Trabajar con infancias y adolescencias siempre es un desafío, pero trabajar con infancias y adolescencias vulneradas y estigmatizadas lo es aún más. Sobre todo, porque esas historias están atravesadas por el contexto social y por trayectorias de vida ligadas a la falta de cuidados por parte de adultos de su entorno cercano. Esta situación se complejiza cuando parte de la sociedad, ajena a sus problemáticas, los estigmatiza. Y hacen de su realidad una otredad con determinadas características: “menor”, “peligroso”, “excluido”.
Infancias y adolescencias vulneradas: El desafío de construir familias como un espacio seguro
Gobernar en la actualidad implica un gran desafío para sensibilizar e involucrar a la sociedad en la responsabilidad que tenemos todos de proteger a las infancias y adolescencias
En este sentido, el contexto actual influenciado por la precariedad económica, el debilitamiento de los vínculos y el crecimiento de los niveles de violencia influyen en la crisis social. Y esto no es ajeno a los sistemas de cuidado. Este tiempo, nuestro tiempo, persigue la satisfacción individual inmediata, donde los lazos sociales e institucionales se debilitan, las personas se alejan de lo colectivo, de lo tradicional y el debilitamiento de las figuras adultas como referentes es notorio. Pero si nos enfocamos en las violencias, esto se vuelve aún más compleja cuando los adultos no pueden ejercer su rol como figuras de cuidado y protección y ponen en riesgo a infancias y adolescencias. Con ello la imagen de los adultos como referencia del cuidado y protección se pone en crisis, se desvanece, o permanece ausente.
Hoy el Estado tiene bajo su cuidado más de 900 niños, niñas y adolescentes en Hogares, ahora llamadas Residencias Alternativas. Todos ellos, luego de una evaluación minuciosa han sido separados de su familia de origen, nuclear o de sus referentes afectivos y/o comunitarios. Dicha medida se toma teniendo en cuenta el interés superior entendiéndolo como el mayor beneficio para el niño, niña o adolescente. Aquí el Estado tiene que proteger y restituir derechos y determina que su lugar primario de cuidado, la familia, dejó de ser un espacio seguro. Esto rompe con el ideal respecto de lo que se espera de una familia, y también de lo que se espera de las mujeres como figuras de cuidados ya que todavía persiste en el imaginario social esa idea del instinto maternal. Es momento de desnaturalizar la feminización de los cuidados y de responsabilizar de ello también a los varones. El cuidado es indispensable para la vida y esta tarea, sin embargo, ha recaído históricamente sobre las mujeres.
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Las violencias que afectan a niños, niñas y adolescentes están ejercidas por adultos que tienen la responsabilidad de cuidar. Y en este sentido también es una vulneración la omisión de cuidar y velar por sus derechos, mirando a un costado cuando se vulnera su integridad, su identidad y su dignidad. La violencia psicológica y física severa sigue siendo en la actualidad un método de crianza. En este sentido no podemos desconocer las relaciones de poder que ejercen los adultos sobre las infancias y adolescencias. Este paradigma tan antiguo y tan vigente como es el adultocentrismo. Pese a que han transcurrido ya 19 años de la implementación de la Ley Nº 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes; se sigue ejerciendo el paradigma tutelar y de patronato que consideraba al niño como un objeto. Y en este sentido, hoy seguimos escuchando en los medios de comunicación y en diversas instituciones la denominación de “menor”. El cambio de paradigma promueve reconocerlos como titulares de derechos respetando su progresividad y su autonomía. No obstante, los adultos siguen disponiendo de las opiniones, cuerpos y voluntades de niños, niñas y adolescentes.
Del total de infancias y adolescencias que se encuentran bajo la órbita de Cuidados Alternativos, 287 tienen la tramitación de la Declaración de Adoptabilidad y 170 con sentencia judicial firme. En tanto en el Registro de Adopciones hay 379 inscriptos y legajos en trámite. Aquí aparece para ellos la posibilidad de ejercer el derecho que tienen de vivir en una familia. de ser cuidados por otras personas. Pero no en cualquier familia, sino en una que sea segura y libre de violencias. No obstante, existe en la actualidad una realidad que nos conmueve y nos preocupa. Del total de niños, niñas y adolescentes adoptados, casi el 20 % reingresó nuevamente a una residencia alternativa.
Volvemos a mencionar el debilitamiento de las figuras de cuidado y la primacía de la individualidad. Existe una distancia abismal entre el proyecto familiar de los pretensos adoptantes con la realidad efectiva de cada niño, niña y/o adolescente. Es imprescindible sensibilizar para promover procesos respetuosos de cuidados, centrado en “buscar una familia para niñas, niños y adolescentes y no un niño para una familia”, incentivando cuidados responsables en donde prevalezca el interés superior.
Desde nuestro lugar seguiremos propiciando el trabajo en equipo sostenido en la ternura y el amor como principios rectores. No pretendemos romantizar los conceptos, pero si como dice la politóloga Florencia Freijo entendemos que “La ternura y el amor son variables desde donde se deben sustentar las condiciones de todos nuestros vínculos políticos”.
Gobernar con amor no es ser ni débil ni amorosa ante las injusticias; por el contrario, es ser indeclinable y radical ante la menor falta de respeto al derecho a la vida. Gobernar en la actualidad implica un gran desafío para sensibilizar e involucrar a la sociedad en la responsabilidad que tenemos todos de proteger a las infancias y adolescencias.
Ellos serán los adultos del futuro, pero necesitan ahora de nuestro cuidado.
*La autora es Subsecretaria de Infancias, Adolescencias y Juventudes del Gobierno de Mendoza



