Cuando era chico, enfrente de mi casa vivía el Mati, que después pasó de ser mi amigo a mi hermano, enterrando la cercanía geográfica de nuestras casas. Era hincha de Gimnasia y Esgrima, el Mati, digo, un amor que ligó por herencia, que es para mí, como nacen los amores inolvidables.
Por eso, para mí, el Víctor Legrotaglie era el ídolo que se cayó de la Play Station. Una y otra vez escuché sus gestas de galera y bastón, también sus derrapes de noches de luna llena. No había internet para buscar sus jugadas ni sus goles de tiro libre, era esa cancha que el Robert dibujaba sobre el mantel, que lo hacía todo especial.
Me contó de los viejos Nacionales (algo que me costó entender porque yo era de Clausura y Apertura por semestre, primero el Clausura en la ilógica de nuestro fútbol), de Los Compadres, del Coca-Cola a Potente en cancha de Godoy Cruz, de sus jueguitos con una naranja en Tucumán.
Yo escuchaba todo al borde de la mesa de madera, viendo como los vasos de vidrio ejercían, a veces de barrera, otras de rivales. El Víctor Legrotaglie era siempre el actor principal de todos esos relatos antes de irnos a dormir y yo me acostaba imaginando sus fantasías en un loop interminable en mi cabeza.
No siempre, pero las noches que yo veía que el Robert estaba de buen humor, le pedía el partido del Nacional del 71, la mejor historia en la galería de sus recuerdos, con el Viejo Gasómetro como escenario de una tarde tan única como imborrable.
Me acuerdo como si fuese hoy que me remarcaba siempre que ellos tenían un equipazo porque jugaban Rezza, Telch y Fischer, y también me es imposible olvidar el resultado que fue tapa con ese baile bárbaro de un 5 a 2 que recién nacía pero ya pintaba como histórico.
El relato lo conocía de memoria pero siempre esperaba mi parte favorita: cuando el árbitro Roberto Goicochea paró el partido tras una murra del Lobo Fischer para decirle al Víctor que no se hacía cargo de lo que podía pasar si seguía el toquerío insoportable.
Por eso, hoy ver a San Lorenzo y al Víctor Legrotaglie conjugados en la misma tarde me voló atrás en el tiempo. Me acordé del Robert Nasrala, padre de mi amigo Mati, a quien la rutina me lo alejó de la cotideaneidad y me acordé de Gimnasia y Esgrima. O en realidad de ese Gimnasia y Esgrima.
Ahí están él y su bigote, mirándome desde la cabecera de la mesa de madera, medio siglo después. La imagen es un tanto borrosa pero justo arriba de la comisura de sus labios se dibuja esa sonrisa pícara dedicada a semejante epopeya. La misma que debe tener, en algún lugar del paraíso, el Maestro. Cincuenta y cinco años después.
