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Leila Guerriero íntima: "El periodismo es un lugar con más dudas que certezas"

Leila Guerriero le ha dado un brillo máximo a nuestro periodismo. También a las letras en idioma español

Leila Guerriero le ha dado un brillo máximo a nuestro periodismo . También a las letras en idioma español.

Su periodismo, “no atado todo el tiempo a la coyuntura”, constituye una voz de altura. Trabajada con especial rigor técnico y bagaje intelectual para desempeñarse en las cumbres. Una voz inimitable.

¿Cómo lo hace?

Leila Guerriero escribe como si boxeara. La caracterización, que inaugura Frutos extraños, uno de sus libros consagratorios, le pertenece.

Leila estudia el blanco, prepara el golpe y atiza. Certera. Pero no como una peleadora callejera o desmañada. Su boxeo es el del estilista. Del artista del ring. Cual Nicolino Locche -diríamos los mendocinos-, el campeón chaplinesco. Mal que le pese a ella, que no guarda por Charlot un cariño particular.

Su producción, por fortuna, marcha a buen ritmo. En estos últimos tiempos, entre títulos nuevos y reediciones, han llegado varios libros a las estanterías como las columnas poéticas reunidas en Teoría de la gravedad, La otra guerra-Una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas, su inaugural Los suicidas del fin del mundo o el menos reciente Opus Gelber, retrato del pianista Bruno Gelber.

En todos esos volúmenes, en sus colaboraciones para diversos medios internacionales y en sucesivas entrevistas, Guerriero explica, con minucia, las claves de su labor como escritora y las motivaciones que guarda cada texto.

Este diálogo, por lo tanto, para el programa La Conversación de Radio Nihuil, buscó indagar en otro lado. En la Leila Guerriero más íntima y personal. En sus reverberaciones internas.

Ella lo acomete con la fluidez entusiasta de quien disfruta el hábito de explicarse. Varias de sus respuestas se envuelven en formato de monólogo, que aquí hemos vertido con mínimas intervenciones.

Para aproximarnos, lo más posible, a la versión oral de una voz inimitable.

-Estás en plena producción, Leila. Opus Gelber acababa de salir cuando hablamos anteriormente. Hoy ya hay varios títulos más dando vueltas.

- (Sonríe) En realidad, son reediciones. En el caso de Frutos extraños, es una reedición aumentada, con seis textos nuevos. Se reeditó Los suicidas del fin del mundo, que fue mi primer libro y que, en 2020, cumplió quince años.

-Pero también hay otros que no son reediciones.

-Sigue haciendo su camino Teoría de la gravedad, que es de 2019. Y, ahora sí, es un lanzamiento nuevo La otra guerra, que acaba de publicar Anagrama en su colección Cuadernos. Es un libro sobre de la identificación de los restos de los caídos en el cementerio de Darwin, en Malvinas. Por lo tanto, se juntó todo. Algunos planes se atrasaron por la pandemia. No es que haya escrito todos esos libros en seis meses. ¡Estaría loca!

-Lo que llama la atención, sin embargo, es que libros que ya tienen cierto tiempo, como Frutos extraños o Teoría de la gravedad, siguen teniendo una frescura notable. Es como si acabaran de salir. Y eso es lo que transmiten día a día tus lectores, sobre todo en las redes sociales.

-Si. En el caso de Frutos extraños es una antología de textos y, por eso, uno elige aquellos que no tienen fecha de vencimiento; textos que viajen en el tiempo y que puedan leerse de aquí a cinco, diez años. Ojalá. Y me pone contenta, obviamente, que los libros tienen esa frescura o actualidad, como vos decís. Yo no tengo redes sociales, pero todo el tiempo me llegan comentarios de la gente por otros canales.

-¿Vos tenés alguna participación en la idea de tapa? Pregunto, por ejemplo, en una editorial importante como Alfaguara, que editó tus Frutos extraños.

-Siempre preguntan, por supuesto. La editora de Alfaguara me sugirió cambiar la tapa y no repetir la original. Me pareció una buena idea. Entonces me presenté varias propuestas, todas muy atractivas. Fue difícil. Y me terminé decantando por esa mano un poco negra que levanta un fruto.

-¿Cómo sos en ese sentido, a la hora de elegir?

-No soy una autora complicada. No sé cómo serán los demás. No pido veinte millones de tapas. Trato de bajar un poco a la tierra y me digo que esta gente de la editorial tiene que ocuparse de muchas cosas. No soy yo la única autora.

-O sea, no sos jodida en materia de tapas. Sos jodida en otras cosas.

- (Sonríe) ¡Todos somos jodidos en algo, supongo!

-Es que algunos te tienen miedo. Te suponen una personalidad exigente, brava como editora.

-Sí, qué sé yo. Me parece que hay un punto de calidad que uno busca en el trabajo propio cuando uno escribe y también en el trabajo del otro cuando uno edita. Sí, sí, soy bastante hincha como editora. Pero, en general, la relación con los autores y con las autoras es muy buena.

-Te preguntaba por la tapa porque la primera, la de la edición original, era un poco más naíf. La nueva, la de ahora, con la manzana negra y la mano de dedos negros, parece más un afiche de Cruella de Vil. Con un toque elegante y misterioso. ¿Indica también un cambio de aquella Leila de 2009 respecto de esta Leila modelo 2021?

-No sé si lo leería de esa manera. La otra también me gustaba mucho porque reflejaba un fruto extraño. Era mitad manzana y mitad naranja. Aunque hay algo en la elegancia y cierta oscuridad que tiene esta tapa que refleja el libro; no sé si me refleja a mí. Pero, bueno… sí, digamos que sí, porque el libro soy yo, también (ríe).

-En Frutos extraños hay artículos que te definen en primerísima persona. Por ejemplo, “El no es un peligro vivo” es de 2004. Hoy, diecisiete años después, ¿te seguís sintiendo representada por esas confesiones, que son muy fuertes, sobre vos misma?

-Sí, sí, me reconozco completamente en esos textos. De hecho, si no me reconociera hubiera sugerido quitarlos o cambiarlos por otros. Y respecto de ese texto que mencionás en particular, me siento completamente identificada; ya lo largo de los años te diría que me he ido convenciendo cada vez más de eso. También la cantidad de cosas que le suceden a uno en la vida te confirman que decir no empieza a ser cada vez un poquito más difícil. Decir no a te coloca en un lugar incómodo para el común, digamos, porque la gente no suele decir no tan seguido. Hay como una especie de aceptación. Y creo que mi actitud es como una especie de desobediencia muy radical. Pero como también soy una persona bastante amable, educada… -la educación, para mí, es algo sumamente importante, casi más importante que cualquier otra cosa- entonces morigero un poco estas maneras. Pero sí estoy en una posición de: "No acepto, no voy a bajar la cabeza ante la actitud de la mansa aceptación, del sí manso de la aceptación".

-Dentro de los varios "noes" que vas exponiendo, hay un núcleo duro que conforman tres negaciones. Son un puñado de certezas, tres formas de la fe que no profesás. Una de ellas dice: “No creo en Dios”. Seguís en eso, ¿no?

-Sí, sí, totalmente.

-Otra: “No necesito casarme”.

-Sí, sigo en eso (ríe).

- Y, finalmente: “No quiero hijos”.

-Sí, siempre. Siempre seguí en eso. Desde la infancia, te diría.

-Por otra parte, si bien guardás cierto pudor sobre tu vida privada, vas poniendo, de vez en cuando, a tu compañero en los distintos relatos. Por ejemplo, en Teoría de la gravedad lo nombrás como a “Diego, el hombre con quien vivo”.

-MMM…

-Llama la atención ese tratamiento. No le decís mi amor, ni mi compañero, ni mi pareja… Suena raro.

-El punto es que decir compañero, pareja, podría ser una palabra con la que me sentiría más cómoda. Pero verla escrita suena como alambicado. Como forzado. No sé… no me reconozco mucho escribiéndolo así. Por supuesto, en la vida cotidiana no digo “el hombre con quien vivo”. Por otra parte, la fórmula esa habla también de un concepto: el hombre con quien vivo es como la persona con la que elijo estar cada día. No es alguien con quien estoy obligada a estar. Compartimos un espacio común en paridad de condiciones. Me parece que resume una cantidad de cosas que me interesa decir pues, bueno… de hecho no estamos casados. Al principio, cuando recién empezábamos a salir, le decía “mi chico”. Pero seguirle diciéndole mi chico, después de veintialgo de años de estar juntos, sería raro. Quizás sería cómodo poder decirle, no sé, mi novio.

-Hay otro texto tuyo, bastante tremendo, “Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas”, en que lo decís de otra manera: “Vivo en Buenos Aires desde los dieciocho, comparto casa con Diego hace nueve”. Es más o menos lo mismo. Da la impresión de que te cuesta encontrarle el punto a la relación para definirla.

-Ese texto es de unos tres años antes. Como te decía, no me cuesta definir mi relación para nada. Me cuesta a la hora de llevarlo a la escritura por el hecho de que, cuando uno convoca una palabra en un texto, está convocando un montón de conceptos y cosas sobre ella. A pareja o compañero quizás las veo como palabras un poquito gastadas. Entonces trato de encontrar una fórmula más fresca, más vital; más insolente, menos previsible para definir esa unión.

-En cuanto a la posibilidad de tener hijos es un tema que las parejas siempre tratan. Con Diego están juntos, como dijiste, desde hace varios años. ¿Siempre lo tuvieron en claro?

-Por supuesto. Sería terrible estar al lado de una persona que sí quisiera y yo no, o al revés. Pero, bueno, hay mucha gente a la que le pasa eso y continúan juntos. Es una negociación en la que yo no me he tenido que ver envuelta.

-Tu trayectoria profesional es bastante larga. ¿Cómo te llevás con los elogios? Hablo de los que te dispensa los lectores, pero también los colegas.

-¡Ay, qué sé yo! Se agradecen, por supuesto, los elogios. Pero alguien me dijo una vez algo obvio: si uno cree en lo bueno que le dicen, también tiene que creer en lo malo. Por suerte lo malo no es mucho, pero seguramente existe y debe haber gente para el cual debo resultar completamente insoportable (ríe). Entonces, hay momentos en que ciertos comentarios, ciertas frases, ciertas lecturas sobre algunos textos que uno escribe te envalentonan de alguna manera; incluso en momentos en los que uno no está muy conectado con la escritura, algo que a todo el mundo le pasa. Como que te refrescan. Te vivifican. Te hacen volver a un eje. Es súper grato. Pero también trato de tener el ego un poco controlado. Un poco bastante. Y no estar necesitando de eso todo el tiempo porque, ¿qué pasa si pasa mucho tiempo sin que eso venga? Por lo tanto, creo que hay que mantenerse lo más prescindente posible, siempre dentro de los límites humanos. Prescindir del todo no es posible pues, si uno escribe y publica, es porque espera que algún efecto tenga. Sería tristísimo que no pasara nada.

-Te mencionarba esto de los elogios porque, a medida en que uno sigue el día a día de distintos escritos, me sorprenden dos mujeres por la cantidad de elogios -muy justificados- que reciben. Una sos vos. Otra es Irene Vallejo, la autora de El infinito en un junco.

-¡Si! Es insólito, ¿no? ¡Qué bien que ocurrió eso con un libro tan extraño!

-El aluvión de piropos que cae sobre Guerriero y Vallejo no cesa. Entonces uno se pregunta si el fenómeno, dentro de todo lo bueno, no termina resultando una carga.

-No no. Una carga uno. A veces hay cosas interesantes. La vez pasada me escribió una persona diciendo algo así como que yo le había cambiado la vida; le había salvado la vida de alguna manera. ¡Guau! Hay, también, lectores -no muchos- que me escriben desde hace años. Y a algunos, por lo que dicen, leer algunos textos les ha sido revelador, ha pulsado algo en sus vidas. Por lo tanto, no es una carga. Quizá, responsabilidad. Pero no bajo la forma de tener que seguir correspondiendo sobre eso. Yo me desprendo rápidamente porque, si no, empezaría a escribir para la tribuna. Con lo cual me transformaría en una especie de monigote. Quizás hay algo genuino en lo que uno escribe; una tonalidad encendida, pero, en cierta forma, modesta; carente del ímpetu de querer imponerle ese punto de vista a toda la humanidad; como una duda, siempre, de fondo. Y capaz eso engancha con el periodismo, que es un lugar con más dudas que certezas, ¿no? Por eso cultivo esa voz con cierta incertidumbre.

-Sin embargo, hay algunas certezas personales que te siguen acompañando a través de los años. Por ejemplo, ¿te sigue sin gustar Carlitos Chaplin?

-¡Ay, sí! Pero eso no es bueno. Porque, cuantas más cosas le gusten ver o hacer a uno en la vida, más disfrute podría tener. Yo no estoy orgullosa de que él no me guste. Pero no lo logro. No lo logro.

-Siendo periodista de toda la vida, a partir de aquella chica apasionada por las letras de Junín que por fin logra enganchar en Página / 12, según contás, ¿por qué no estás en las redes? Es difícil imaginar hoy el periodismo fuera de ellas.

-Pero conozco a otros periodistas que no tienen redes, ¿eh? O a gente que se dedica más a la escritura de ficción como Martín Kohan, Rodrigo Fresán o Juan Gabriel Vásquez. Y conozco también a otros autores que las tienen y no les dan ni cinco de bolilla.

-Te decía, en cuanto al periodismo, porque buena parte de la información hoy fluye, va y viene por ahí. Por ejemplo, vos no participás en Twitter, pero hay una cuenta hecha en tu homenaje (@ leilaguerriero2). No sé si vos la mirás.

-No la miro. Sé que existe. Pero me parece bonito, ¿no?

-Volviendo a Frutos extraños, el libro se inicia con un artículo, “Mi diablo”, cuya primera línea dice: “Escribo como si boxeara”. Una piña al mentón, así, de entrada. Luego hay un extenso catálogo sobre tu formación intelectual. Si uno se lo hiciera leer, como ejemplo, como guía, a un novel estudiante de periodismo, podría quedar abrumado, intimidado. ¿O no?

-No. La verdad es que no. Ese es un mundo de mucho alimento cultural, intelectual, donde, por supuesto, faltan muchísimas cosas como, ponele, el Pro Música de Rosario que íbamos a ver con mi vieja cuando yo era muy chica. Tuve la suerte de vivir y de crecer en una familia que era muy estimulante en ese sentido. Quizás por las mías hubiera llegado a todos esos lugares, a consumir esas cosas de todas maneras. Pensá que yo me mudé a Buenos Aires en un momento muy oscuro; oscuro en el sentido de que era una noche muy profunda en la ciudad, en los años setenta. Era pesado pesado. Era hermoso, porque era la primavera democrática, pero pasaban muchas cosas todo el tiempo. ¡Pero muchas cosas, de verdad! Muchas más cosas que ahora. Era un mundo subterráneo bastante peligroso en el que te podías enganchar en cualquier cosa, en cualquier momento. Era todo muy precario y promiscuo. Pero yo ya venía munida de una enorme cantidad de equipamiento teatral, cinematográfico, etcétera. Y si uno aspira a escribir es porque tiene un mundo interno más o menos nutrido. Es muy difícil que una persona que no tenga experiencia, que no haya vivido, que no tenga… ¡eso!, Como una vida viva, quiera escribir o pintar o esculpir o bailar. La expresión también es producto de un mundo interno que uno tiene. No quiero decir con esto que una persona tenga que hacer todas esas cosas que yo hice ni tener esos padres ni cuestiones por el estilo. Pero sí me parece que la curiosidad es fundamental. Y es lo que te terminará llevando a esos lugares, antes o después. Yo conozco gente que no ha tenido una infancia o una adolescencia tan llena de libros, de música, y que de todas maneras se ha dedicado a algo creativo. Uno nunca sabe de dónde nacen el talento, la vocación y todo eso. Es como un misterio, ¿no?

-Pero, en definitiva, ¿para qué sirve el catálogo de tus cosas en ese texto?

-No creo, tampoco, que siguiendo el caminito de todo eso que está allí en ese texto alguien pueda decir “ya está, ya estoy, ya tengo”. Son disparadores de cierto entusiasmo, de una forma de mirar el mundo, de estar en el mundo. Puede que no tengas mucho de todo eso. Pero si no tenés nada de nada de nada que equivalga a algo de todo eso y… es un poco difícil sentarte en tu sofá y decir “bueno, ahora voy a escribir y va a salir una cosa increíble”. ¿De dónde sacás la nutrición, de dónde sacás el impulso?

-Lo que pasa es que vos hablás de una manera de estar el mundo, pero venís de una época en la que todo era menos atosigante, más lento. Venís de Junín, un pueblo del interior. Vos misma reconocés que sos una persona lenta para producir, para leer. Y hoy la realidad es puro vértigo. Por eso resulta difícil esperar que un pibe, rodeado de pantallas, ponga el traste en la silla y se dedique a leer pacientemente. ¿Cómo hacer para que los dos mundos conecten?

-No creo que se trate de conectar los dos mundos. Tanto cuando yo era chica, como ahora, la cantidad de gente que va a un colegio y que quiere ser escritora sigue siendo mínima. La cantidad de gente que leía muchísimos libros o que iba a todos esos lugares en mi época era mínima. El 99% de mis compañeros no hacía nada de todo eso. Y no era porque el mundo era rápido. Era por una falta de interés.

-No es una cuestión de lentitud, decís. ¿Entonces?

-Siempre se habla de fomentar la lectura y qué sé yo. Por más que la fomentes, los lectores musculosos, la gente que va a tener una biblioteca grande con mil, dos mil, tres mil o cuatro mil libros en su casa siempre va a ser poca. Yo conozco a mucha gente joven que lee muchísimo y lee libros científicos. Te diría que es la gran sorpresa de las editoriales. Anunciaban la muerte del libro físico y el libro electrónico quedó ahí, estancadísimo, y no se mueve.

-Claro. Nos lo decía Jorge Carrión hace poco. Para él uno de los mejores frutos de la pandemia fue que en Barcelona se empezado a abrir librerías en vez de cerrarlas.

-Si. Totalmente. Entonces creo que esa rapidez no se puede extrapolar a todos los mundos posibles. Hay mundos que funcionan rápido, también. Pero ese interés voraz por la lectura, por el artefacto cultural, etcétera, y la escritura en particular, siempre han sido una cosa medio desencajada, corrida de lugar. No es algo masivo.

-Volviendo a “Mi diablo”, mencionás, con nombre y apellido, a varios escritores que fueron referentes fundamentales en tu desarrollo intelectual. Pero hay alguien que te resultó, temprano, muy importante, un maestro: el señor Equis. ¿Por qué señor Equis? ¿Por qué no le das nombre también?

-Porque yo resguardo mucho lo que cuento y lo que no cuento. No tengo ningún interés en que se sepa quién es este señor porque, al contar, tengo siempre claro cuál es el límite de mi privacidad. Él es como un emblema de cosas que pasaron, de alguien que fue como un formador. Pero también como un tipo que podría, de alguna forma, haber hecho algún daño.

-Sí, se nota…

-Existió, por supuesto. Pero creo que mucha gente tuvo a una persona así en su vida. Entonces me interesaba más fundirlo… Es como el cuento de Lorrie Moore, “Balbuceo canónico”, en donde hay un bebé que tiene cáncer y lo llama todo el tiempo “el bebé”. No le dice pochoclito, no le dice Bernie, no le dice Mimi. Le dice el bebé. Y el bebé es como la condensación de todos los bebés. Bueno, el señor Equis es la condensación de todo eso que puede pasarte en un momento determinante de tu vida.

-Wikipedia te define como escritora, periodista y editora argentina. Pero le falta algo. Sobre todo, después de leer Teoría de la gravedad también te pondría como poeta. Lo dice, de alguna manera, Pedro Mairal en el prólogo. La poesía se te cruza permanentemente en los textos. ¿Te sentís poeta?

-No, no, para nada. Puedo tener un registro poético para escribir algunas cosas, pero no diría de mí que soy poeta. Leo mucha poesía. Alguna vez leí algo de Rodrigo Fresán en donde decía que los poetas son como escritores cableados de manera diferente. Fresán es como un genio para encontrar esos símiles.

-Aparte, al poeta no se lo llama escritor. Están los escritores por un lado y los poetas por otro.

-Es raro, ¿viste? Muy raro. Porque el poeta es una persona que escribe. Pero no me siento así. Hay en algunos textos una intención más lírica. Como decís, siempre estoy citando poemas de otros. Hay un trabajo con el lenguaje. ¡Pero jamás se me ocurriría escribir un poema! No. Por ahora (ríe).

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