Editorial Jueves, 21 de junio de 2018

Nicaragua, en bancarrota

Aquella revolución sandinista que volteó al sangriento dictador derechista Anastasio Somoza, a fines de los años '70, ha decantado hoy, con el corrupto gobierno de Daniel Ortega, en una caricatura política.

Ortega está utilizando algunos de los métodos más violentos del somocismo para mantenerse en el poder, como el uso de grupos parapoliciales y paramilitares para atacar a quienes protestan contra la situación social.

El sandinismo, que en sus comienzos estuvo formado por un amplio espectro ideológico con presencia socialdemócrata, socialista, marxista-leninista y con una gran influencia de la teología de la liberación, trató de introducir reformas en los aspectos socioeconómicos y políticos del Estado nicaragüense.

Pero a poco de andar se repitió en Nicaragua lo que ya había ocurrido en Cuba varios años antes: los grupos democráticos de esa coalición antidictadura fueron arrasados por los sectores marxistas que coparon la dirección de la revolución.

Tras algunos logros en al área social, la revolución se radicalizó y se empezó a complicar con la injerencia de Estados Unidos, que armó y financió los grupos contrarevolucionarios, lo cual dio lugar a una guerra civil y a una situación económica crítica.

La Coalición Nacional Opositora retomó el poder al ganar las elecciones en 1990 con Violeta Chamorro al frente, quien había sido una de las líderes democráticas al comienzo del sandinismo.

Desde entonces mucha agua ha corrido bajo los puentes: el sandinismo y la oposición se sucedieron alternadamente en el poder sin lograr un país en desarrollo.

El sandinismo volvió al poder en 2006, otra vez con Daniel Ortega, tras 15 años de mandatos opositores. Su gobierno terminó de hacer eclosión este año, cuando la situación social y económica se desbordó por completo, sacando a la luz un gobierno con profundos bolsones de corrupción, gobernado a la manera de una monarquía por Ortega y su mujer, y sin vistas de haber cambiado un ápice las estructura de un país estancado en el tiempo.

Los 180 muertos que han dejado las revueltas que se suceden desde hace semanas, la represión brutal por parte de Ortega, que se niega a abondonar el poder, y el fracaso del diálogo hacen hoy de Nicaragua una nación en estado de sufrimiento permanente.

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