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Aquella Isabel: "Y al que no le guste que se largue del país"

La expresidenta Isabel Perón, en cuya gestión se produjeron hechos terribles de la historia argentina, ha cumplido 90 años. Nunca tuvo temple ni carácter político: Una vida signada por Perón y López Rega

Muy pocos se acuerdan de María Isabel Martínez, ex presidenta argentina y viuda de Juan Domingo Perón. Sin embargo, "La Señora", como la mencionaban durante su trágico mandato a falta de títulos profesionales, ha cumplido 90 años. Está recluida en un barrio privado a 30 kilómetros de Madrid.

Inesperada, sombría, ingenua, inexperta en política, pero también empecinada y estoica en la adversidad, los libros de historia suelen caer en la palabra "inoperante" para calificar su rol como mandataria tras la muerte de Perón el 1 de julio de 1974 y hasta el 24 de marzo de 1976 en que fue derrocada por la última dictadura militar.

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Esta mujer del interior, última hija de un matrimonio con seis vástagos nacidos en La Rioja, salió de su provincia cuando tenía 20 años tras conocer al coreógrafo cubano Joe Herald quien actuaba en sitios de diversión nocturna con su grupo de bailes. De magra instrucción formal, Isabel había desarrollado sin embargo, desde niña, el gusto por las danzas.

A fines de 1955 conoció a Perón, ya exiliado. Unos dicen que en Panamá, otros que en el cabaret Passapoga de Caracas. A partir de allí su relación con el entonces desterrado se convertiría en su escuela de vida.

Isabel en Mendoza

En 1966 este articulista era un preadolescente en Palmira, pero aún recuerda cómo los diarios y las radios hablaban y graficaban la visita de Isabel Martínez de Perón a Mendoza. Retiene la imagen impresa de Isabel, todo el tiempo con guardaespaldas. Era abril de 1966, Isabel era la delegada personal de Perón en la Argentina, cargo que la había traído al país durante ocho meses. Su estada en Mendoza fue para hacer campaña a favor de una de las dos listas con las que el peronismo se presentó a las elecciones de gobernador. En su caso, la que encabezaba el justicialista ortodoxo Ernesto Corvalán Nanclares. La otra, que lideraba el vandorista Alberto Serú García, era la de "los traidores", los que proponían el "peronismo sin Perón".

Esa división del peronismo mendocino permitió el triunfo del candidato demócrata Emilio Jofré, quien se vio impedido de asumir como gobernador porque otra sublevación militar -la que encabezó Juan Carlos Onganía- cayó sobre la Argentina el 28 de junio de 1966.

El brujo

En ese periplo por Argentina Isabel conoció en Buenos Aires al hombre que ejercería sobre ella tanta influencia como Perón, aunque por motivos distintos. Era José López Rega, un ex policía que predicaba el espiritismo y otras minucias vinculadas al ocultismo. "Lopecito" como le llamaría luego Perón, impactó a la tercera esposa de Perón. Isabel lo convenció para que se fuera con ella a España para ejercer como secretario privado todo terreno de Perón y maestro ocultista de ella.

Quienes vivieron y padecieron aquellos años de su presidencia difícilmente puedan olvidar tanto horror. Todo era desborde, locura, desatino, sangre, muerte. Las grupos terroristas del ERP y de Montoneros, por un lado; y las bandas parapoliciales alentadas desde el propio Estado, primero por Perón y luego por la dupla Isabel y López Rega, habían convertido al país en un infierno.

En medio de ese caos, Isabel solía salir al balcón de la Rosada para (en lugar de llamar a la concordia) dejarse llevar por la torpeza y espetarnos a todos frases como: "Y al que no le guste esto, que se largue del país". En cada una de esas apariciones veíamos, implacable, la figura de López Rega como repasando el libreto que él le había indicado.

Esos cinco años

La dictadura tuvo cinco años detenida a Isabel, primero en El Messidor, residencia oficial de Neuquén. Después, fue alojada en un cuartel militar de Azul; y por último con prisión domiciliaria en la quinta de San Vicente propiedad de Perón. Hay que admitir que se la bancó con más carácter del esperado. Liberada por los dictadores, volvió a España, país en el que se quedó a vivir, ya desligada de la política.

Con el retorno de la democracia, volvió al país especialmente invitada a la asunción presidencial de Raúl Alfonsín, quien le dio un trato preferente. Se la veía serena. Pronto volvió a la tranquilidad ibérica donde todavía se resguarda y apaga velas.

Nunca fue un animal político. Fue una mujer común que la vida llevó a tener un poder que nunca supo usar pero cuyos desatinos ayudaron a que los´70 fueran una pesadilla.