¿Qué querés ser cuando seas grande? Una pregunta que probablemente una persona escuche en reiteradas oportunidades en su vida. Fundamentalmente en plena adolescencia, cuando estás cursando el secundario, donde la incertidumbre es inconmensurable. Donde además de atravesar procesos de cambios profundos, la ansiedad por querer vivir escurre más allá de lo que el entendimiento puede abordar; evidentemente las variables a analizar son múltiples: ¿Cómo me veo en diez, quince, veinte años? ¿De qué me gustaría vivir? ¿Dónde me gustaría desarrollarme? ¿Cómo me gustaría realizar mi día a día? ¿Qué puedo aportar a mi realidad y a la de mi comunidad?
En nuestro país, todos estos cuestionamientos tienen una posible respuesta en comenzar una carrera universitaria, y esto es gracias a que toda ciudadana y ciudadano argentino tiene el derecho a acceder a la universidad pública como resultado de interminables procesos de lucha de trabajadoras, trabajadores y estudiantes como lo fue la Reforma Universitaria de 1918; de decisiones políticas de grandes presidentes como Yrigoyen, Illia, Alfonsín, que durante sus gobiernos no sólo reivindicaron e institucionalizaron la Universidad Pública, gratuita, y de calidad; sino que además animaron al pueblo argentino a poder acceder a estudios superiores, fomentando la movilidad social ascendente. Una clara política de Estado que, a pesar de los embates durante los gobiernos autoritarios y militares, en nuestro país, la educación es reconocida como un derecho fundamental y la principal herramienta de desarrollo.
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Y yo, ¿qué quería ser cuando fuera grande? Soñaba con trabajar en lugares que permitan abordar la desigualdad, la injusticia, la falta de oportunidades. Soñaba con poder estudiar una carrera que me permitiera incidir en las decisiones públicas. Y por eso elegí la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública, porque evidentemente transformar la realidad no es una tarea de la noche a la mañana, y requiere de personas con formación, con vocación de servicio, y con entendimiento de la cosa pública; y sólo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo lo pude hallar.
Mi paso por los estudios de grado no fue fácil, por supuesto, requirió del apoyo de mi familia, de trabajar medio tiempo, de la solidaridad de compañeros y compañeras que compartían los apuntes de cátedra, del uso de la biblioteca gratuita, de poder acceder al comedor. Pero sin dudas estuvo acompañado de un grupo enorme de profesores y profesoras que en la mayoría de los casos dejaban en cada clase plasmado su compromiso con la educación sabiendo que en cada uno de los bancos, se encontraba una persona llena de objetivos, de sueños. Una persona que sin dudas quería aportar a un país mejor.
El sistema universitario argentino, no sólo es sinónimo de altos estándares de conocimiento, investigación, innovación y desarrollo, sino que además es el lugar en donde se socializa con infinitas realidades, vivencias y dificultades que los vaivenes de lo cotidiano nos traen, donde conocés personas de diferentes departamentos de la provincia y el país haciendo fila en el comedor universitario, compartiendo algún deporte o desarrollando un proyecto de vinculación comunitaria.
Y casi a la par de transitar la formación académica, es así como encarnás los valores del respeto y la construcción colectiva de la democracia; es así como internalizás el valor de la diversidad y la multiculturalidad; es así como -en mi caso- encontrás en la militancia universitaria una herramienta de formación política y, a la vez, un espacio que permite compartir con pares de distintas carreras el sueño y la convicción de querer transformar la realidad.
En definitiva, es así como las características de la universidad pública argentina que ya existían antes de mí y sin ninguna duda, seguirán existiendo después de mí, configuran a este país como una tierra de oportunidades, aún en épocas de crisis; nuestra versión del sueño americano resumida en la frase de "M'hijo el dotor".
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Un país donde la posibilidad de acceder al sistema universitario permite formar a profesionales de extraordinario nivel que trabajan en todos los organismos e instituciones con los que nos vinculamos día a día; que ha formado a quienes llegan a ocupar altos cargos en diferentes ámbitos públicos, así como reconocidos profesionales en el ámbito privado e incluso -a la fecha- 5 Premios Nobel.
Como egresada y profesora de la UNCuyo, puedo afirmar que la universidad pública no sólo me ha permitido canalizar esos cuestionamientos que surgían cuando pensaba en quién quería ser cuando fuera grande. Me permitió desarrollar mi camino profesional a sabiendas de que la formación que recibí ha sido y es puente fundamental en un camino de infinidad de oportunidades. Y sé que como en mí, la Universidad ha sido, es y será un faro de esperanza para que la última parada no sea Ezeiza, sino que sea el 464 que va directo a la UNCuyo.






