos de los torpedos MK -813 en el Belgrano. El primer impacto mató a 274 de los 1.093 tripulantes del crucero argentino. El segundo impacto voló 12 metros de proa. A las 16.05 ya estaba ordenado el zafarrancho y el hundimiento del Belgrano era inminente.Mientras Pérez y sus compañeros luchaban por hacer una reparación de emergencia en el casco del Bouchard, la flota recibía la orden de abrirse en abanico, para evitar ser nuevamente blanco fácil, pero luego regresaron a la zona para tratar de rescatar a los náufragos del Belgrano. "Todos teníamos amigos ahí. Estuvimos toda la noche alertas, buscando. La primeras balsas las rescatamos nosotros", expresa.Esa noche fue tremenda. Además del ataque se desató una tormenta brutal. "Todo crujía, parecía que el destructor se iba a desarmar. En ese momento sentí miedo", dijo Mario. Pero el rescate era prioridad. Entonces, cuando ya amanecía, comenzaron a detectarse las primeras balsas. "Nosotros encontramos las primeras. Los del Belgrano venían quemados, congelados... Los sacábamos, los desnudábamos, los bañábamos en las duchas con agua caliente y les poníamos ropa. Después los llevábamos al comedor y les dábamos un caldo caliente. Estaban morados por el frío". Murieron 323 marinos argentinos esa noche."Realizamos una prueba y lanzamos las balsas al mar, ninguna se infló" Mario Pérez ahora tiene 56 años. No habla mucho de esa época. No son muchos los que saben sobre su pasado de marinero en el destructor Bouchard.Entre esos recuerdos hay dos muy claros y contundentes y casi desconocidos para la historia oficial de la guerra, y las dos secuencias ocurrieron después de ese día trágico, cuando ya la flota estaba fondeada cerca de Río Grande. "Luego del hundimiento del Belgrano y de algunas incursiones, quedamos cerca del continente, en alerta. Una noche se realizaron algunos disparos y nunca supimos qué había ocurrido, hasta pasados varios años. Fue cuando nos enteramos de que un comando inglés había hecho un intento de desembarco en Río Grande que luego se conoció como la Operación Mikado. "Supimos que se logró capturar a un grupo comando que pretendió desembarcar allí y que también dos helicópteros que venían en apoyo desde Chile debieron regresar a Punta Arenas", relató. Nunca quedó claro ese hecho.El otro episodio tampoco se conoce. "Cuando estábamos fondeados en Río Grande, realizamos una prueba con las balsas del Bouchard. Las lanzamos al mar y ninguna se infló. Si hubiéramos sufrido el mismo ataque que el Belgrano estaríamos muertos".