Por Fernando G. [email protected]
Una estela de fuego se eleva por detrás del escenario, desgajando el cielo negro de la noche mendocina. Resulta imposible no sentir ese grito visual que parte en dos la oscuridad. Es uno de los fuegos artificiales que salen desde la falda del cerro, tras el escenario del Frank Romero Day. El fogonazo estira su destello hacia lo alto y luego explota, dispersando pavesas que el aire consume rápidamente para dejar, otra vez, el telón oscuro ante los ojos, como si nada hubiera pasado.
La mejor analogía para el espectáculo vendimial de este año, Sinfonía iluminada de gloria, estuvo ante nuestros ojos justo antes de que el show diera comienzo. Un fuego de artificio que destella y se dispersa en chispas sueltas, para apagarse rápido sin que otra cosa más que el estallido quede tras su paso. Eso fue la fiesta dirigida por Alejandro Grigor, en su segunda incursión en la tarea de conseguir una puesta escénica que esté a la altura del prestigio de la Fiesta de la Vendimia.
Un fuego de artificio, sí. Para proponer un análisis de la fiesta basta con ceñirse a esa comparación. Pensemos por un instante en el poder estremecedor de la explosión de un fuego de artificio y tendremos, así, lo más notable y poderoso que ofreció el espectáculo: el sonido. En los términos artísticos del espectáculo: la música.
Pensemos luego en la fascinación que los destellos pirotécnicos provocan con su juego de luces, sus magníficos colores, y en cuán rápido se apagan. Allí tendremos entonces otro de los ingredientes de esta fiesta: la búsqueda por impresionar con el resplandor visual, proporcionado casi siempre por un artilugio tecnológico (vimos en escena uno de los más sorprendentes efectos especiales que hayan pasado por el lugar).
Por último, veamos cuán pronto el fuego de artificio declina en su magia antes de que podamos apresar de él otra cosa que el fogonazo. Veamos que, pronto, antes de que haya otra cosa más que una explosión, esta desaparece en pedazos dispersos e imposibles de unir. Y allí veremos, también, cómo Sinfonía iluminada de gloria fue una consecución de chispas (algunas más brillantes, otras no tanto), que caían para apagarse mucho más rápidamente de lo que habían iluminado el escenario, separadas y abandonadas a la oscura extinción de su soledad.
En escenaUn buen problema surge al intentar ofrecer una sinopsis argumental del espectáculo estrenado el sábado, y con repeticiones ayer, hoy y mañana. El guion del propio Alejandro Grigor y de Celia Sáez no sólo fue un verdadero compilado de frases hechas, sino que ninguno de sus versos pudo hacer algo por conseguir un texto con unidad, con relato, con algo que justifique que esto se considere un espectáculo y no apenas una secuencia de palabras sueltas.
En esa disgregación bien puede hallarse una clave del desatino general de la propuesta escénica. Y es que la fiesta tuvo como eje un más aspirado que conseguido intento de homenaje a José de San Martín, pero ese concepto se vio dinamitado por cuadros y escenas ajenas a tal homenaje, por un guion que bien podría haber dicho una frase o la otra, por narradores que podrían haber sido tales o cuales, sin que importase mucho al fin. Y cuando el propio San Martín se hacía presente, no importaba si era con videoclips emitidos por una pantalla posterior o por las interpretaciones a cargo del actor Martín Neglia: la aparición del prócer resultaba ajena, insólita, casi perteneciente a cualquier otra fiesta.
Y es que, a decir verdad, es como si a Grigor la cuestión argumental pareciera sobrarle, cuando no molestarle. Si tenemos en cuenta esta y su puesta anterior (Te miro… Vendimia de colores, 2012), lo único que cree que vale ofrecer es una pura sucesión de cuadros coreográficos, en los que precisamente la música y el baile intenten armar el todo.
Si bien la idea ha rendido sus frutos en otras ocasiones, no es este (ni lo fue en 2012) el caso. Y ello no tiene que ver con la belleza o falta de la misma de algunos cuadros. Tampoco, por supuesto, de la música, y menos en este caso, cuando hablamos de una de las mejores propuestas musicales de las que ha tenido la fiesta, lo cual es mucho para el rubro que siempre brilla en la Vendimia.
Lo que hace que una fiesta como Sinfonía iluminada de gloria carezca de importancia artística es la falta de coherencia estética. El desfile de cuadros como única apuesta escénica requiere que todo funcione a la perfección y todo esté llevado de la mano, ya que no de una historia sí de una unidad de algún tipo, pues si no estamos ante un rejunte de opciones arrojadas como un baúl de trastos sobre las tablas del Frank Romero Day.
Y en este caso, el único estilo fue la falta de estilo. La suma de elementos sobre el escenario resultó la única construcción artística posible, con el caos y la informidad como resultado.
Por todo ello daba lo mismo, por ejemplo, que las pantallas ofrecieran hermosas imágenes dignas de un videoclip –a cargo de Sergio Sánchez–, o que el efecto de la pantalla de agua sobre la que se proyectaban otras hermosas imágenes consiguiera momentos de impacto y de belleza. Tampoco importaba demasiado que el solista en algunos casos fuera el mismísimo Hernán Piquín, cumpliendo su labor con maestría, aunque su presencia no fuera, lo que se dice, imprescindible.
Si todo ello no importaba es, justamente, porque Grigor no quiso, al parecer, otra cosa que impresionar con los mismos recursos de un petardo o una cañita voladora. O sea, encandilar y aturdir.
Esa decisión –si es que lo fue y no simplemente se hizo lo que se pudo– conlleva un riesgo que en este caso no ha sido sorteado. Porque sin una posición estética tomada, sin un intento por hacer de este espectáculo algo así como una “obra”, lo que sucede es que al no haber un todo que funcione como unificador, las partes se hunden en la confusión.
Así, entre los cuadros más notables, además de la apertura con esa pantalla de agua sobre la que se proyectaban hermosas imágenes, pueden contarse los del solo tanguero de Piquín –un “accidente técnico” impidió que lo hiciera tal como se había planeado–, el cuadro salsero con la música India morena y el momento en que se trajo a San Martín con la simulación de un friso escultórico sobre la escena.
El resto fue divagante en lo escénico, obvio en lo coreográfico y, cuando hubo ocasión, demagógico en la mayoría de los textos recitados. Ese “viva la Patria” con el que se arengó al público, con previsible éxito, es un buen ejemplo de esto último.
En los oídosHay algo al menos por lo que esta fiesta de 2014 vale la pena, y es por la música. No en vano, en un gesto de lucidez, Grigor eligió que quien relatara en off ese intento de relato que fue su fiesta fuera la voz de la música. Y ciertamente los arreglos, las composiciones originales y la interpretación en vivo (todo dirigido por Paíto Figueroa) son ese tipo de logros artísticos que a veces sirven para paliar otros desatinos.
Si por algo Sinfonía iluminada de gloria puede guardarse en algún rincón de los recuerdos es por ese altísimo logro musical. Lo demás, en cambio, ya no está guardado. Fue un relámpago, algo que sonó y se esfumó, un fuego de artificio.

