La comodidad de creer que porque salva su vida la víctima está fuera de peligro

Por UNO
@paolapiquer

Cuando un hombre o una mujer es baleado por delincuentes durante un asalto, pero no muere, los partes policiales o los comunicados que emite el Ministerio de Seguridad suelen destacar: “Las víctimas están fuera de peligro”. Sin mayor análisis, los medios de comunicación reproducen el concepto para indicar que las personas van a seguir viviendo.

Valdría aclarar en cada hecho que el “fuera de peligro” se refiere exclusivamente a ese aspecto: el físico.

¿Usted cree, por ejemplo, que Andrés, el joven de 22 años que hace una semana recibió un disparo en el hombro por salvar a su hermana mientras ambos atendían su negocio en la Cuarta Sección considera que puede continuar su rumbo como si nada hubiera pasado? ¿Cuán a salvo se sentirá la próxima tarde que le toque abrir el minimarket que queda en la esquina de Federico Moreno y Santa Fe a las seis y media de la tarde y entren dos desconocidos simulando querer comprar?

“Me muero, no puedo respirar, ayúdenme”, pidió Andrés, con el hilo de fuerza que le quedaba, a un cliente que acudió en su auxilio ni bien escuchó el ruido de la bala disparada. En el piso, sangre. A su lado, la hermana en shock. Las llamadas al 911, los gritos, la ambulancia que demora, y hasta un vecino que hacía declaraciones en contra del gobierno de Paco Pérez para los periodistas y que fue sindicado como “trucho” por el resto del vecindario, lo que lo obligó a desaparecer de un momento a otro para ahorrarse las agresiones, que no iban a tardar en llegar.

¿Sentirá que ya puede circular y trabajar tranquilo el ferretero lasherino que hace dos años terminó matando a dos delincuentes que irrumpieron en su local armados y dispuestos a todo si no entregaba la recaudación? ¿Habrán dejado de amenazarlo los familiares de quienes intentaron asaltarlo?

Mucho más dramática resultó la irrupción de dos hombres al quiosco de Remedios de Escalada y Cipoletti, de Dorrego, en Guaymallén, ya que su dueño, Luis Néstor Berardi, de 50 años, resultó muerto de un disparo en el tórax. De sólo imaginar cómo transcurren los días para los dos hijos de ese comerciante –presenciaron el hecho ocurrido hace un mes y que hoy son los testigos clave del caso– da escalofríos.

Hace ya varios años que tener un negocio y que una familia viva de lo que se saca en el día a día ha pasado a ser una actividad de altísimo riesgo. La plata fresca, aunque en general termina siendo un botín magro, es de lo más tentadora para el ratero necesitado de efectivo.

Se ponen rejas, se instalan alarmas, botones de pánico. Cierran durante la siesta, arman estrategias para cuidarse entre ellos y a veces, cuando da el presupuesto, hasta contratan guardias de seguridad privada o policías para desalentar a los delincuentes. Da igual. A una cuadra, o en otra comuna, siempre hay otro local menos protegido.

El porqué de disparar cuando detrás del mostrador no hay resistencia de ningún tipo merecería un análisis aparte. Lo cierto es que para las víctimas, superado en lo físico el atentado contra sus personas, comienza otra etapa: la de sobreponerse al miedo, la angustia, la bronca e, incluso, al dilema de decidir si conviene bajar la persiana para siempre.

Salvarse de morir en un asalto es una cosa. Estar fuera de peligro es otra, más complicada de conseguir.