“Esos que torturaron recibían órdenes, sí, pero ellos les pusieron creatividad”

Por UNO

Por Gustavo De [email protected]

@Monodemarinis

El título de esta nota intenta resumir lo que dejaron esta semana las jornadas del lunes y del martes en el Megajuicio por delitos de lesa humanidad. El autor de la frase es Francisco Hipólito Robledo Flores, un “peronista de base” –así se definió él mismo– que fue detenido el 20 de abril de 1976 y recuperó la libertad a finales de 1981. Su primer destino de cautiverio fue el D2, en el Palacio Policial, quizás el más cruel de los centros clandestinos de detención que hubo en Mendoza antes y durante la dictadura cívico-militar.

“Tengo el raro privilegio de estar vivo. Yo caminé sobre las brasas y pisé el infierno. Esos miserables y cobardes que torturaron y vejaron a gente indefensa es verdad que recibieron órdenes, pero ellos les pusieron creatividad a esas órdenes”, le dijo Robledo al Tribunal Oral Federal poco después de haber expresado que quería “elegir bien las palabras” que iba a decir. Y vaya si las eligió bien este hombre que cuando fue secuestrado trabajaba en el hospital Paroissien, de Maipú. Ese empleo le permitió señalar a quien identificó como el doctor Stipech, quien lo revisó tras una sesión de tortura y les dijo a los verdugos: “No, éste aún está vivo”.

Francisco la pasó muy mal en su encierro, sobre todo en el D2. Obvio: no es una novedad que quienes estuvieron en esas mazmorras la pasaron mal. Y no es necesario repetir lo que les hicieron. Bastante tienen las víctimas con tener que revivirlo en sus testimonios, aunque lo hacen con valentía y con entereza y convencidos de que contribuyen a lo búsqueda de la verdad.

Antes de Robledo, hubo cuatro testimonios que permiten confirmar lo indiscriminada que fue la persecución y represión ilegal contra los más diversos sectores de la población, militantes o no militantes políticos. El contador Julio Santiago Quiroga, el periodista Alberto Víctor Atienza y el maestro Arturo Garcetti así lo atestiguaron, como también lo hizo el abogado Carlos Venier (hijo) al relatar la detención de su padre, también abogado, ya fallecido.Quedó para el final de la semana, la declaración de Alicia Graciela Peña. Catequista, docente, delegada gremial en el SUTE, estudiante de tercer año de Filosofía y Letras y militante de la Juventud Universitaria Peronista fue privada de la libertad entre el 1 de abril de 1976 (tenía 20 años) y el 18 de noviembre de 1981.

Estuvo 22 días en el D2. De ninguna manera en este espacio se contará lo que padeció allí. Sí, en cambio, hay que rescatar lo otro, ese espíritu inquebrantable e invencible, solidario al máximo, al punto de alentar al compañero de cautiverio aunque sea con una canción. O, como le pasó a Alicia, construir una historia de amor que hoy se traduce en un feliz matrimonio con Guido Actis de treinta y pico de años y tres hijos.