Sea o no el propósito fundante del gobernador, el canal estatal Acequia competirá con las otras estaciones y propuestas televisivas.

Habrá que ver

Por UNO

A pocas cuadras del lugar que eligió Pedro del Castillo para fundar Mendoza en 1561, podemos visualizar un inflable circular de grandes dimensiones, naranja, y en su interior la letra Q, en blanco. Logotipo del flamante canal de televisión estatal. Mitre y carril Godoy Cruz, de espaldas a la estación del Ferrocarril Belgrano.

En el interior del elegante y confortable espacio cultural Le Parc están los estudios de la moderna emisora televisiva provincial, lugar que sirvió para realizar un glamoroso acto oficial de lanzamiento. Ya en la frecuencia 29 de la televisión digital terrestre y en el lugar 11 de la grilla de Supercanal puede verse.

En el discurso, un entusiasta Paco Pérez trazó la síntesis de este nuevo desafío. Junto con el intendente anfitrión, Lobos; el titular de la AFSCA, Martín Sabbatella, y Pablo Bicego, responsable de la comunicación del Gobierno, describió raudamente la historia de la televisión en Mendoza, recordando que no es un fenómeno reciente, Canal Siete LV89 transmite regularmente desde 1961. Lo novedoso no pasa por la característica del medio ni por lo tecnológico y tampoco por la arquitectura del edificio desde donde se emite. Lo distintivo es que los equipos, la licencia y el encargado de gestionarlo es el Estado provincial.

El desarrollo y la gestión de la radio y la televisión en todo el planeta oscilaron entre la administración privada y la del Estado, tanto que fue la BBC (Broadcasting British Corporation), entidad regida por la corona británica, la que hizo las primeras emisiones públicas de televisión en 1927. En Argentina los inicios de la televisión cuentan con una espesura histórica enorme. Fue el 17 de octubre de 1951, acto en el que Evita pronuncia uno de sus últimos discursos, precisamente el del renunciamiento. Debut con aristas cargadas de drama y pasión, tiempos en los que la realidad era mucho más intensa que cualquier ficción.

Una herramienta tan formidable como peligrosa. Generosa e inasible, la televisión ha sido el instrumento tecnológico de mayor incidencia en la historia contemporánea de las sociedades. El cambio de los regímenes escópicos alteró las relaciones humanas, motivo suficiente para no soslayar la aparición de esta nueva opción televisiva, aunque no revista carácter revolucionario ni moderno.

Por primera vez los gobiernos provinciales de Mendoza tendrán bajo su arbitrio un medio de comunicación al que podrá acceder todo aquel que así lo decida, ya no se trata del obligado y anacrónico boletín oficial.

Sea o no el propósito del gobernador, competirá con las otras estaciones y propuestas televisivas. No está en la conducta ni en la capacidad y seguramente tampoco en las ganas de los mendocinos, mirar dos o más programas simultáneamente.

Inevitablemente binario. Apagado o encendido. Canal Siete o 29. Entretenimiento o noticias. Deportes o política. Hay que elegir. Con la desbordante oferta de pantallas no será tarea fácil encontrar argumentos para que prefieran la propuesta visual del nuevo canal. Tanto quienes estamos detrás o delante de las cámaras, sabemos que los estándares de producción son cada vez más elevados y conseguir resultados atractivos no es gratis ni casual.

Todos los medios de difusión electrónicos de aire son empresas públicas, aunque a muchos no los conforme el término. La diferencia es la ubicación en la grilla y, lo más importante, el modelo de administración y gestión. O sea, de qué viven, de dónde son los recursos, qué intereses persiguen, cuánto deben invertir, cuál es el suministro económico para afrontar la operación, cómo se obtiene el dinero para completar el pago de sueldos, cargas sociales, impuestos, derechos, energía, en síntesis, quién asume el riesgo.

Cuando estas responsabilidades son absorbidas desde el Estado, el riesgo es compartido. No sólo por los dirigentes de turno, por todos. Y principalmente por todos quienes pagamos impuestos, a los que suelen llamarnos contribuyentes.

En el mismo edificio, pero en la Sala Roja del centro cultural Le Parc, se hizo el décimo primer encuentro de la Televisión Pública Argentina –aunque suene recurrente, deberían agregarle el adjetivo estatal– aprovechando el acontecimiento inaugural de Mendoza. Asistí en calidad de espectador curioso, periodista, pero además como ciudadano con alguna responsabilidad en la empresa de medios que me soporta desde hace demasiados años.

En las disertaciones de miembros de la televisión estatal, volví a escuchar quejas, lamentos y preocupaciones idénticas a las que pronunciamos los que tenemos parecida jerarquía y ocupación en la órbita privada. Falta de recursos. Escasos ingresos. Ausencia de federalismo. Peso inequitativo. Públicos ingratos y la sempiterna incredulidad sobre los datos de Ibope.

Once años de reuniones y aún persisten en atravesar ese camino repleto de dificultades. Es una señal. No de televisión sino de alarma. Alarma que debe escuchar y ver el Gobierno de la provincia para ensayar desde ahora mismo una estrategia afín.

No será con voraces vendedores de publicidad, ni contratando bellas y hermosas modelos lo que hará eficiente y atractivo este emprendimiento sino adoptando un modelo de gestión verdaderamente estatal. Hay antecedentes, estadísticas e historia suficientes para que esta emisora no sólo satisfaga la ambición de quienes la pensaron e instalaron, sino además para que sea útil y sirva a todos los mendocinos, dirigentes y dirigidos, de ahora y de mañana.

Explicaba uno de los responsables de la televisora estatal, pública, Canal 7 Buenos Aires, que los ingresos por publicidad les reporta apenas un 8% de su presupuesto. Breve, el 92% de los recursos provienen de partidas presupuestarias u otros mecanismos de subsidio o préstamo. No gastaré opinión en el análisis, simplemente sugiero y aspiro a que tomen ejemplos exitosos y los adapten.

Categóricamente sostengo que un canal de gestión estatal no puede equiparar sus métodos y objetivos con los de un canal de gestión privada. Razones abundan. Ideológicas y sensatas. Económicas, éticas, artísticas,ontológicas si se me admite.

Un canal del Estado debe atender la enorme vastedad de públicos, personas en su calidad de tal, no consumidores.

Para que las buenas intenciones sean asequibles, no basta con genialidades efímeras, es necesario aplicar un concepto. Hay para elegir también en esto. España, una muy actual ley de servicios de comunicación (marzo de 2010); Gran Bretaña, el viejo, vigente y muy eficiente estatuto de la BBC.

Las coincidencias. Ambos son órganos independientes, consejos constituidos con representación política de todos los sectores. Controlados por senadores y diputados. Dirigidos, administrados y operadores por expertos. Generan contenidos, noticieros, documentales, ficción. Inclusive colocan y venden esos contenidos a otras estaciones, de otros países. Prohibición explícita: no comercializan espacios, no colocan publicidad en sus pantallas. Uno cuenta con partida presupuestaria, el otro vive de un impuesto directo que pagan los ciudadanos, sólo quedan excluidos quienes no tiene aparatos para recibir la señal o sea nadie. Sería redundante hablar del prestigio de una y otra.

Excelentes productores mendocinos están vinculados a esta nueva iniciativa. Actores, músicos, diseñadores, periodistas, locutores, técnicos, iluminadores, camarógrafos, sonidistas, guionistas, maquilladores. Pero hay muchos más que no acceden. Es necesario crear métodos y mecanismos que permitan darle el brillo y color no sólo a la pantalla sino a la idea, no sólo al canal provincial sino también a Mendoza.

Está la oportunidad. Un ejemplo próximo: la administración del agua en Mendoza, orgullo de inteligencia distributiva. El aire también es finito, el espacio se colapsa, se agota, se contamina.

Celebro la aparición de Acequia. Por favor, no repitamos la experiencia de llenar de basura los canales, consideremos en qué se transformó la laguna de Guanacache. Hay muchos relatos, datos, imágenes, anécdotas, experiencias, sólo hay que saber mirar. Un espíritu grande no cabe en un cuerpo desvaído, ni en una piel mezquina; se puede escapar.