El inmenso valor de los testigos del megajuicio de lesa humanidad

Por UNO

Por Gustavo De [email protected]

@Monodemarinis

Hay que sentarse allí y hablar. Hay que sentarse allí y contar penas y horrores.

No debe de ser fácil tener a un costado a unos 12, 13 o 14 abogados defensores –privados y oficiales– que están atentos a la menor contradicción para caer encima de ella y lanzar toda la artillería que, chicanas al margen, la ley les permite, aunque también están, del otro lado, los fiscales y los abogados querellantes para intentar sostener lo que se investiga y además, enfrente, hay un tribunal que garantiza que todo marche como corresponde.

Hay que sentarse allí y recordar padecimientos que no son simples padecimientos sino que son torturas, violaciones, vejaciones, humillaciones...

Hay que sentarse y decir, por ejemplo, que “nos hacían formar una pirámide humana y debajo de todos agonizaba Miguel Ángel Gil”, mientras, detrás de la casi docena de letrados que los defienden observan y escuchan los que están acusados de ese verdugueo feroz que en Tribunales Federales se va reconstruyendo para llegar a la verdad.

Pero los que se sientan allí, en la silla reservada a los testigos, no tienen miedo. Con valentía, coraje, compromiso y sobre todo con convicción dan su testimonio. Con mucha convicción.

Ya se escucharon 11 testigos en el megajuicio por delitos de lesa humanidad que se desarrolla desde hace 4 meses en Tribunales Federales.

La mayoría de ellos sufrió la dictadura en carne propia. Estuvieron secuestrados primero y presos después. La pasaron mal, claro. Sufrieron la crueldad de los verdugos y la ignorancia judicial. En el D2 y en la Penitenciaría Provincial estuvieron y pagaron el precio de su militancia política, o gremial, o social, y no todos, porque algunos o algunas ni militancia tenían.

Carlos Cangemi, Rosa Gómez, Daniel Rabanal, Silvia Ontiveros, Ricardo Damico, Graciela Leda, María Virginia Correa, Fernando Rule y Rodolfo Molinas repasaron el calvario que vivieron, recordaron a compañeros de martirio que ya no están, reconstruyeron historias... Mariú Carrera, que tiene a su hermano, su cuñada y su primer esposo desaparecidos, además de buscar a un sobrino que nació en cautiverio y fue apropiado, y Oscar Gil, cuyo hermano Juan Carlos murió entre el D2 y la cárcel como consecuencia de las torturas, también ofrecieron sus testimonios.

A esto se suman los aportes testimoniales en inspecciones oculares de Rule, Leda y Eugenio París en el D2; de Daniel Tagarelli, Oscar Guidone, Luis Toledo y Mario Gaitán en la Compañía de Comunicaciones de Montaña del Ejército y de Pablo Seydell, Ramón Córdoba y la propia Mariú Carrera en la Comisaría Séptima. En los tres sitios funcionaron centros clandestinos de detención.

En todos los casos no deja de sorprender la valentía. Algunos padecieron más que otros pero el común denominador es que a todos los alcanzó la represión ilegal y que todos se esmeran y se esfuerzan por recordar, porque cada detalle puede ser relevante para dirigirse a la verdad de lo que les sucedió a ellos, a sus compañeros y a los que no fueron sus compañeros y para encontrar las respuestas que todos buscan desde hace casi 4 décadas.

Sí, hay que sentarse allí. Y ellos lo hacen con un valor que es verdaderamente para sacarse el sombrero.