Una salida con amigos al Parque cambió la vida de Pablo Quiavetta en un instante. Ese 4 de abril del 2013, un grupo de delincuentes robó el auto en el que se encontraban y dispararon contra los jóvenes.
Uno de los proyectiles impactó en la cabeza de Quiavetta, quien en ese momento tenía 29 años. Por su caso nunca hubo detenidos.
Un año después y con seis cirugías sobrepasadas escribió una nueva carta para pedir justicia.
“26 años para un delincuente no es nada”:En 26 años las personas con buena “educación, principios y respeto”, aquellos que obviamente son INCULCADOS por los padres a sus hijos, y los que no los tienen, se los dan sus tutores o personas a cargo de ellos desde niños. Desde su HOGAR. Desde su infancia. Y que al llegar a la adolescencia no le quitan pisada ni si quiera a sus entornos. Todo para lograr FORMAR a una persona con “DIGNIDAD, CULTURA, ETICA, CONCIENTE y por sobre todo con RESPETO HACIA ÉL MISMO Y A LOS DEMÁS”.
Ahora bien, ¿Qué hay de aquellas personas que por cuestiones de la vida misma, NO logran esta formación y se desvían hacia las malas influencias, malos hábitos, robos, tranzas, o inclusive MATANZAS? ¿Qué hay dentro de sus cabezas para llegar a cometer cualquiera de los delitos antes mencionados? ¿Qué queda dentro de ellos una vez que roban, golpean o matan a personas como si nada? En verdad, ¿con qué fin hoy en día las personas delinquen de la forma que lo hacen?
Lo peor de esto y cabe acotar que este tipo de personas son tal vez los títeres o los más visibles de toda esta sucia cadena ¿Qué hay de aquellos transas o corruptos de guantes blancos que también roban, estafan, mandando a estos mal vivientes a hacer el trabajo sucio? Y lo peor de todo es que se cagan en la voluntad de las personas de bien. Esas que llevan su carga familiar día a día, trabajando sol a sol como lo hacía yo antes que tres inconscientes me dieran un disparo en la cabeza por nada y que aún siguen por las calles con total libertad.
26 años no es nada para estas desviadas personas, que dentro de nuestras cárceles solo piensan en que macanas se van a mandar una vez cumplidas sus condenas. Una vez libres, después de 26 años ya tienen todo planeado. Saben cómo delinquir, con quien transar para no estar tan expuestos como la vez que los atraparon. Ya sus cuerpos no son iguales, están mal cuidados, viejos y maltratados.
¿Qué probabilidad hay de 1 a 10, de 1 en 100 ó 1 en mil, de que una vez cumplida su condena salga arrepentido y en busca de una nueva y productiva buena vida un preso? ¿Qué probabilidad hay de que de una vez por todas los DDHH velen por la gente trabajadora y de bien y no de aquellos agresivos e inadaptados de nuestra sociedad que nos cagan la existencia? ¿Qué probabilidad hay de que los poderes gubernamentales, de una vez por todas y sin tantos rodeos, cambien ciertas leyes de nuestra constitución que solo abalan y protegen a los delincuentes?
Si no toman estos temas por el bien de la sociedad y NO por su propio bien económico, ni 26 años, ni cien años, ni en toda la vida misma van a hacer valer los verdaderos derechos de la gente de bien.Un fuerte y fraternal abrazo a todas las familias que hemos sido directa o indirectamente víctimas de delitos. “NO HAY GERRA QUE SE PIERDA, MÁS QUE LA QUE SE ABANDONA” Saludos, Pablo M. Quiavetta.

