Por Pablo Abeleira
Dos de los 88 extranjeros presos en Mendoza cuentan cómo llegaron y cómo pasan sus días en el penal. Sus problemas con el idioma y la tuta de la cocaína que no pudieron hacer llegar a destino.
Sin escalas: de Lituania y Polonia a la cárcel de Boulogne Sur Mer
De Mendoza sólo sabían que el aeropuerto Francisco Gabrielli era una parada más dentro de un circuito compuesto por Buenos Aires, Santiago de Chile y Bruselas. Ese era el derrotero que el polaco Ryszard Dabrowski (27) y el lituano Vladas Kazlauskas (52) debían completar para entregar varios kilos de cocaína. El primero fue capturado hace 6 meses y quedó alojado en Boulogne Sur Mer. El segundo corrió la misma suerte un mes más tarde.
Hoy pagan culpas a miles de kilómetros de sus países, situación que viven otros 86 extranjeros presos aquí. Desconocían que Chile deporta a presos extranjeros (como hizo con 20 mendocinos días atrás) y estarían conformes si Argentina hiciera lo mismo con ellos.
Primera y última vez
En un billar de la ciudad de Vroclavia, en Polonia, un grupo de jóvenes juega una partida de pool. En la mesa de al lado, dos hombres mayores hablan sin ahorrar decibeles. “Drogas”, “dinero fácil” y “seguridad” son palabras que se cuelan y atrapan la atención de uno de los chicos: Ryszard Dabrowski. Así fue como este joven polaco, electricista de oficio, se interesó en el circuito de los estupefacientes. “Estaba desesperado y sin trabajo. La jubilación de mi padre apenas alcanzaba para comer y mi madre nunca trabajó. Me aseguraron que era un negocio sin trucos y muy seguro. Sólo debía encontrarme con algunos contactos en hoteles, entregar la mercadería y recibir el dinero”, dice Dabrowski.
Al ser detenido en Mendoza, la Policía encontró en el equipaje de Ryszard un pantalón cosido en entretelas, en las que trasladaba la droga. “Cuando te asignan el trabajo, nunca te dicen a dónde llevás la droga. De esa manera, evitan que te pongás nervioso o confesés el delito”, explica el ahora preso en Boulogne Sur Mer.
La familia de Ryszard sabe de su situación. Es más, ya está acostumbrada al roce judicial. Un hermano de Ryszard cumple condena en Polonia por golpear y dejar gravemente herido a otro hombre en una pelea. “Él está mucho más loco que yo”, dice.
Dabrowski lleva 6 meses en el penal provincial. Llegó sin saber una sola palabra de español, pero ya comprende y se hace entender. De hecho, viste una campera de Boca Juniors y sabe de qué se trata: “Soy bostero”, confiesa con orgullo. Los demás internos y los penitenciarios lo tratan “bien porque no molesto a nadie”, asegura.
Fanático del fútbol, Ryszard lamenta haberse perdido la Eurocopa en su país. Pero confía en volver pronto a casa para alentar al equipo de sus amores: el WKS Wroclaw.
Es muy poco lo que este muchacho polaco sabe, dice, sobre el tráfico de drogas. Decidido a ganar dinero fácil se fue de su casa diciendo que iba de vacaciones con sus amigos. Tampoco está seguro de si alguien “batió” su suerte. Sólo tiene una certeza: “Fue mi primera vez en el negocio de las drogas, pero también la última. No quiero saber nada más con toda esta basura”.
De las tablas a las rejas
“Con un gesto de su cara o una mirada Jack Nicholson puede decir muchas cosas. Es mi actor favorito”. Aún privado de su libertad en el penal de Boulogne Sur Mer, el actor lituano Vladas Kazlauskas tiene la templanza para hablar de lo que más le apasiona. También fue la desesperación lo que llevó a este hombre nacido en la provincia de Panevezys, al noreste de Lituania, a dar un paso en falso.
Tras la disolución de la Unión Soviética, sobrevino la destrucción de la industria en su país y como tantos, Vladas pasó a ser un número más de esos que engrosan las tasas de desempleo en Europa del Este.
“Lituania no es un país rico, pero tampoco es pobre. El gran problema que tenemos es la enorme diferencia de clases. En mi país, el que tiene, tiene mucho, y el que no tiene, no tiene casi nada”, razona Kazlauskas.
“Mi último trabajo fue una performance con una compañía de teatro, con la que recorrimos varias ciudades de mi país. Luego, de un momento a otro, me encontré llevando drogas”, dice sin más detalles este hombre cuya estampa de artista es inocultable. Para Vladas, el dinero tampoco alcanzaba para vivir. “Apenas pagaba impuestos, pero no me alcanzaba para la comida o la ropa”.
Este lituano dejó en Panevezys a su esposa y su hija de 22 años, estudiante universitaria en leyes. “Ellas saben lo que hice, hablo por teléfono con ambas una o dos veces por mes y además le escribo cartas a mi mujer”, comenta.
Cayó preso en mayo de este año, un mes más tarde que su ahora compañero Ryszard, con quien comparte un abogado designado por el Estado mendocino, un defensor de pobres y ausentes. Igual que el joven polaco, Vladas dice que desconocía todo sobre el circuito de la droga y era su primera vez. Llevaba una maleta con un doble fondo que no pudo ser detectado por los perros de ningún aeropuerto. “A mí me vendieron. No tuve problemas para pasar la droga en ningún lado. Pero cuando llegué a Mendoza, ya sabían todos mis movimientos. Me vendieron y sé quienes lo hicieron. No me será difícil encontrarlos”, asegura a futuro.
Para este actor de conservatorio lo más importante es recuperar algo del dinero que se encuentra confiscado en los Tribunales Federales. “Necesito dinero para mi higiene personal, cigarrillos y café”, cuenta el confeso fanático del básquetbol y gran admirador de la obra de Fedor Dostoievsky.
Vladas habla cuatro idiomas: polaco, ruso, inglés y lituano. Pero no entiende nada del español. Natalia, su intérprete, lo tiene al tanto de su situación legal. Sus dificultades con el idioma no le impiden mantener una buena relación con el resto de los internos. “Me hago entender y me respetan. Mantengo la tranquilidad y no tengo miedo. Nuestro pabellón es muy tranquilo y los internos son solidarios con los extranjeros”, cuenta.
Un futuro en común
El destino quiso que Ryszard y Vladas se encontraran en una cárcel local. Cayeron por tráfico de drogas, uno de los delitos federales más frecuentes, y justamente por el carácter federal de la infracción, su paso por Boulogne Sur Mer es provisorio. Nuestra ley prevé por este delito una pena de 1 a 6 años por tenencia y de 4 a 16 años por contrabando y tráfico.
La promesa del abogado que los representa es que dentro de uno o dos meses serán trasladados a la Colonia Penal de Santa Rosa (La Pampa) la Unidad 4 del Servicio Penitenciario Federal. Una vez allí, aguardarán que la Justicia resuelva sobre su extradición. “Aquí nos hicimos amigos y lo seguiremos siendo una vez libres”, coinciden el lituano y el polaco.