Carlos Saboldelli / Especial para [email protected]
Algunos apreciaban el ingenio del ajedrecista y otros padecían su personalidad, pero lo cierto es que su percepción y agudeza parecería tener destino de implacable.
Bobby Fischer, o la locura de ver más allá
A veces la demencia roza los limites de las corduras y fundamentalmente de los cánones de las cosas usuales. No digo de las simples ni mucho menos de las sencillas, pero sí de las que parecerían enmarcadas en lo “razonable”.
¿Pero cuál puede ser la medida de la ubicación cuando las ideas y las ocurrencias se procesan a una velocidad inhabituada, con intermitencias descontroladas y con una fluidez quimérica? Algo así es lo que sucede con tantas expresiones en las diferentes ramas de la vida misma: la pintura, la música, el fútbol, el amor o cualquiera de esas cosas que solemos transitar. Por supuesto que esto tiene nombres propios y que en cada una de esas actividades hay un emergente humano que la ha caracterizado; y llámese como quiera la intención ahora es mentar nada menos que al ajedrez y algo de sus contornos circundantes.
En el año 1943 y con precisión un día 9 de marzo la ciudad de Chicago en Estados Unidos recibía en los suburbios la vida de uno más, entre los tantos miles y miles de los momentos. Hijo de una enfermera y de un físico, resulta que por esas cosas de la vida un tal Robert James Fischer recibió un regalo consistente en una baratija plástica que conformaba un juego de ajedrez. Sin estímulos de ninguna índole, simplemente comenzó a leer las instrucciones de la portada y unas paupérrimas hojas que indicaban como armar el tablero. Así es como suelen comenzar las grandes proezas.
Se vinculó de a poco pero progresivamente con diferentes maestros y cultores del juego. Algunos apreciaban su ingenio y otros padecían su personalidad, pero lo cierto es que su percepción y agudeza parecería tener destino de implacable. Eso sí, al menos en los momentos en que la lucidez brillante de su demencia empedernida se combinaba certeramente.
Y tal vez por eso, durante su adolescencia y juventud su campaña parecía errática: oscilaba entre los puestos finales de algunos torneos para que un fulgor decisivo y letal le permitiera ganar campeonatos en forma fulminante e incontrolable. La guerra de los alfiles Durante el periodo de la guerra fría, la política soviética de apoyo al ajedrez como una línea de acción estatal tenía resultados evidentes y dominantes. Las clasificaciones de todos los campeonatos contaban con predominio absoluto de los soviéticos, cimentado en estudios permanentes de la historia del juego, de las variables, de un trabajo organizado y en equipo que contaba incluso con soportes psicológicos y (según comentan por ahí) parapsicológicos también. Y si no, tengamos en cuenta esta estadística (tan lejos de la literatura pero tan indispensable al ajedrez): entre 1948 y 1963 el campeón era Mijail Botvinnik con un intervalo entre 1957 a 1958 donde reinaba Vasily Smyslov y 1960 a 1961 con Mijail Tal; luego Tigran Petrosian (1963 a 1969) y Boris Spassky del ’69 al ’72. Casi 25 años ininterrumpidos de esa escuela dominando el tablero mundial (literalmente).
Es así, en aquel predominio que casi sin conciencia de esto y con las excentricidades del pensamiento dolorosamente álgido el joven Bobby Fischer se mostraba como una amenaza a ese predominio. ¿Será por eso que (al igual que el arte y que algunos deportes) el factor humano siempre es decisivo cuando lo imprevisto sacude las programaciones, cuando la creación menoscaba los estándares y fundamentalmente cuando la genialidad arrasa con los mediocridades conceptuales?
Fuera de toda la lógica de los entornos y los estudios, Fischer amagaba dedicarse a pleno pero actuaba limitado. Su forma de ser, de afrontar los desafíos se ubicaban por las antípodas de las formalidades.
Y valgan algunos ejemplos: en una oportunidad, cuando estaban por darle por perdido el partido ya que no llegaba en horario apareció de golpe, y con el escaso tiempo que le quedaba fulminó a su adversario en unas pocas movidas; otra vez en un campeonato exigió que el brillo de los tableros tuviera cierta intensidad y no otra porque se alteraba; también que no se podía comer caramelos porque el ruido del papel lo desconcentraba o se mantenía casi histérico ante cada comida porque estaba obsesionado con el envenenamiento.
En fin, lo cierto es que en esas condiciones el ajedrez era el salvoconducto a su razón intermitente, entre campeonatos, genialidades y partidas. Y es así que llegando a finales de los años ’60 el objetivo del Campeonato del Mundo ya había tomado forma de determinación en sus objetivos subyacentes.
Así es como llegamos a la gran guerra, o al “match del siglo” o a cualquiera de esas ampulosidades con que los comercios denominan algunos eventos. El campeón del momento era (por supuesto) un ruso: Boris Spassky, quien se veía venir aquel infernal, enigmático y alocado joven de imprevisibles jugadas. Pero aún falta algo para llegar a ese partido Bobby Fischer en Paraná.
Como todos los campeonatos y contiendas, hasta el final el camino es cruento. Y en ese sendero, Fischer iba dejando mojones destruidos y preludios de victoria. Hasta 1971 en que la instancia era más que cercana: estaba en las semifinales del Campeonato Mundial de Ajedrez y la misma se jugaría nada menos que en Buenos Aires. Y si bien su adversario era el temible Tigran Petrosian, el cénit estaba allí. Porque el resultado demolió cualquier especulación: 6 ½ a 2 ½.
Lo cierto es que estando Fischer en la Argentina fue contratado por el Gobierno para realizar una serie de giras por el interior del país, y es un 8 de noviembre de 1971 en que aquel joven candidato pisaba suelo entrerriano y paranaense. La conmoción en el ambiente ajedrecístico (y también en el social, por supuesto) era consecuente a la envergadura del visitante y quizás por ello todos se predispusieron a tan ilustre visita.
La mecánica de su visita era amplia: partidas simultáneas, lo cual significa que un solo ajedrecista se enfrenta a varios al mismo tiempo. El gladiador solitario ya lo conocemos pero las crónicas de la época rescatan los nombres de los adversarios del momento. Fueron invitados (en un principio) estos jugadores para enfrentar a Fischer: Manuel Demonte Vitali, Fernando Casas, Fermín Garay, Eduardo Barbagelata, Miguel Rivas, Oscar Bertellotti, Diego Mackinnon, Pedro Badano, Guillermo Seri, Darío Rossi, Miguel Reca, Carmelo Castillo, Luis Castañeda, Ricardo Cáceres, Mario Cairó, Osvaldo Sanguinetti, Samuel Wayngarten, Roble Martínez, Miguel Oliva y otros jugadores de segunda y tercera categoría. 22 a las 21
El día lunes 8 de Noviembre a las 21 horas, en la sede del Club Recreativo comenzaron las partidas simultáneas. Con la mano en el bolsillo, el saco suelto y la actitud concentrada de quien debe resolver miles de jugadas en el escaso tiempo de algunos segundos, Fischer ambuló por todos aquellos tableros esparcidos en el gimnasio del Club. Miradas atentas, curiosos, adeptos al juego y un halo de magnitud circundaron el evento. Debe haber sido una tarde de esplendor y sapiencia, de esas que suceden siempre esporádicamente. Como fuera, el gran maestro norteamericano se adjudicó la victoria en las 22 partidas disputadas. Inclinaron su rey en el siguiente orden estos jugadores: Oscar Katz en 11 jugadas, Jorge La Rosa en 17 jugadas, Alberto Burruchaga y Miguel Reca en 29, Ángel Alzugaray en 24, Miguel Oliva en 23, Mario Godoy en 31, Carmelo Castillo en 42, Pedro Badano, Guillermo Seri y Mario Cairó en 33; Wildo Giorgio y Darío Rossi en 34, Guillermo Giraudón y Guillermo Retamar en 37. Posteriormente abandonaron José María Gangli, Roble Martínez, Amalio García, Darío Valentín Rossi y Ricardo Cáceres. Posteriormente abandonó Fermín Garay, quedando solamente Luis Castañeda quien cedió posiciones en la jugada 60.
Para sorpresa de muchos, algún lúcido intervalo de su conducta convirtió adeptos en admiradores. Porque al revés de todas las previsiones, se comportó aquí de una forma llana y amena, fotografiándose y autografiando a cuanta persona se lo pidiera. Tal vez el río, tal vez los cielos…vaya uno a saber por qué. El fin siempre estuvo cerca: Fischer se enfrentó con Spassky en el año 1972 disputando la final del mundo. Sin entrar en los pormenores del match, la verdad es que su victoria fue abrumadora. No pudieron contenerlo, no hubo forma de impedir que sus virtudes y capacidades ocupasen un lugar demasiado alejado de su oponente, llenando de brillo y distinción aquel momento de aperturas y tableros.
Pero en fin, quizás sea el destino de todos los genios o de todos los locos, o más aun quizás sea el predestinado sendero de los desacatados. Porque Fischer nunca defendió su titulo, se aisló definitivamente de las competencias oficiales y de las presentaciones. Salvo algunas exhibiciones aisladas donde recaudaba fondos para subsistir, su escuela es su historia misma.En ese entorno, en el año 1992 le propusieron jugar la revancha contra Spassky. Más viejo, veterano, calvo y desgastado físicamente aceptó el desafío y volvió a derrotarlo, otra vez sin ningún tipo de atenuaciones. Claro que el evento se jugó en la entonces Yugoslavia, en crisis política y boicoteada por la ONU y los Estados Unidos. Algo que a Fischer no le importó en lo más mínimo, pero que le valió ser considerado un criminal.
Ya las luces no eran las mismas, la guerra fría se había caído con el Muro de Berlín y el mundo apuntaba a otro lado. Fischer hacía (como siempre) lo que quería pero nunca más pudo regresar a los Estados Unidos. Pidió asilo político en Islandia, donde entre maderas viejas de su casa y tableros y piezas de artesanía y nieve destellaba aisladamente.
Solo, más bien fané y a la vista descangallado pareció que la isla islandesa era su espacio del mundo. Así anduvo, hasta que una enfermedad que poco sabe de genios doblegó para siempre su rebeldía. Era un 17 de enero de 2008 en Reikiavik cuando lo enterraron en un lugar inhóspito, apartado y tan solitario como él durante su vida. Y como toda su vida, que no le importa. SERIE: Teatros, actores y otros desacatados melancólicos: Serie realizada en exclusiva para Diario UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros).
Fuente: UNO Entre Ríos



