Pensemoslo por un segundo, una persona nacida en 1800 llegó a un mundo sin automóviles, sin teléfonos, sin aviones, sin computadoras, sin Internet y obviamente sin Inteligencia Artificial. Si quería enviar un mensaje a otra ciudad necesitaba una persona, un caballo, un barco y bastante paciencia.
Cuando la evolución dejó de esperar a la biología: el próximo salto humano
En dos siglos pasamos del telégrafo a la IA. La tecnología ya no solo extiende el cuerpo: amplía la mente y abre una nueva forma de evolución.
La noche era realmente noche. La gente dormía (no cómo este servidor a las 4am escribiendo estas líneas)
Viajar cientos de kilómetros podía llevar días. Cruzar un océano, semanas.
Una infección que hoy resolveríamos con relativa facilidad podía terminar acabando con nuestra vida.
Pensar en la posibilidad de hablar instantáneamente con alguien que estuviera del otro lado del planeta habría parecido, probablemente, una especie de brujería.
Ahora vamos con otro ejercicio. Imaginemos a alguien nacido cien años después, en 1900.
Durante su vida podría haber visto nacer y expandirse el avión, la radio, los antibióticos, la televisión, la energía nuclear, el transistor, las computadoras y los primeros pasos hacia Internet.
Finalmente pensemos en alguien nacido en el año 2000.
Antes de cumplir 20 años habría vivido la expansión masiva de Internet, los smartphones, las redes sociales, la computación en la nube, la edición genética mediante CRISPR, enormes avances en robótica y los primeros sistemas de Inteligencia Artificial capaces de resolver problemas que durante décadas parecieron extremadamente difíciles.
Hay algo extraño ocurriendo y no es solamente que estamos inventando más cosas, es que estamos encontrando nuevas formas de superar nuestras propias limitaciones.
Primero extendimos nuestro cuerpo.
El siglo XIX fue extraordinario porque comenzamos a romper algunas de las restricciones físicas que habían acompañado a nuestra especie prácticamente desde siempre.
Durante miles de años la velocidad de una persona estuvo limitada por sus piernas, un caballo o la fuerza del viento empujando una embarcación.
Después llegaron las máquinas.
En 1844, Samuel Morse envió su famoso mensaje telegráfico entre Washington y Baltimore, cambiando la forma en la que nos comunicajamos para siempre.
Por primera vez la información podía viajar mediante electricidad a una velocidad completamente separada de la velocidad de una persona.
Parece algo sencillo visto desde 2026. Claro que no lo era.
Durante prácticamente toda la historia humana, si querías transmitir información a otra persona necesitabas mover físicamente algo: un mensajero, una carta, un objeto...
De repente, la información empezó a viajar sola.
En 1876 Alexander Graham Bell patentó el teléfono y realizó una de las primeras demostraciones exitosas de transmisión de voz.
Ya no enviábamos solamente información sino que podíamos enviar nuestra voz.
En 1879, Edison y su equipo desarrollaron una lámpara incandescente práctica dentro de un proceso en el que participaron múltiples inventores y décadas de experimentación.
La electricidad comenzaba lentamente a modificar nuestra relación con algo tan antiguo como el día y la noche.
Y en 1886 Carl Benz patentó uno de los primeros automóviles modernos impulsados por un motor de combustión interna.
Detengámonos acá.
En aproximadamente cuarenta años habíamos comenzado a vencer la distancia para comunicarnos, extendido artificialmente las horas útiles del día y creado máquinas capaces de transportarnos sin depender directamente de nuestra propia fuerza física.
No evolucionaron nuestras piernas, inventamos las ruedas.
No evolucionaron nuestros ojos para ver en la oscuridad, inventamos la luz.
No desarrollamos la capacidad biológica de gritar a cientos de kilómetros, inventamos el teléfono.
Y ahí comenzó a aparecer algo que, visto en perspectiva, resulta fascinante: la humanidad había encontrado una especie de atajo.
Después llegó el siglo XX.
Y, en cierto punto, hizo que el anterior pareciera un ensayo.
El 17 de diciembre de 1903 los hermanos Wright consiguieron realizar el primer vuelo controlado y sostenido de una máquina más pesada que el aire.
El primero duró apenas 12 segundos. Doce.
Recorrieron unos 36 metros.
Sesenta y seis años después pusimos seres humanos sobre la Luna.
Vale la pena leer nuevamente esas dos frases.
1903: volamos 12 segundos.
1969: caminamos sobre otro cuerpo celeste.
Una vida humana podía transcurrir prácticamente entre ambos acontecimientos y, sin embargo, quizás uno de los inventos más importantes del siglo XX no tuvo alas ni ruedas.
Era diminuto.
En 1947 investigadores de Bell Labs desarrollaron el transistor.
Ese pequeño dispositivo terminaría siendo una de las bases fundamentales de prácticamente toda la electrónica moderna: computadoras, teléfonos, comunicaciones digitales y posteriormente buena parte de la infraestructura que hace posible la Inteligencia Artificial.
Después las cosas empezaron a acelerarse: computadoras, satélites, circuitos integrados.
ARPANET realiza una de sus primeras comunicaciones entre computadoras, uno de los antecedentes fundamentales de Internet.
Tim Berners-Lee presenta en el CERN la propuesta que terminaría convirtiéndose en la World Wide Web.
Ahora ya no estábamos solamente construyendo máquinas para mover cosas, estábamos construyendo máquinas para procesar información.
Y esa diferencia es enorme.
Porque durante miles de años el conocimiento estuvo limitado por nuestra capacidad biológica de recordar, enseñar y transmitir. Primero encontramos una solución bastante elegante, la escritura. Después los libros, las bibliotecas, la imprenta, las computadoras, Internet.
Cada tecnología fue agregando una capa.
Ya no necesitábamos recordar toda la información, necesitábamos saber dónde encontrarla y, eventualmente, ni siquiera eso.
Google empezó a encontrarla por nosotros.
Nuestra memoria comenzó lentamente a vivir fuera de nuestro cerebro.
Y entonces empezamos a tocar el código
Entramos al siglo XXI, y acá es donde las cosas empiezan a ponerse bastante más interesantes.
En abril de 2003 se anunció la finalización del Proyecto Genoma Humano, uno de los mayores esfuerzos científicos internacionales de nuestra historia.
Por primera vez teníamos una referencia prácticamente completa del código genético humano accesible para la investigación.
Hasta ese momento habíamos utilizado tecnología principalmente para construir cosas alrededor de nuestro cuerpo.
Ahora comenzábamos a comprender, con una profundidad completamente diferente, las instrucciones que construyen nuestro propio organismo.
Después ocurrió algo todavía más profundo.
En 2012, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna desarrollaron CRISPR-Cas9 como una herramienta programable de edición genética.
En términos extremadamente simplificados: empezábamos no solamente a leer partes del código de la vida, empezábamos a tener herramientas capaces de editarlo.
Pensemos en la secuencia.
Durante miles de años intentamos sobrevivir dentro de las reglas que la biología nos había dado.
Después construimos herramientas para compensar nuestras limitaciones.
Después aprendimos a estudiar nuestro propio código.
Y finalmente empezamos a intervenir sobre él.
Todo esto mientras llevábamos en el bolsillo una computadora conectada prácticamente a todo el conocimiento producido por nuestra civilización.
Es bastante difícil dimensionarlo mientras discutimos porque el WiFi anda lento.
Ahora bien, acá es importante hacer una aclaración.
No dejamos de evolucionar biológicamente, la evolución no terminó y Darwin sigue bastante tranquilo.
Pero nuestra especie desarrolló otro mecanismo de adaptación muchísimo más rápido: la cultura, el conocimiento, la tecnología.
La investigación científica sobre evolución cultural plantea precisamente que la adaptación cultural humana puede producirse mucho más rápido que determinadas adaptaciones genéticas. Frente a un nuevo ambiente, una población puede modificar comportamientos, tecnologías y conocimientos mucho antes de que cambie sustancialmente su genética.
Y probablemente el ejemplo más sencillo sea también el más evidente.
Si tenemos frío, no necesitamos esperar miles de generaciones hasta desarrollar naturalmente un pelaje más grueso, construimos un abrigo.
Queremos cruzar el océano, pero no necesitamos evolucionar hasta desarrollar branquias: construimos un barco.
Si queremos volar, no esperamos a tener alas: construimos un avión.
Queremos observar algo demasiado pequeño para nuestros ojos: construimos un microscopio.
Queremos recordar más información de la que puede almacenar nuestro cerebro: escribimos.
Después imprimimos, digitalizamos lo que imprimimos, conectamos todas esas computadoras.
Y ahora empezamos a conversar con ellas.
Lo que la biología no podía resolver dentro de los tiempos de una vida humana, muchas veces empezamos a resolverlo mediante tecnología.
Y ese probablemente sea uno de los grandes secretos de nuestra especie.
No somos particularmente rápidos, tampoco los más fuertes. No tenemos garras, no volamos ni respiramos bajo el agua.
Nuestro cuerpo es bastante limitado si uno lo compara individualmente con muchos otros animales.
Pero hacemos algo excepcionalmente bien: Construimos herramientas.
Y entonces apareció la Inteligencia Artificial
Hasta acá existe un patrón bastante claro, y es que la mayoría de nuestras grandes tecnologías amplificaban alguna capacidad.
La máquina de vapor amplificó nuestra fuerza.
El automóvil, nuestras piernas.
El avión, nuestra movilidad.
El teléfono, nuestra voz.
El telescopio, nuestros ojos.
La computadora, nuestra capacidad de cálculo.
E Internet, nuestra capacidad de acceder al conocimiento colectivo.
Pero la Inteligencia Artificial toca una frontera diferente.
Porque empieza a ampliar algunas de las capacidades que utilizamos precisamente para crear las próximas herramientas: analizar, relacionar información, reconocer patrones, programar, diseñar, traducir, simular, generar hipótesis.
Y esto genera una situación extraña.
Durante prácticamente toda nuestra historia inventamos herramientas. Ahora estamos construyendo herramientas capaces de ayudarnos a inventar las próximas.
Ahí cambia algo.
Un buen ejemplo ocurrió en 2020.
Durante alrededor de cincuenta años, predecir con precisión la estructura tridimensional que adoptaría una proteína a partir de su secuencia había sido uno de los grandes desafíos de la biología computacional.
En CASP14, AlphaFold2 alcanzó resultados que los organizadores reconocieron como una solución al problema de predicción de estructura de proteínas para numerosos casos, acercándose en precisión a métodos experimentales.
¿Por qué importa?
Porque las proteínas están involucradas prácticamente en todos los procesos biológicos.
Comprender sus estructuras puede ayudar a investigar enfermedades, medicamentos y procesos celulares.
Una Inteligencia Artificial estaba siendo utilizada para acelerar la ciencia. No solo para responder preguntas, sino para ayudarnos a encontrar respuestas que todavía no teníamos.
Y esa diferencia es fundamental.
Pero la IA sigue teniendo una limitación bastante evidente y es que una enorme parte de su mundo ocurre dentro de computadoras.
Puede analizar, conversar, diseñar o generar instrucciones pero alguien (o algo) tiene que actuar después sobre el mundo físico.
Ahí aparece la robótica.
Y quizás uno de los fenómenos más importantes de las próximas décadas no sea exclusivamente la Inteligencia Artificial ni exclusivamente los robots.
Sea la combinación.
La IA como ampliación de determinadas capacidades cognitivas y la Robótica como ampliación de determinadas capacidades físicas.
Un sistema que puede percibir, interpretar, decidir y actuar.
La robotización industrial ya está extraordinariamente extendida. Según la International Federation of Robotics, durante 2024 se instalaron más de 542.000 robots industriales y el stock operativo mundial superó los 4,6 millones.
Ahora agreguemos modelos de Inteligencia Artificial cada vez más capaces a esos cuerpos mecánicos.
Después sensores.
Visión artificial.
Sistemas autónomos.
Laboratorios robotizados.
Biotecnología.
Y volvamos a hacer la pregunta.
¿Qué ocurre cuando las herramientas que construimos empiezan a participar cada vez más activamente en el proceso mediante el cual construimos nuevas herramientas?
Quizás recién esté empezando
Hay una tentación bastante común cuando hablamos de tecnología y es pensar que todo crece exponencialmente. Pero no es necesariamente así.
Hay industrias donde avanzar sigue siendo lento, costoso y extraordinariamente complejo.
Hay problemas que pueden tardar décadas.
Y probablemente siempre los haya.
Pero algo sí está cambiando.
Cada nuevo descubrimiento no empieza desde cero, se apoya sobre todo lo anterior.
El automóvil necesitó avances en motores, metalurgia, combustibles y manufactura.
La computadora necesitó electricidad, matemáticas, materiales y electrónica.
Internet necesitó computadoras y telecomunicaciones.
La Inteligencia Artificial moderna necesitó computación, chips, enormes cantidades de datos, Internet y décadas de investigación matemática.
Cada ladrillo nos permite colocar el siguiente un poco más arriba. Y, eventualmente, los propios sistemas que construimos pueden ayudarnos a colocar esos ladrillos.
Ahí aparece un mecanismo potencialmente muy poderoso: Tecnología construyendo tecnología.
Con humanos todavía definiendo objetivos, tomando decisiones y marcando límites, pero con herramientas cada vez más capaces ayudándonos durante el camino.
Durante millones de años la vida tuvo una regla bastante sencilla.
Si una especie necesitaba adaptarse, el mecanismo era lento.
Variación.
Selección.
Reproducción.
Generaciones.
Nosotros agregamos otro camino.
Problema.
Conocimiento.
Herramienta.
Adaptación.
Eso no reemplazó la evolución biológica, pero nos permitió dejar de depender exclusivamente de sus tiempos.
Y quizás esa sea una de las mejores formas de entender lo que está pasando actualmente con la Inteligencia Artificial, la robótica y la biotecnología.
No son tecnologías aisladas, son parte de un proceso muchísimo más viejo.
El intento permanente de nuestra especie por superar aquello que parecía un límite.
Primero extendimos nuestros brazos.
Después nuestras piernas.
Después nuestros ojos.
Nuestra voz.
Nuestra memoria.
Nuestra capacidad de cálculo.
Ahora empezamos a extender determinadas capacidades de nuestra inteligencia.
Y al mismo tiempo comenzamos a comprender y modificar la propia biología que nos trajo hasta acá.
Durante siglos miramos a la tecnología como algo externo.
Una herramienta estaba ahí.
Nosotros acá.
Un martillo.
Una máquina.
Un automóvil.
Una computadora.
Pero esa frontera lentamente empieza a volverse menos clara.
Prótesis inteligentes.
Implantes.
Interfaces cerebro-computadora.
Edición genética.
Robots cada vez más autónomos.
Inteligencias artificiales capaces de participar en investigación científica.
Quizás dentro de algunas décadas la pregunta sobre dónde termina el ser humano y dónde comienza su tecnología sea bastante más difícil de responder.
Y eso trae oportunidades enormes.
También riesgos.
Porque poder hacer algo nunca significó automáticamente que debamos hacerlo.
Nuestra capacidad tecnológica está creciendo muchísimo más rápido que nuestra capacidad de construir consensos alrededor de cómo utilizarla.
Y probablemente uno de los grandes desafíos de nuestra generación sea justamente ese.
No solamente construir herramientas más poderosas.
Aprender a decidir qué queremos hacer con ellas.
Porque quizá el próximo gran salto de la humanidad no dependa exclusivamente de nuestra biología.
Ni exclusivamente de una máquina.
Dependa de la relación que seamos capaces de construir entre ambas.
Pensalo por un segundo.
Hace apenas 123 años un ser humano consiguió mantenerse volando durante 12 segundos.
Hoy construimos sistemas artificiales capaces de conversar con nosotros, programar, analizar proteínas, crear imágenes y controlar máquinas.
¿Qué vamos a considerar normal dentro de otros cien años?
No lo sabemos, y probablemente sea imposible imaginarlo desde acá.
Una persona en 1800 tampoco podía imaginar un smartphone.
Alguien en 1900 difícilmente habría imaginado Internet.
Y nosotros cometemos probablemente el mismo error cada vez que intentamos pensar el futuro utilizando solamente las herramientas del presente.
Quizás la evolución humana nunca dejó de avanzar, simplemente aprendimos a darle otro camino.
Y por primera vez en nuestra historia, ese camino empieza a tener inteligencia propia.