Por Paola [email protected]
En diciembre del año pasado asumieron dos religiosos en cargos públicos importantes. A nivel nacional, y en un hecho inédito en la era kirchnerista, un sacerdote, en este caso Juan Carlos Molina, quedaba al frente de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar).
Cristina Fernández le ponía así fin a meses de acefalía en el organismo y daba respuestas a la Conferencia Episcopal Argentina, que había emitido un documento llamado “El drama del narcotráfico y la droga”, en el que advertía de que la Argentina corría riesgo de pasar a una situación de difícil retorno y que si no se tomaban medidas urgentes costaría mucho erradicar a las mafias de narcotraficantes.
Molina llegó de la mano de Jorge Capitanich, a quien conoció durante su labor pastoral en el Impenetrable chaqueño, una región boscosa ubicada al norte de esa provincia y que es habitada principalmente por miembros de las comunidades originarias wichis y tobas.
El clérigo, además, venía de prestar servicios en Haití y de colaborar en forma estrecha con la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, su otra madrina política.
En las últimas horas, el cura volvió a los titulares de los medios tras asegurar que hay que dejar de criminalizar al consumidor de drogas. “Yo habilitaría el consumo de todo y abriría centros para adictos. Hay que legalizar lo que hoy es ley, una ley de hecho”. Sus declaraciones no son de paracaidista. A la par, han ingresado a la Cámara de Diputados del Congreso una serie de proyectos que buscan modificar la Ley de Estupefacientes. El objetivo final es dejar de destinar dinero para perseguir a los famosos “perejiles” –se calcula que son cerca de 1.200 millones de pesos al año–, para destinarlo a la lucha contra el narcotráfico, el pesado.
Más allá de que uno sepa que se trata de puro declaracionismo, ya que estamos lejísimos de que eso se concrete, no se puede dejar de reconocer que Molina interpela, moviliza, genera debate. Obligó a pronunciarse sobre el tema a expertos, candidatos a presidente, gobernadores, intendentes y a otros curas. A oficialistas y opositores.
Sus ideas ya son célebres en la materia. Llegó a comparar al capo narco Pablo Escobar con Robin Hood. Para gambetear el brete, terminó denunciando que lo habían sacado de contexto. Pero en vez de callarse redobló la apuesta: “Pasé de ser el secretario de Sedronar a ser el defensor hijo de puta de Escobar. Al menos sirve para instalar el tema y hablarlo con seriedad”.
Encender polémicas para darles visibilidad a problemáticas que lo necesitan ya es algo. No digo que alcance. Pero a mi criterio, suma.
En simultáneo con la designación de Molina, en Mendoza, Paco Pérez llamaba al ex cura Cristian Bassin para hacerse cargo del Ministerio de Desarrollo Social.
Celina Sánchez, la esposa del gobernador, fue quien lo catapultó a ese sillón, acaso convencida de que su pasado como salesiano, como docente y como trabajador social en barrios populares le daban el basamento necesario para agarrar esa cartera.
En sus primeras entrevistas (y últimas, lo sabríamos después), Bassin prometió abocarse a la juventud y los sectores vulnerables, como por ejemplo los discapacitados. Lo atrapaba el sueño de ir casa por casa, para que los ciudadanos vieran un Estado presente y cercano.
Ya han pasado casi 10 meses y su aura no aparece. Nada sabemos de su trabajo o de sus ideas para mejorar, por ejemplo, un organismo cuestionado como es el OAL (Órgano Administrativo Local), que debe cuidar a los niños en riesgo, y que está bajo su órbita. A los periodistas, tampoco nos notifican desde su oficina de prensa cómo está campeando en las zonas carenciadas la crisis económica, esa que existe por fuera del INDEC, porque está claro que es allí donde más duele.
Me inquieta saber, incluso, qué opina de los dichos de Molina sobre la despenalización del consumo de estupefacientes.
“La práctica debe acompañar el discurso”, sentenció Bassin allá por enero, mientras recorría las calles de un asentamiento precario. De acuerdo ministro. ¿Y viceversa?


