El hombre carga la carretilla hasta el borde, y más. Es tierra que alguna vez fue barro. Cañas. Algo de hormigón. Mugre. El hombre apunta la proa hacia el horizonte, hacia la vereda... y encara. Firme va, apurando el paso. Ya casi en carrera, trepa el tablón que lo lleva a la caja playa del Dodge 600. Vuelca la carretilla. El hombre, la carretilla y hasta el camión desaparecen en una nube de polvo. Pero el polvo ya no es polvo. Ya no es tierra, ni barro ni cañas ni hormigón. Tampoco es mugre. Ahora son tres besos olvidados. Un brazo tímido, por sobre el hombro de la muchacha. Maní con chocolate. La linterna del acomodador. Los silbidos para que empiece. Luis Sandrini. Los balazos de Gary Cooper. The End.
En la primera cuadra de la calle 25 de Mayo, casi frente a la Municipalidad de San Martín, el pasado se está yendo y esta vez es para siempre. Están demoliendo el cine Monumental.
Los más jóvenes no sabrán de qué sitio se trataba. Para ellos es el Cinerama, el boliche que funcionó hasta hace unos cinco o seis años.
No lo tirarán completo. Lo que caerá (ya ha caído) es el techo. Era de caña y barro y ya había cedido en algunas partes, pese a que las cabreadas de hierro se mantienen firmes, intactas. También había un serio problema con las salidas de emergencia. La construcción de un edificio sobre el lateral sur del cine había anulado las salidas que allí había. El progreso ya había encerrado al Monumental.
"No vamos a tocar la estructura ni nada de la construcción original. Se seguirá viendo la sala como era antes, con esos dos frentes falsos, una de estilo árabe y la otra española, que adornaban el lugar", dice Carlos, el joven que representa a los que se harán cargo del enorme local y en donde "volverá a funcionar un boliche", dice. Todavía están allí los proyectores, ya como parte del decorado.
Parece cierto lo que dice. Parece que se está demoliendo sólo lo que ya era irrecuperable. Los escalones del pullman, majestuoso allá arriba y casi tanto como la sala de proyección, se hunden con el peso del fotógrafo que sube a buscar la mejor toma.
Sebastián, uno de los obreros sucios de tierra, quiere sonreír para salir en la foto. Pero alguien no quiere que sonría. Los trabajadores no deben sonreír como Clark Gable. No es creíble. El trabajador debe tener cara de sufrido, de esforzado, de pobre tipo. La sonrisa no encaja para ese papel. Entonces, Sebastián ya no sonríe y sigue sacando mugre.
"Mi padre se sentaba siempre en el mismo lugar. Allí, detrás de la baranda de madera", dice Laura Profili. Y así, de pronto, se ahoga en llanto.
"Discúlpeme, no quise ponerla mal", dice este periodista.
"No se preocupe, es que el recuerdo me agarró de sorpresa. Ya se me va a pasar", responde la mujer.
Laura tiene los mismos años que el cine Monumental. "Mi padre lo inauguró en 1950, cuando mi mamá estaba embarazada de mí", cuenta.
Laura tiene un apellido sanmartiniano ilustre. Es sobrina de Luis Profili, el autor de Zamba de mi esperanza.
Quizá, después del Himno Nacional, sea la melodía y la letra más famosa en la historia argentina.
"Mi papá, Vicente, era hermano de Luis", relata.
Otro Luis, Luis Sandrini, vino a la inauguración del cine Monumental.
"Todavía tengo la foto de Sandrini y mi padre en la entrada del cine", afirma Laura. No recuerda cuál fue la película que se proyectó ese día, pero muy posiblemente haya sido El seductor o La culpa la tuvo el otro, dos de los filmes que se estrenaron ese año y que lo tuvieron a Sandrini como protagonista.
"Funcionó como cine hasta los años '80 y tanto, no lo recuerdo exactamente. Después estuvo muchos años cerrado y para 2001, más o menos, se reabrió como Cinerama. Pero ya siendo boliche. Así funcionó hasta 2010, cuando se cerró definitivamente", indica Laura.
La sala se usó para muchos fines.
Desde espectáculos artísticos hasta actos políticos, pasando por sala de pago para pensiones y jubilaciones. Laura Profili recuerda que cuando el cine dejó de serlo, se donaron las butacas al Colegio Nacional y fueron colocadas en el salón de actos, donde todavía permanecen. Un particular compró el piso de madera y también lo hizo colocar en el colegio.
"Me acuerdo que con mi hermana Margarita sacamos los telones. Fue muy triste. Pero para nosotros el cine ya era un elefante blanco, imposible de remontar", sostiene.
En algún momento la Municipalidad de San Martín se interesó por el lugar y pidió cotización, "pero nunca hicieron una oferta real y no se pudo llegar a ningún acuerdo".
El trabajo de demolición, que los responsables prefieren calificar de una primera etapa de restauración, ha conmovido a la ciudad.
No hay nadie con más de 35 años, que no tenga su historia de vida atada al Monumental. Las matinés de los domingos, con dos películas, es lo que más se añora.
Cuando un cine cierra, algo muere. Cuando un cine se derrumba, el recuerdo amenaza con desaparecer.
El hombre vuelve a cargar la carretilla. Otra vez la llena de tierra, cañas, escombros. Pero es una farsa. La vida no existe. Sólo las películas son reales. The End.