Julio Picón es médico. Hace años que su vida profesional transita los pasillos de hospitales y clínicas. Fue en ese camino que vivió historias paranormales que decidió escribir en sus redes sociales y se volvieron virales.

Moscas que dan un oscuro presagio, la última oportunidad o la historia de un enfermero que capturaba almas. Todas ellas se volvieron relatos de lo que ocurre en los lúgubres pasillos de un hospital.

Cuando el doctor Picón trabajaba en una clínica Privada de Pilar, también se desempeñaba en el lugar un hombre llamado Pablo. Era enfermero. Picón cuenta que practicaba el umbanda y sus guardias en terapia intensiva tenían un alto índice de mortalidad.

Cuando un paciente se encontraba grave, Pablo dejaba un alfiler debajo de la almohada y les decía algo al oído. Un día, Pablo se animó a preguntarle sobre esto último y el enfermero, sin problemas, le respondió que con eso les capturaba el alma "para mi santo".

“Soy médico: trato de racionalizar todas las cosas que suceden pero evidentemente hay algo más”, explica Picón en una entrevista concedida a Infobae.

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Los hospitales guardan sus historias paranormales

Los hospitales guardan sus historias paranormales

“Las situaciones que narré sucedieron, suceden y seguirán sucediendo. La gente que trabaja en salud sabe que en estos ambientes suceden hechos muchas veces inexplicables”, adujo.

Hoy Picón trabaja en Chaco. No importa la distancia. Las historias no dejan de suceder. Hace unas noches, en una guardia escuchó que alguien gritaba pidiendo una enfermera. Siguió la voz pero no encontró a nadie. Pensó que podía ser el cansancio pero en el fondo sabía que era "una más" de las historias paranormales que ocurren en los hospitales.

"Mis relatos no son fruto de una sobredosis alcohólica ni de una mente atormentada por el ‘burn out’. Son breves historias de situaciones vividas, inexplicables para nosotros, pero que tal vez tengan alguna explicación que no conocemos aún”, escribió.

El niño y el ventilador

De todos los espacios hospitalarios al que le tengo más temor es a la morgue. Me parece un lugar cerrado, pequeño, agobiante, con una gran carga negativa de dolor y desesperanza. Durante una guardia, personal policial llegó con un niño de tan solo 9 años que se electrocutó.

En vano se hicieron las maniobras de reanimación: no pudo salir. Se decretó el deceso, se lo cubrió con una sábana y se llevó el cuerpo a la morgue. Esperamos por el móvil tanatológico, ya que llamativamente ningún familiar apareció. La guardia siguió su curso, entre mate y mate.

A eso de las 4 de la madrugada escuchamos un tremendo grito, un alarido desgarrador, que venía desde el fondo. Y luego un golpe seco, como la caída de un peso voluminoso. Salimos todos al mismo tiempo corriendo para el fondo, pensando en el ingreso furtivo de algún familiar.

En la morgue no había nadie. Solamente el cadáver del niño electrocutado, totalmente descubierto y con la sábana tirada en el suelo. El desconcierto era general. No había explicación lógica. Nos retiramos y nadie se atrevió a aproximarse a la morgue hasta que se hizo de día.

(Los medios locales informaron que la tragedia ocurrió cerca de las diez de la noche del viernes 3 de febrero de 2017, en la intersección del pasaje 27 y la calle Boggio del barrio La Rubita, en la ciudad de Barranqueras. El médico contó: “El chico ingresó casi muerto, no había nada que hacer. Lo dejamos en una morgue improvisada que era como una piecita. El personal de guardia estaba más adelante y la morgue, como siempre, atrás de todo").

El mendigo fantasma

El hombre parecía un mendigo y golpeó tímidamente la puerta de la guardia. Lo atendió la enfermera, lo registró y lo hizo pasar al consultorio. El motivo de la consulta era dificultad respiratoria, tos y fiebre. El examen no me dijo mucho y pedí una placa.

La técnica radióloga le pidió que se posicione sobre el chasis y tomó la radiografía. Entró al cuarto oscuro para revelar y sintió frío y miedo. Alguien le respiraba en la nuca. Y la respiración se sentía muy fuerte. Salió rápidamente del cuarto y no encontró al paciente.

Era imposible que se escondiera en algún lado. La puerta estaba cerrada con traba interior. El paciente literalmente se evaporó. Sintió más miedo aún y vino corriendo hasta la guardia. Llamamos a la policía por cualquier cosa. Buscamos por todos lados y nada. Quedamos con la duda.

Anotamos en el cuaderno de novedades “hora 3:15”. Temprano en la mañana llega el encargado de seguridad y se entera de lo sucedido. “Vamos a revisar las cámaras”, propone. Estamos todos atentos mirando las grabaciones. Expectantes. Hasta que llega el horario estimado.

La enfermera abre la puerta pero no pasa nadie. Yo me veo en el pasillo hablando a la nada y gesticulando en soledad. No se ve en ningún momento a otra persona. Se ve a la técnica que abre la puerta de rayos y habla, pero no hay nadie. Nos quedamos en silencio. No decimos nada.

No queremos quedar como locos. Todos lo vimos e interactuamos con el paciente fantasma. Las cámaras no lo registraron, sólo nuestros ojos o nuestra imaginación.

(“La placa salió como que no había nada, como si tomara una radiografía al aire. Se registró con el nombre de una persona que había desaparecido en el río y que se le dio por muerto hacía un par de meses. Era pescador y su cuerpo nunca fue hallado”, agregó Julio).

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El médico narró cinco historias paranormales vividas en su carrera

El médico narró cinco historias paranormales vividas en su carrera

El globo del angelito

La Terapia Pediátrica del Falcón en Del Viso contaba con 5 camas. Para el día del niño estaban ocupadas 4. Llegaron payamédicos y varios grupos para alegrar la jornada. Repartieron juguetes y dejaron 5 globos. Uno por cama.

- Mirá, sobra un globo. Señaló alguien.

- Dejá nomas, ya tiene dueño. Dijo una de las enfermeras.

- Sólo hay 4 chicos.

- Dejá igual. Ya lo tomó un angelito.

Y el globo quedó allí, estático, flotando sobre la cama vacía.

Dos días después, habiéndose retirado los otros globos, éste permanecía allí, en el mismo lugar.

La jefa de enfermería, previendo un posible ingreso, dió la orden para retirar el globo solitario. Cuando la enfermera de turno lo quiso tomar, el globo pareció tomar vida y ,como impulsado por un viento misterioso, subió hasta el techo.

- Debe ser el helio, dijo alguien.

- Ese globo se tiene que sacar sí o sí. No puede estar en la Terapia.

Vinieron de mantenimiento con una escoba, para empujar y bajar el globo.

- No le quiten el juguete a mí bebé, se va a enojar - dice una enfermera.

El ordenanza se ríe y se apresta a atrapar el globo rebelde.

Lo aprisiona contra la pared. Comienza a bajarlo y repentinamente revienta provocando un estruendo inusual. Al mismo instante las alarmas de los respiradores y las bombas de infusión comenzaron a sonar al unísono, sin ninguna razón que lo justifique.

- Debe ser el sonido fuerte, le digo a la enfermera.

- No creo, el angelito se enojó porque le quitaron su juguete, respondió.

No dije nada. Pero desde entonces dejábamos que los globos se desinflen solos para poder retirarlos de la Terapia.

Los alfileres

Pablo era considerado un extraño personaje. Enfermero de la terapia, umbandista y nochero por costumbre. Las guardias que me tocaban con él, tenían una alta y rara mortalidad. Cuando un paciente se encuentra en estado crítico, hay signos que presagian la fatalidad.

“La visita de la salud”: el paciente está mal, moribundo, y repentinamente recupera el bienestar, amaga un fugaz mejoramiento. Habla con los familiares, recuerda a personas fallecidas. Y luego cambia drásticamente, desmejora y muere. Una inyección de endorfinas dicen algunos.

“El signo de la mosca”: las terapias son habitualmente frías, asépticas; sin embargo, cuando un paciente crítico se dirige hacia la muerte, este insecto burla la seguridad sanitaria, se infiltra en la UTI, y se posa sobre las sábanas del moribundo. El destino está sellado.

El tercer signo fatal, era la guardia de Pablo. Se acercaba a los pacientes graves, susurraba algo en los oídos y se apartaba. “Les capturé el alma para mi santo”, decía. Y dejaba un alfiler debajo de la almohada. Horas después el paciente empeoraba, y no se podía hacer nada.

Muchos murmuraban por abajo. La jefatura de enfermería decidió investigarlo, y lo apartaron del servicio por las dudas. La mortalidad bajó. Y Pablo en su nuevo puesto de vacunación no logró adaptarse. Renunció unos meses después. Un día nos enteramos que se suicidó.

La vida en la terapia continuó igual, con pacientes que se recuperaban y otros que fallecían. Una noche controlaba la evolución de un moribundo. Repentinamente una puerta se cerró. No había nadie cerca. El monitor me indicó que el paciente ya había fallecido.

Los enfermeros se aprestaron a desenchufar los aparatos. De golpe me llama una de las enfermeras: “¡Doctor! Rápido, venga”. La noto nerviosa y asustada. Me acerco a la cabecera del paciente muerto. El otro enfermero levanta la almohada y me muestra un alfiler.

Nadie sabía cómo ni porqué. Pero cada óbito nocturno, estaba acompañado por la presencia de un alfiler bajo la almohada. Tiempo después yo dejé la clínica. Pero me enteré que cerraron la terapia porque los enfermeros tenían mucho miedo y ya no querían trabajar ahí.

“No quiero morir, doctor”

El paciente ingresó a la guardia en mal estado. Apenas respiraba. Aún así estaba lúcido. Pero sería por poco tiempo. Era joven, de no más de 20 años, y con un cáncer testicular muy avanzado. Terminal. Me sorprende tomándome del brazo con sus huesudas manos, con rara firmeza. Tiene las uñas largas y afiladas. La presión me lastima y trato de disimular el daño que me provocan sus dedos.

- Ya te vas a mejorar, le digo.

- No quiero morir, doctor, ¡tengo miedo!

Llamo al terapista y le presento al paciente. Empeora minuto a minuto.

- ¿Qué decís Horacio? ¿Qué podemos hacer?

- Está agónico. No se puede hacer nada.

Recién ahí me doy cuenta que el enfermo todavía me tiene agarrado del antebrazo, con inusual fuerza, como si estuviese momificado.

- No se vaya doctor.

- No me voy, quedate tranquilo.

El paciente me sigue mirando. Veo como sus ojos se van apagando. La respiración se vuelve más lenta, espaciada. Y de golpe, ya no respira. Sin embargo su mano sigue sujeto sobre mi antebrazo, y las uñas se afirmaron sobre mi piel. Con la ayuda del enfermero logro destrabarlo.

Veo las marcas de las uñas sobre la piel, rojas, casi sangrantes. Luego del trámite de la defunción me fui a recostar un rato. Dormité un poco. Y de repente me despierto con la sensación de que una mano se cerraba firmemente sobre mi antebrazo, con fuerza, arañándome.

Está oscuro, no veo nada. Pero la presión es real y me lastima. Intuitivamente tomo el celular y trato de iluminarme con la pantalla. La presión desaparece súbitamente. No hay nadie cerca mío. Pero las marcas están allí, frescas, recientes, casi sangrantes.