Por Cecilia Osorioosorio.cecilia@diariouno.net.ar
Susana creció en Córdoba y se casó en Mendoza. Es notaria, traductora, militante y atea. “Tuve varios cismas vitales de los que me repuse”, sintetizó.
Tampieri, la escritora múltiple
Si se tiene que definir por las ocupaciones entre las que dirimió su vida, dice que es dramaturga y lectora insaciable, notaria, traductora de inglés, feminista y atea.
Aunque el orden es aleatorio porque todos los universos de Susana Tampieri (79) tienen vasos comunicantes: la defensa de los derechos humanos y civiles, el valor del otro, la importancia de la literatura como herramienta para interpretar la complejidad del mundo, la pasión indomable por edificar metáforas y otras alternativas desde la narrativa, son flujos de intercambio permanente.
Es la escritora de teatro que más fue representada fuera de la provincia. Su puesta Cantando las cuarenta recibió premios por gozar de la aprobación del público durante 30 años y se llevó a escena en Tel Aviv, Israel, en 1993.
Entendió que traducir sus obras al inglés (dramaturgia y novela, sobre todo) le abriría otras puertas. Le quedó tiempo para militar, empujada por ese ímpetu que mamó en su época universitaria en Córdoba; para ejercer de escribana y ganarse la vida, ser madre de Hugo Daniel Estrella (49), hoy radicado en Pisa, y abuela de Leandro (22) y Lucas (18).
“Tuve varios cismas vitales de los que me repuse”, explica Susana movilizada por la temprana muerte de su madre, Elisa Steskim, y su esposo, Hugo Estrella, rupturas a las que en el camino resignificó.
–¿Dónde nació Tampieri?–Mi vida ha sido una ruta hacia el oeste. Nací en Buenos Aires a orillas del río de La Plata. Cuando tenía 6 años mis padres decidieron trasladarse a San Francisco, provincia de Córdoba, para trabajar en la fábrica de fideos de mi abuelo. Antes, concurrí a un colegio inglés en el barrio de Belgrano, por lo que aprendí a escribir en ese idioma antes que en castellano. Fue difícil, las posibilidades culturales eran otras en el interior.
–Vino a Mendoza a casarse…–Cuando me recibí de notaria, en febrero de 1960, ya andaba “flirteando” con mi marido. Era mendocino, militante de la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) y estudiante del notariado, por lo que como imaginarás nos encontrábamos en las reuniones de delegación, en los debates organizados en los bares. Me casé en Mendoza, por Civil obvio (ríe). Al principio, no ejercí como escribana porque era muy difícil conseguir registro, entonces di clases de inglés, el traductorado lo había estudiado en Córdoba, todo fue allí.
–Córdoba es su alma máter, ¿cuál es la razón?–Cuando uno vive una juventud tan intensa y llena de entusiasmo en un lugar, eso te queda. En la década del ’50, los fundadores de la Reforma Universitaria (1918) eran viejos, pero estaban vivos. Esa influencia en mi vida tuvo peso: fui secretaria de Enrique Barros, uno de los firmantes del Manifiesto y el primer presidente de la FUC. Parecía un personaje del Renacimiento italiano porque sabía de todo. Tenía un criterio humanista tan fuerte que para él todo lo que pasaba en el mundo era importante y nos enseñaba que esto no nos debía ser ajeno.
–¿Cuál era el contexto de sus años universitarios?–En 1956, el gobierno de la Revolución Libertadora dictó un decreto –“6.043, artículo 28” repite de memoria con una mueca de desprecio–, en el que se autorizaba a las universidades privadas a expedir títulos habilitantes. Fue un golpe mortal para la educación pública y no dogmática. Tomamos la facultad ese año y también en 1958.
–Como mujer no debe haber sido fácil encontrar espacio, ¿allí surge la semilla de su militancia feminista?–Nuestra generación fue bisagra, cuando en las reuniones de la FUC pedía la palabra, mis compañeros varones salían a fumar y leían el diario. Me paraba y exigía atención, siendo que a las mujeres nos educaban en eso de gustar.
–Uno de los postulados de la Reforma era la defensa de la educación no dogmática, causa por la que militó después, ¿en qué momento se asume atea?–Antes no era atea, pero era laica. También muchos religiosos son laicos y están convencidos de que no tienen por qué mezclarse la política y la religión. Leí como una laucha de biblioteca toda mi vida, amé la literatura inglesa, todo eso me ayudó a construir el pensamiento. Tuve varios cismas vitales de los que me repuse: la muerte de mi esposo y de mi madre en 1972, sobre todo. Pero ya era atea, no hubo nada catastrófico que me llevara a esa postura, fue la deducción, el estudio y leer.
–¿Lo primero que escribió tuvo que ver con otros cismas, los de su infancia?–El teatro aparece a mis 6 años cuando mi madre me llevó a ver ballet al Colón, nada menos. Lo imaginé como un palacio encantado, un territorio mágico donde aparecían personajes de la nada. No lo olvidé nunca, pero mi capacidad me parecía tan insuficiente para tocar semejante ámbito…
–¿Ese fue el comienzo?–Sólo el primer impacto. Contrariamente, a lo que suele pasarles a muchos que empiezan con poesías, a mis 9 años escribí un cuento: El señor del castillo, del que aún conservo el borrador. Soñaba con tener un hermano o una hermana, mi madre había perdido un bebé por un aborto espontáneo que también puso en peligro su vida. El golpe fue importante. En ese momento, además, mi mundo literario transcurría por las hermanas Brontë, Charles Dickens, esa literatura gótica (inglesa) me encantaba y también influía.
–Llegó a estas tierras con su primera obra de teatro bajo el brazo, ¿lo político estaba presente?–Se llamó Estos muchachos revoltosos y se desarrollaba en una casa de atención del Barrio Clínicas (allí está el Museo de la Reforma Universitaria y fue uno de los escenarios del Cordobazo). Lo político era medular, mi vida de estudiante había sido muy combativa.
–¿Cómo logró que se representara aquí siendo foránea?–Me contacté con el ambiente teatral, sobre todo, para que me dijeran si interpretaba bien el teatro, si tenía capacidad para ser dramaturga, o me quedaba solo en la superficie de la narrativa. Pibes que ahora son lo más representativo, ayudaron a ese comienzo: Maximino Moyano, Rafael Rodríguez, Elsa Cortopassi. Trabajé mucho con Sonya Sejanovich, pero ella decidió dejar el teatro; yo, aunque quisiera, no podría.
–¿Cuando ejerció como notaria, se frustró su impulso literario?–Comencé a trabajar cuando murió mi marido. Ejercía como notaria 12 horas diarias porque tenía un hijo pequeño del cual ocuparme. A la narrativa le dedicaba las noches, los fines de semana, las vacaciones. ¿Sabés cuál era mi secreto? Como lo que yo quería era escribir, me había hecho la idea de que cada cliente era un personaje, entonces estudiaba sus movimientos, sus pretextos desde que entraban por la puerta de mi oficina. No me hizo mal ese ámbito, porque a su vez me mantuvo más en contacto con la vida y los problemas reales.
–¿En Mendoza pudo profundizar la militancia? –Es una pregunta difícil. ¿Vos qué edad tenías cuando la última dictadura militar?
–Nací en 1984…–Qué hermoso destino. Imaginate, nos habían borrado de la historia, los que estábamos vivos éramos la nada. Yo quemé libros y sigo llorando por ellos. Cuando retornó la democracia había un entusiasmo inusual y me ofrecieron ser directora de Cultura de la Municipalidad de Capital. Acepté porque eso me iba a permitir revertir algo del pasado. El área estaba en ruinas, pero dentro de esa situación logré bastantes cosas, como el encuentro Las voces silenciadas en el que se leían trabajos de compañeros desaparecidos.
–Permaneció un año en esa función…–El doctor Barros me lo había grabado a fuego: la ética ante todo. No podía trabajar como escribana, estaba todo muy alterado. No tenía tiempo para escribir y el grillito de Pinocho me advertía de que volviera a lo mío.
–¿Es de las que vuelve sobre lo escrito para cambiarlo?–La única manera de dejar de revisar es publicar, tengo pendiente una novela inédita de 315 páginas, que escribí después de Nadie se muere del todo en Praga, editada en 2002.
–La paradoja es que aún no encuentra quién la edite.–No me puedo quejar, pero he tenido una paciencia y una tenacidad impresionantes en todo este recorrido.
–¿Cómo mantiene el ímpetu, aún, frente a estas situaciones absurdas?–Todo mejoró en muchos aspectos. Las mujeres no votaban y la cédula de mi padre decía: “Ocupación: industrial”, mientras que la de mi madre: “Ocupación: su sexo”, por los trabajos que correspondían a una ama de casa. Mirá si ha pasado el tiempo y han cambiado las cosas: ¿cuánto te llevo? Vos tenés 29 y yo 79, me resulta gracioso, no es solamente una vida, son muchas vidas.
Una vez dirigió
Es principalmente narradora y desde que profundizó en la dramaturgia, siempre estuvo inmiscuida en el ámbito de los actores. Tuvo oportunidad de dirigir, aunque fue sólo una vez: “Fue más bien un homenaje. Iba a Israel porque representaban allí Cantando las …, el avión hacía escala en Amsterdam y visité el Museo de Ana Frank, cuyo escondite está conservado tal cual. También fui al Museo del Holocausto y me traje de allí tres diarios íntimos de otros chicos que habían sido llevados a campos de concentración. Cuando llegué a Argentina reflexioné sobre qué hubiera pasado si sus destinos hubieran sido otros y escribí El Cumpleaños de Ana. La carga anímica del viaje era tremenda, por lo que después surgió Kaddish a Cinco Voces, en que aparecían los cinco y esta la dirigí. No era una obra de teatro, yo aparecía interrogándolos y me contestaban retazos de sus diarios, que llevaban en sus regazos. Cuando les preguntaba qué querían ser cuando fueran grandes, se producía un silencio mayúsculo. Nos desarmaba a todos, al público y a mi”.
La frase
"Llegó un momento en que estaba muy deprimida porque nadie representaba mis obras. Cuando comencé a usar la computadora y descubrí internet, traduje 7 de ellas al inglés. Busqué concursos u organizaciones y así logré, por ejemplo, que una obra se representara en Israel y otras en Londres. Todo lo que he escrito tiene que ver con mi país”.
BREVE BIOGRAFÍA:
- Nació en 1934, en Vicente López, Buenos Aires, pero se crió en Córdoba. Llegó a Mendoza a principios de 1960 para casarse.
- Escribió más de 30 obras de teatro, una novela, poemas y tradujo siete de sus producciones al inglés. Recibió varios premios y fue reconocida en el Festival de Estrenos de Teatro de 2013.
- Fue directora de Cultura de Capital en 1983.