Luciana Moránlumoran@diariouno.net.ar
Recordado como el Buen Pastor de Cuyo, se ocupó de la educación de la comunidad. “Reza y trabaja” fue su lema. Está en proceso de beatificación.
Trabajó por los obreros y los pobres
Nació en Buenos Aires. Sus padres eran italianos y tenía cuatro hermanos. Tres de ellos fallecieron jóvenes.
José Américo Orzali pasó la mayor parte de su vida en Cuyo, donde fue obispo. Actualmente el Vaticano analiza los documentos aportados para su proceso de beatificación. Ya superó la primera etapa, por lo que fue declarado“Siervo de Dios”. Se ordenó sacerdote a los 22 años (1885) en Roma, cuando era secretario del internuncio Monseñor Mattera, que atendía Uruguay y Argentina.
Luego fue párroco de tres iglesias, todas en Buenos Aires. Las acciones en las que relució su espíritu de trabajo y servicio fueron las que desplegó en la parroquia de Santa Lucía, en Barracas (ver aparte), destinadas a alfabetización y contención de los obreros y los pobres. Para ello también fundó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora del Rosario, que llevó hasta San Juan y Mendoza (1932). En nuestra provincia trabajaron en el entonces asilo donde hoy está la casa de retiro Monseñor Orzali, en el Parque General San Martín. En aquel lugar funcionaba un hogar para los niños que tenían a sus padres en la cárcel. La rotonda que está en frente de la casa de retiro también se llama Orzali, al igual que la calle que nace en Avenida del Libertador y llega hasta la rotonda de acceso a la UNCuyo.
“Al cambiar la legislación de familia, la corriente se inclinó a que el chico no fuese separado de su familia, por eso el asilo se fue diluyendo, porque a lo último eran muy pocos los niños, y la institución, que recibía subsidios, ya no se podía mantener (...) Entonces las hermanas se volcaron exclusivamente a la docencia”, explicó la historiadora Ana Castro.
Pobre, trabajador y organizado Monseñor Orzali fue nombrado obispo de San Juan de Cuyo (diócesis que incluía a Mendoza, San Juan, San Luis y Neuquén) en 1912, y se mantuvo en el cargo hasta 1934.Su lema episcopal –es decir, el indicador de su ideal o programa de vida– fue “Ora et labora” (reza y trabaja). Quienes lo conocieron –de acuerdo con los testimonios recopilados por Castro– aseguraron que Orzali cumplió al pie de la letra con este enunciado y que una de sus frases preferidas era: “La palabra cansancio no tiene que existir en el vocabulario de un obispo”. Cuentan que, de párroco, Orzali se levantaba a las 5 de la mañana a “plumerear” los bancos de la iglesia. “Era muy desprendido de todo, siempre vivió humildemente y se mantenía muy pulcro y arreglado, aunque no lujoso. Si alguien le regalaba algo, él lo llevaba a alguna parroquia pobre. Su ropa y su vajilla se usaban hasta el final”, dijeron quienes lo conocieron. “Al obispo no se le da el vuelto”, era la frase con la que Orzali despedía a los cocheros luego de pagarles el viaje.
Su labor como obispoOrzali fue muy activo en su rol. Se preocupó por que en cada iglesia hubiese una biblioteca, fue un gran organizador del funcionamiento de la Diócesis en lo administrativo, reorganizó el seminario e instó a los curas en que preparasen “con seriedad sus pláticas dominicales”, remarcando que fueran de “9 minutos”, porque más extensas “nadie las quiere”. Le preocupaba la catequesis, era recordado como el Buen pastor de Cuyo y como el Obispo misionero. Solía visitar las cárceles y convocaba a niños y familias sin techo para alfabetizarlos.
En una visita “ad limina” al Papa, se entrevistó en París con Josefa Balcarce, nieta de San Martín. Luego ella donó dinero para la construcción de un pabellón en la antigua Escuela Práctica de Mujeres, en Capital.
Al final de su obispado, logró que se crearan diez diócesis, entre ellas las de San Luis y la de Mendoza. Él quedó como arzobispo de San Juan, y en ese cargo se desempeñó hasta su muerte, en 1939, a causa de un ACV. Su tumba se encuentra en la catedral sanjuanina desde 1984.