Seguimos conociendo a diferentes personajes de la historia cuyos nombres fueron elegidos para denominar algunas de las calles y arterias de Mendoza.
En esta ocasión, el elegido es Pedro Molina.
Fue político y nació en Mendoza, el 29 de junio de 1781. Sus padres fueron don Francisco Javier Molina y doña Josefa de Sotomayor. Se destacó por ser un ferviente defensor de la libertad nacional, lo que lo llevó a ser miembro asiduo del Cabildo mendocino en 1813, en donde brilló por sus ideas progresistas.
Colaboró en la formación del Ejército de los Andes, se opuso firmemente, mediante la firma de un acta el 21 de febrero de 1815, al decreto que establecía la destitución de San Martín del cargo de gobernador intendente de Cuyo.
Así, "los cabildantes defienden la figura del General", indica el periodista e historiador mendocino Carlos Campana.
Al frente de Mendoza
A partir de 1821 gobernó Mendoza, hecho que se repetiría en varias oportunidades a lo largo de su carrera. El primer período se destacó por una marcada política destinada a la educación.
Así, creó los primeros colegios de letras, colaboró con la formación de la biblioteca pública y fundó la Sociedad Lancasteriana, que publicaba sus propios libros de textos.
Además, participó en la creación de periódicos y un teatro, fomentó el comercio y las industrias, en especial las relacionadas a la minería.
Durante su gestión aumentó la cantidad de diputados y se formó la Cámara de Justicia de Mendoza, como tribunal de apelaciones.
A pesar de ser un gobierno signado por el progreso, el malestar por la sustitución de la moneda provincial por la nacional lo obligó a presentar reiteradamente su renuncia, siendo aceptada por la Legislatura luego del pedido popular encabezado por el doctor Juan Agustín Maza.
Campana explica que Molina "se vio involucrado en un fraude financiero debido a que la gente acuñaba macuquinas en sus casas". Las mismas no eran otra cosa que monedas realizadas a mano.
Entonces, fue reemplazado efímeramente por una comisión de cinco miembros del Cabildo. No tardaron en devolverle el cargo, pero volvería a presentar su dimisión, esta vez indeclinable.
En abril de 1830 ocupó una vez más la gobernación mendocina, primero en reemplazo de Juan Reje Corvalán y luego sustituyendo a Ortiz, en agosto de 1832, hasta que fue nombrado gobernador propietario.
Como lo había hecho durante su primera gestión, continuó con su política escolar, organizó el departamento de policía y la administración de Justicia.
Una de las medidas más importantes de este período fue la ordenar la defensa fronteriza contra las incursiones de los pueblos originarios, logrando así impedir invasiones.
Etapa rosista
Lejos de alejarse de la política, fue reelecto en 1835 y como seguidor de la política rosista, el 12 de septiembre de ese año, decretó la obligatoriedad del uso de la cinta roja por parte de todos los habitantes, como símbolo de la Federación.
Un año después, promulgó una ley que le permitía a Rosas tomar las medidas necesarias referentes a la seguridad y orden de los pueblos pertenecientes a la Confederación Argentina. Como muestra de mayor fidelidad al Restaurador de las Leyes y las Instituciones, en 1837 la Legislatura y el Ejecutivo local ratificaron los absolutos poderes otorgados en 1827 y 1831.
En marzo de 1838, cuando aún no finalizaba su período de gobernación, muchos trabajaban en función de conseguir su reelección, situación a la que se negó rotundamente.
No obstante, volvió a ocupar fugazmente este cargo en 1840, cuando una revolución estalló en contra de su sucesor, Justo Correa. Cuando las fuerzas militares de Aldao se aproximaban a la ciudad, abandonó el puesto y falleció inesperadamente el mismo día en que el general llegó a Mendoza, el 16 de marzo de 1842.
Autores: Carlos Campana | Priscila Mateos.



