Oscar Daniel Koltes fue un de los cientos de mendocinos secuestrados por el terrorismo de Estado.

El exquisito sabor solidario del pan duro del Flaco Koltes

Por UNO

Oscar Daniel Koltes fue un de los cientos de mendocinos secuestrados por el terrorismo de Estado. No se salvó del encierro ilegal ni de las torturas. Tenía 28 años en noviembre de 1975 este arquitecto que trabajaba en el Parque Industrial Petroquímico al momento de ser capturado, violentamente, por un grupo de tareas integrado por 15 personas. Pasó por la Comisaría Séptima, el centro clandestino de detención conocido como Chalecito (en la zona de El Challao) y la Compañía de Comunicaciones del Ejército. Maniatado y encapuchado fue sometido a todo tipo de torturas, con la picana eléctrica como principal instrumento de tormento.

Hace días Koltes falleció. Uno de sus tantos compañeros de cautiverio, Daniel Pina, lo recordó con una bonita nota reproducida esta semana en la página juiciosmendoza.wordpress.com Allí relata un hecho que refleja una característica común a la mayoría de las víctimas de la represión ilegal: la solidaridad.

Cuenta Pina que a los 20 días de estar secuestrados él y tres compañeros fueron trasladados, vendados y atados, desde la Octava Brigada a lo que parecía ser la escuela de un regimiento. Junto con Pina iban Koltes, Luis Arra (fallecido años después en el exilio, en Suecia) y Luis Rodolfo Moriña (desaparecido). En un momento se escuchó un crujido y el guardia se acercó a Koltes porque desde su lugar había surgido el sonido. El carcelero descubrió entonces que entre los jirones y harapos de la ropa que llevaba puesta, Oscar tenía escondido un pedazo de pan al que intentaba partir en cuatro trozos.

"Es pan, dele por favor a los muchachos", le dijo Koltes al custodio, quien le respondió: "Cometelo vos, no seas pelotudo, si hace un montón que no comen". Pero el Flaco Koltes insistió y finalmente el guardia repartió el pan duro.

Ese mismo día la sesión de picana se inició con Arra, a quien se lo llevaron caminando y lo trajeron a la rastra. Después siguió Moriña, cuyos gritos de dolor cesaron repentinamente para dar paso a corridas de borceguíes y gritos pidiendo un médico.

Enseguida hubo otro traslado, pero ya no eran cuatro, eran tres. La reflexión de Pina sobre lo que pasó es impecable: "Ese día, creo yo, se ejercieron dos rebeldías, dos heroicas y simples rebeldías: la de Oscar, que desde una indudable grandeza se negaba a deshumanizarse y perder la solidaridad (que los verdugos buscaban quebrar con la tortura) y la de Luis Moriña, el Chino, que contradiciendo a quienes decían ser Dios, dueños de la vida y de la muerte, se les murió en la cara, por decisión de su cuerpo y no de ellos".

Los casos de Koltes y Moriña son parte de las causas del cuarto juicio por delitos de lesa humanidad que se realiza en Mendoza. El martes se retoman las audiencias, como ocurrirá con otros 15 procesos judiciales en todo el país. Bueno sería que Darío Lopérfido, ministro de Cultura de Buenos Aires, se tome un tiempo y asista a algún juicio.

Este funcionario porteño, que negó el número de desaparecidos y que asegura que la cifra de 30 mil se arregló en una mesa cerrada para que se considere genocidio, debería también recordar el artículo publicado por el diario La Nación el 24 de marzo de 2006, firmado por Hugo Alconada Mon, en el que da cuenta que documentos desclasificados, sacados a la luz por el Archivo de Seguridad Nacional de Georgetown University, revelaron que militares y agentes argentinos estimaban que sólo entre 1975 y mediados de 1978 habían matado y desaparecido a unas 22 mil personas.

Al menos, Lopérfido admitió que fueran 30 mil u 8 mil los desaparecidos, lo mismo "fue un desastre". Y sí: secuestros, torturas, ataques sexuales, robo de niños y bienes, asesinatos y desapariciones son un desastre y mucho más. El número no cambia el calificativo por más que se intente minimizar o menoscabar o desprestigiar. Ojalá no haya sido ese el objetivo de Lopérfido.

Es mejor pensar, destacar y honrar otros gestos, como el del Flaco Koltes.

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