Ficción

Mamá terminó siendo Thomas Bernhard

Un viaje a Egipto enfrenta a un hombre con el destino que su madre soñó para él. Un cuento de José Miguel Vivas sobre el duelo y las promesas de grandeza

Dentro de la van apenas soporto el olor envejecido de transpiración adherido a los asientos. Imagino los cientos de hombres de todas las latitudes que durante años han aportado a este menjunje. El calor atiza el tono primitivo del aroma: uno piensa en cavernas y supervivencia. Nos esperan cinco horas de carretera desde Hurgada hasta El Cairo y luego hacia lo que, según la tradición bíblica, fue la tierra de Gosén. El guía egipcio y su conductor parecen esos actores que usa Hollywood para estereotipar secuestradores marroquíes: morenos, bigote fino, la esclerótica empantanada y camisas curtidas. Yo tampoco saldré ileso del juego de los estereotipos. Viajo con mi chica: alemana, rubia, ojos azules y alta. Ya imagino lo que piensan cuando nos miran: el mexicano/colombiano que conquistó al amor de su visa a punta de salsa y una libido ingobernable. Ya quisiera yo…

La noche, como si solo pudiera tramar su absolutismo en al-Bahr al-Ahmar, se diluye a medida que avanzamos. El paisaje que se devela, entonces, es una extensión recubierta de una película beige granulada, y la gente que veo emerger de sus calles me hace pensar en aquel verso de la vuelta del Martin Fierro: viene uno como dormido cuando vuelve del desierto.

El guía acomoda el volumen del micrófono en un bodypack remendado con cinta plástica y comienza su relato: Hurgada –nos cuenta- fue apenas un pueblo de pescadores hasta mediados del siglo XX. Su transformación en enclave turístico comenzó en los años ochenta, cuando el gobierno egipcio decidió explotar el litoral del Mar Rojo. El Cairo, en cambio, se erige sobre capas superpuestas: ciudad fatimí, mameluca, otomana, británica. Es, digamos, una capital que nunca terminó de pertenecerle del todo a nadie.

Habla en un alemán impecable que envidio, pues en mi caso, mi chica todavía tiene que acercarse a mi oído para rellenar las lagunas que sabe que han quedado en mi cabeza. Los otros cinco alemanes del grupo se bajarán antes de Tell el-Dab’a. Tienen suficiente con la fotito sobre un camello con las pirámides de fondo.

Vine a Egipto por mamá. Después de su muerte se reactivó en mí una historia que fue central en mi infancia: la de José, hijo de Jacob. Te llamas así por él, papi, me decía. Y como él, estás llamado a la grandeza. Para los que no la conozcan o no la recuerden bien, José fue el hijo preferido de Jacob. Por ello, fue traicionado por sus hermanos y vendido como esclavo. Así llegó a Egipto y sirvió en casa de Potifar, resistió acusaciones de su esposa y terminó en prisión. Allí interpretó sueños: el del copero, el del panadero y finalmente los del faraón. Esas vacas flacas que devoran a las gordas. Gracias a su capacidad de leer el porvenir, ascendió hasta convertirse en gobernador. Con esa investidura, administró el hambre, salvó a Egipto y, cuando sus hermanos acudieron a pedir grano, los enfrentó, pero luego los recibió a todos y los hizo vivir en Gosén: la tierra más fértil de esos parajes.

Tantos años pasé queriendo la revancha de José. Yo me la merezco, decía, si he pasado por esto y aquello. Pero nada que hacer… ni mamá ni yo tuvimos la suerte de nuestros arquetipos bíblicos. Pienso todo esto mientras nos despedimos de los otros alemanes, con quienes ya hemos compartido largas horas de charla histórica sobre estos paisajes en sepia. Ellos planean farra en El Cairo hasta que el cuerpo aguante. Parece que ver las pirámides los ha dejado en un estado de excitación superior al subidón químico del Molly.

De vuelta en la van (ya sin asco: después de haber contribuido con mi propia cuota de sudor, el olor me resulta familiar) el guía me pregunta si estoy emocionado. Durante el trayecto al mirador de las Pirámides, mi chica le explicó que para mí aquello no era turismo, sino una cosa más personal. Le respondo que sí, que lo estoy. Él asiente y me dice que siempre le ha conmovido la historia de José, y que en mis ojos reconoce la misma llama que ardía en el hijo de Jacob. Ya sé: dos días aquí son más que suficientes como para saber que quiere una buena propina.

Saco un fajo de libras egipcias que cambiamos anoche y le entrego mitad a él y mitad al conductor. Me abrazan ambos. Él guía, apenas se separa, quiere seguir hablándome de José y de la maravillosa tierra que era Gosén en sus tiempos. Lo detengo. Le digo que prefiero hacer el resto del camino en silencio, pensando en lo que mi madre decía. No era del todo cierto. En realidad, temía que se viniera arriba e interpretara que tenía luz verde para seguir sacándonos dinero. No somos ricos, por Dios.

Nos complace con su silencio y solo nos vuelve a dirigir la palabra para decir que hemos llegado. Bajamos. Él se va a fumar un cigarrillo con el conductor y nos dejan avanzar despacio por el perímetro de las excavaciones de Tell el-Dab’a. En primera instancia, cualquiera podría decir que no hay nada que justifique el viaje: lo que se aprecia es una simple planicie abierta. Nada más. Y, sin embargo, algunos arqueólogos sostienen que aquí pudo levantarse la capital de los hicsos, y que en esta zona hay indicios compatibles con el relato del Génesis. Me agacho, tomo un puñado de arena, la dejo escurrirse entre los dedos y pienso en el José que soñaba mamá.

Mi chica me mira en silencio y me acaricia el hombro. Entonces digo, casi en susurro:

-Mamá quiso narrar en mi vida la historia de José, el soñador, pero lo que terminó narrando fue algo más parecido a "El malogrado", de Thomas Bernhard.

-No recuerdo haber leído esa novela -me dice, al tiempo que me limpia la mano con una servilleta que saca del bolsillo.

-Es de principios de los ochenta. La tenemos en casa. El narrador recuerda su amistad con Glenn Gould y con Wertheimer. Gould es el genio indiscutible, el pianista absoluto. Wertheimer, que había sido talentoso y prometedor, al conocer a Gould comprende que nunca alcanzará esa altura, y esa conciencia lo carcome hasta conducirlo al suicidio. El narrador, por su parte, observa y sobrevive.

-¿Y qué tienes tú que ver con esta novela?

-Que esa trinidad bernhardiana habita en mí. José, el mito que mamá me asignó, es ese Gould inalcanzable: el elegido, el intérprete del sueño. El José Miguel que pasó años creyendo que debía confirmar esa profecía se parece más a Wertheimer: el que se mide contra una vara imposible y termina aniquilado por su incapacidad. Y el narrador es este que tienes en frente.

Ella me termina de sacudir unos granos remanentes en mi mano. El guía tira la colilla de su cigarrillo y nos pregunta si queremos una foto juntos. ¿Cómo no? Nos erguimos, entonces, y simulamos la sonrisa de la plenitud, esa con la que nadie pudiera siquiera sospechar lo rotos que estamos.

En pocas palabras

  • Egipto: un viaje evoca el destino que la madre del autor soñó para él, marcado por la historia bíblica de José.
  • Dualidad de José: el narrador se debate entre el mito de José, llamado a la grandeza, y la realidad de un hombre que se siente aniquilado por expectativas inalcanzables.
  • Reflexión literaria: la experiencia en Egipto se compara con la novela "El malogrado" de Thomas Bernhard, explorando la conciencia de la propia mediocridad frente a genios.
Resumen generado por Thinkindot AI

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