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En el penal El Borbollón, en Las Heras, se tejen historias que van más allá del encierro. La necesidad de afecto tras las rejas, explicada por especialistas.

Historias de amor en la cárcel de mujeres

Susana (41) purga una pena de cinco años tras haber sido condenada por un robo agravado por el usode armas. Hace 20 meses que está en la Unidad 3, El Borbollón, ubicada en Las Heras. Desde entonces

sobrelleva el encierro –"un agujero negro que no te deja ver", según sus palabras– impulsada por elafecto de su pareja, otra mujer con la que comparte su vida desde hace 22 años y quien está a cargo
de sus hijos. Florencia (25) intentó matar a su novio. "Fue un accidente en una noche de drogas y alcohol,no tuve la intención, pero se puso violento y yo me defendí con un cuchillo", recuerda la joven,que lleva tres meses en esa alcaldía. Si bien poco quiere decir sobre su nueva situación afectivadespués de lo vivido, para ella hay algo claro. "Si estás adentro, el que está afuera debe sabersostenerte y ser fuerte", dice mientras arma carteras en un taller de la cárcel. Las dos historias –para las que se usó un nombre ficticio– se repiten a lo largo de lospasillos de la unidad carcelaria que existe desde 2004 en el edificio de un viejo convento. El factor común es el vínculo afectivo como único medio para superar un entorno hostil y unpasado del que, muchas de las 97 mujeres presas, quisieran no tener rastros. Esto aunque tanto las visitas de familiares como los contactos sexuales, fundamentales parael fortalecimiento de la integridad, están restringidos. El amor de visitas"Sólo el amor consigue encender lo muerto", tararea Florencia mientras pasa la hebra de hilo por el ojo de la aguja. Alude a la canción de Silvio Rodríguez que, más adelante, también sugiereque "debes amar el tiempo de los intentos / debes amar la hora que nunca brilla". Y lo haceconvencida de que los errores cometidos le sirvieron para aprender a querer y ser querida. "La mayoría de las presidiarias vienen con una historia de violación de derechos, lo que las hace vulnerables. Eso explica los desajustes emocionales que las llevaron a la conductatransgresora", explica el equipo de psicólogos y psiquiatras encargados del seguimiento de lasinternas. Y es por esta situación de vulnerabilidad que las reclusas necesitan el afecto no sólo de susparejas, sino también de otras personas de su entorno. Susana y Florencia, como las otras internas, sólo reciben visitas de familiares los fines desemana y tienen acceso a encuentros íntimos una o dos veces al mes. Las mismas están reguladas porla ley 24.660 sobre la Ejecución de la Pena Privativa de Libertad. "La visita higiénica (así denominan al encuentro sexual) es un beneficio que requiere de buena conducta. Las mujeres deben demostrar concubinato, matrimonio o hijos en común con la personaque mantendrán una relación y acceder a estudios médicos", determina la directora de la Unidad 3,Corina Barrios. Para contrarrestar la soledad del encierro es que los profesionales trabajan "con lasaspiraciones y deseos, para que las mujeres se sepan protagonistas de su existencia y puedanrevertir su situación", tal como añade una de las psicólogas. Según Susana, una de las internas, "no todo pasa por la cama. Tampoco importa si te traencosas. Necesitamos hablar con otros, mirar a los ojos a alguien querido".

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La visita de familiares e hijos es un derecho de las reclusas. El encuentro íntimo es un beneficio por buena conducta.
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“En la soledad se siente el afecto”. Florencia (25) es el nombre que una de las internas de la Unidad 3 eligió para contar su historia. “Vengo de una familia normal, de clase media y trabajadora”, define al comenzar la charla. Dice que está ahí por “haber cometido algunas locuras”, pero que quiere salir. “Intenté matar por accidente a mi novio y ahora me doy cuenta. Me siento mal por esa situación, pero también sé que hice otras tantas cosas buenas que hoy me sirven para seguir”, narra la joven, que lee a Antonin Artaud. Si bien viene de una relación tormentosa, cuenta: “Salí del pozo gracias a mis padres y mi hermano, que los amo, pero también a otra persona que supo acompañarme y lo hace, aun estando yo tras las rejas. Es difícil porque no lo tenés al lado, pero te juro que en esta soledad se siente el afecto”.
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“Me casé para estar más cerca”. Ana (26) es una de las mujeres que estando en la cárcel se casaron con un presidiario de Almafuerte, en Campo Cacheuta. Se conocieron en un cumpleaños hace más de ocho años, edad de la hija que tienen en común. Ambos cometieron delitos que los conminaron al encierro, si bien la mujer prefirió no dar detalles del asunto porque en julio el juicio podría traerle el beneficio de la libertad. En El Borbollón ella cocina para el resto de la población carcelaria. “Es duro estar acá, como estar sin ver a mi marido y mi hija. Pero por eso decidimos casarnos, para estar más cerca, para regalarnos un momento de alegría después de tantas cosas feas”, dice.
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“Mi pareja es mi cable a tierra”. La de Susana (41) es una de las historias que otras reclusas suelen tomar de ejemplo. Trabajaba en la calle, hecho que por la falta de cuidados la llevó a tener cinco hijos. Cometió distintos delitos hasta que quedó en la mira de la Justicia por una extorsión dudosa. Después, un robo agravado y la identificación de las víctimas la llevaron a la cárcel de mujeres, donde se quedará, al menos, hasta 2013. Está en pareja con otra mujer y llegó a El Borbollón sin esconder su situación. “Mi pareja es mi cable a tierra, la que cuida a mis hijos, la que me dice dale para adelante”, relata Susana sentada en la dirección de la Unidad 3, después de haber terminado su “fajina”, como le dicen a las tareas de limpieza, y agrega: “Soy responsable por mis errores y pago el costo por eso. Quiero ser otra cuando vuelva a casa”.
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En clases. Las internas de la Unidad 3 reciben capacitación en contenidos del ciclo básico o de la secundaria. Quienes integran estos espacios son evaluadas por unidades, ya que su asistencia no es permanente.
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Trabajo. Algunas presidiarias gozan del beneficio de participar en talleres articulados por la Dirección General de Escuelas. Lo producido luego es vendido al exterior.

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