Nadie sabe de dónde vino ni a dónde iba. No escuchaba, casi no veía y apenas se le entendían algunas palabras.

El misterioso viejito y su insondable destino

Por UNO

Lo vi de espalda. Tenía una camisa a cuadros. La tela había cedido de tan vieja, de tantas lavadas y había pequeñas grietas. Un descuido, un tirón suave y la camisa se desarmaría. Un pantalón negro de Grafa y unas alpargatas con suela de goma completaban el atuendo. Estaba en la parada de colectivos junto con unas 15 personas más. Tendría cerca de 80 años. Arrugas sobre las arrugas en su cara y en sus manos. Pero su postura era erguida y su espalda no parecía haber sentido el peso de la vida.

Se acercó a un hombre joven y con una notoria dificultad, que delataba la falta total de dientes, le pidió que le avisara cuando apareciera algún colectivo que fuera a Palmira. “No escucho nada y casi no veo”, dijo, mientras se ayudaba con señas para que el muchacho le entendiera. La sordera era notoria porque hablaba casi gritando.

También era evidente su dificultad para ver, ya que para visualizar a su interlocutor se esforzaba por enfocarlo moviendo la cabeza de lado a lado y se alejaba y se acercaba hasta lograr una imagen más o menos clara de quien estaba frente a él.

El joven interrogado tuvo que gritar, gesticular e indicar puntos cardinales para lograr que el viejito entendiera que el colectivo todavía no había pasado y que él le indicaría, llegado el momento, a cuál micro subirse.

Pero el viejo repitió el complejo interrogatorio cada vez que aparecía un nuevo colectivo. Inevitablemente se transformó en el centro de atención del resto de las personas que esperaban transporte.

Yo me acerqué a él para tratar de saber quién era, de dónde venía y a qué iba a Palmira. A visitar a quién. Fue imposible. Él no me entendía y yo tampoco alcanzaba a descifrar lo que me decía. Además, tenía la mente programada, y sus respuestas y toda su conversación giraban sobre lo mismo: que tenía que tomar un colectivo para ir a Palmira y que ya no escuchaba ni veía nada. Casi nada.

El viejo se subió al micro antes de que pudiera saber algo de él. Con esa ignorancia absoluta sobre su origen se puede deducir que era mendocino, muy probablemente vivía en alguna región rural de la zona Este y que no estaba perdido, pero sí desorientado. Esto no es raro, ya que el centro de la ciudad de San Martín ha cambiado mucho y es difícil ubicarse si uno no ha pasado por allí en los últimos 12 meses. Más complejo es todavía si uno tiene más años que los aconsejables para vivir en este mundo cambiante y turbulento.

Posiblemente, haya ido a Palmira a visitar a algún familiar. Quizá a un hijo o a una hija. Es muy posible el hombre no le haya avisado a nadie sobre su visita y que haya confiado en que podría llegar a destino sin ayuda.

Como suele suceder con los millones y millones de desconocidos que hay en este mundo, todos nos habíamos olvidado del viejo tres minutos después de que subiera a su bendito colectivo. Era sólo un recuerdo difuso que sería olvidado antes de llegar a casa y que ni siquiera sería útil para un mínimo comentario en la sobremesa familiar.

Pero ocurrió que al día siguiente, cuando ya lo había olvidado totalmente, me volví a cruzar con el viejito.

Esta vez yo hacía el recorrido oeste–este en un colectivo de línea.

Era de mañana, cerca de las nueve. Iba hacia San Martín y el micro pasaba en ese momento por Palmira. El viejo subió junto con unas seis personas más en el centro de la ciudad jarillera. Pese a que había asientos de sobra, él se quedó parado.

Varios de los pasajeros lo invitaron a sentarse pero el desconocido, utilizando el mismo lenguaje de señas y de medias palabras casi guturales, explicó su sordera, su casi ceguera y agregó algo así como: “Estoy muy cansado para sentarme”.

Entonces, demostrando que su cuerpo era más joven que sus sentidos, se sujetó de los pasamanos del techo del micro y así hizo su viaje.

Lo miré con atención y vi que cambiaba de posición constantemente, como nervioso. Bajó los brazos y se sujetó del pasamano de un asiento.

Después cruzó el pasillo y se agarró al barrote, junto a la puerta trasera. Luego caminó hacia adelante y a mitad del colectivo se volvió a sujetar de los barrales del techo.

Entonces noté que se le cerraban los ojos y cabeceaba. Luchaba por no dormirse.

Muchos pasajeros le insistieron para que se ubicara en un asiento, pero el viejo se negó una y otra vez. Quizás temía quedarse dormido profundamente y pasar de largo su parada de destino. No hablaba.

Estaba concentrado sólo en no dormirse y en el recuerdo del porqué no había descansado la noche anterior.

Posiblemente, el hombre haya deambulado buscando su destino sin éxito. Quizá haya estado girando sin rumbo, tratando de encontrar una casa inexistente, un hogar que había desaparecido o que era sólo una broma de una mente anciana.

Tal vez había encontrado esa casa, pero no fue bienvenido. Quizás tuvo que saludar, estar un rato e irse. Pero no quiso partir tan pronto, esperando un arrepentimiento, y se quedó girando en la ciudad.

Quizás simplemente no pudo dormir por el calor, por la cama distinta, por la almohada dura, por los mosquitos o el llanto de algún bisnieto.

Pero su cansancio no parecía ser tan feliz. Se lo veía apagado, triste. Mucho más viejo que 24 horas antes.

Me tuve que bajar. El viejo siguió viaje. Imaginé que iría hasta la terminal de ómnibus y allí se tomaría otro colectivo que lo llevara más cerca del camino rural que debía desandar hasta llegar a su puesto. Allí en medio del calor, la tierra y la soledad.

No supe más de él. No lo volví a ver. No sé quién era, qué fue de su vida, por qué no había dormido esa noche, a quién había ido a visitar a Palmira. No sé si llegó a su casa. No sé si alguien más lo vio o fui solamente yo.