Caduco, sin tilde, es un adjetivo. Significa algo pasado de moda, antiguo. En cambio, caducó, con acento en la ó, es la tercera persona singular del verbo caducar. Pretérito indicativo. Caducar es estropearse o desgastarse. También, prescribir.
Cuando el rugbier Lucas Pertossi volvió a la escena del crimen y ratificó que Fernando Báez Sosa estaba muerto por los golpes que le habían dado, envió al resto de sus cómplices un audio donde se escucha una palabra que hiela la sangre por todo lo que sugiere: "el pibe...caducó".
En un país que ha inventado y consolidado palabras macabras como "desaparecido", la actual "caducó" sobrevolará todas las instancias posteriores al crimen de Villa Gesell e irá mucho más allá del día en que se haga justicia. Hasta es probable que se instale en el habla popular, de manera irónica, como sinónimo de una reverenda hijoputez.
Todos los implicados en este asesinato que ha marcado el verano argentino 2020 huyeron, se escondieron, se cambiaron de ropa, hicieron "inteligencia" posterior (en ese marco se dio el "caducó") e incluso algunos de ellos hasta fueron a comer a McDonald's.
Tiempos de caducidad
En la cotidianidad que nos presentan estos tiempos tecnológicamente urgentes, la caducidad es cada vez más palpable. Caducan los celulares que hasta ayer eran nuevos, o la forma de ver TV, y hasta las relaciones interpersonales.
Pero hay costumbres atávicas que se resisten a mutar. Una de ellas es el accionar de la manada, eso que antes llamábamos la patota, caracterizada por usar los lazos de edad, de pertenencia social, y sobre todo de poder, para hacer valer ante otro u otros humanos el sentido de superioridad física y social. Para dañar, para dejar marca, para instalar miedo.
Lo que falta
Una de las cosas que no existe en todos los audios, videos, o mensajes de los rugbiers involucrados en el asesinato de Fernando Báez Sosa es la aceptación, ni a medias, de que han cometido un acto demencial por el puro gusto de demostrarle a ese "pendejo" que a ellos nadie los jode.
Aunque ya experimentan los terrores de estar presos, los rugbiers no han manifestado públicamente atisbos de arrepentimiento.
Ninguno ha dicho el clásico "Me mandé una cagada" que suele ser la fórmula que usan muchos de los que han cometido un asesinato cuando "caen" en la realidad y se dan cuenta de que han hecho algo imperdonable.
Tal parece ser el nivel de impudicia de los acusados.
No matar, no robar, son conceptos que han cementado desde tiempos inmemoriales los distintos tipos de sociedades y de políticas.
El 18 de enero, pasadas las 4.30, Fernando, que había tenido alguna discusión con uno de los rugbiers por un empujón durante un pogo en la pista de Le Brique (El ladrillo), fue atacado por esa manada que no iba a dejarle pasar "a ese negro de mierda" su osadía.
La primera trompada, ladina, lo sorprendió desde atrás. Después vino la tormenta de golpes, incluidas las patadas en la cabeza cuando Fernando ya estaba inconsciente en el piso. Uno del grupo de agresores filmaba la paliza.
Y ya era tan tarde que pronto sería temprano.
