Rodeada de polémica, odiada o querida por la crítica (sin lugar a muchos grises) Jojo Rabbit, la última película del cineasta neozelandés Taika Waititi se estrenó este jueves en la cartelera de cine de Mendoza, con el antecedente de haber estado nominada en la pasada edición de los Globos de Oro y ahora tener cinco nominaciones a los premios Bafta del Reino Unido.
Waititi ha demostrado ser capaz de dirigir superproducciones (Thor: Ragnarok) a la par de su carrera como guionista (Moana) y actor (Avengers: Endgame, Thor: Love and Thunder- que se estrenará en 2021 y en la que tendrá el doble rol de director y actor).
Pero su capacidad para la comedia quizá sea su mayor talento, algo que quedó demostrado en la excelente Casa vampiro (2014) y, afortunadamente, con Jojo Rabbit retoma este género en el que se mueve como pez en el agua.
Situada en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, la acción sigue al pequeño Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), que a los 10 años asiste a los campamentos para niños nazis y sueña con ser uno más del ejército de las SS. Además, cuenta con los consejos de un singular amigo imaginario: el propio Adolf Hitler (interpretado por Waititi). Pero a pesar de su devoción por el líder del nazismo, el pequeño ignora que su madre (Scarlett Johansson) esconde a un niña judía en su propia casa.
No fueron pocas las voces que se encendieron en contra de este filme, básicamente por retratar al nazismo en tono de comedia, aunque en realidad a través de la sátira se retrata una época de horrores que el director no oculta ni trata de minimizar, sino que destruye a partir del poder de la risa. El Adolf Hitler de Waititi es tan delirante como gracioso, lo cual no significa que deje de ser retratado como el dictador que fue. El director no borra el horror, sino que lo exorciza a través del humor, como en su momento lo hiciera Roberto Benigni con La vida es bella (también muy criticada en su momento), sólo que la cinta del italiano seguía a un padre judío y a su pequeño hijo a un campo de concentración, en tanto que Jojo Rabbit ubica la cámara en las antípodas, en las ambiciones de un niño que cree que el nazismo es la base de su vida.
Pero más allá de la comedia y la sátira, la película también se adentra en el drama y es aquí donde la figura del pequeño Roman Griffin Davis adquiere una estatura notable, porque las exigencias de su rol lo obligan a abarcar un abanico emocional que resultaría un desafío insalvable para más de un actor experimentado, pero que este niño –que surgió de un casting de 1.000 aspirantes- lleva con absoluta solvencia.
Jojo Rabbit es una película poco común, que logra despertar risas, emoción, empatía y ternura en el espectador. Un logro para nada menor en una época en que el cine nos depara más efectos especiales que humanas experiencias. Bienvenidas sean las excepciones como esta.
