Están los que dicen que Macri terminó siendo "una estafa electoral". Y los que no dudan en afirmar que "jamás votaré a una ladrona como Cristina". 
No faltan los que apostrofan que "Macri puede ser torpe pero no tiene maldad". Y los que pontifican que "con Cristina por lo menos la gente comía".

Entre esos extremos bullen a diario los comentarios de una parte de los lectores de noticias políticas en los diarios digitales.

Por ejemplo, apenas aparece una nueva encuesta de intención de voto, un baldazo de nafta vuelve a motivarlos en un fuego que los lleva al éxtasis difamatorio y muy poco a una sintaxis que nos permita pensar.

¿Es tan así? ¿En el medio de esas puntas exaltadas no hay nada más criterioso? 

Sí, sufrido lector, en el medio hay vida. Y mucho más rica de lo que usted o yo podemos sospechar.

La robusta línea

A diario el común de los mortales (esos que intentan no difamar ni insultar, ni degradar) son los que mueven una potente línea social.

Es una tendencia que no se ve a simple vista, pero que termina dándole un poco más de sensatez  a la maquinaria simbólica que mueve este país.

A poco que le pongamos la oreja sociológica y mucha atención, la vida secreta de los votantes muestra  que nos vamos acercando muy lentamente  a lo que debería ser siempre el numen de la democracia: el de consensuar líneas básicas de acción para que la Argentina funcione sin sus cíclicas crisis, sea quien sea el que gobierne. 

Parte de esta soñada realidad se la debemos a lo que nos han enseñado los  barquinazos que durante décadas ha ido pegando el país desde una ribera a la otra del ideologismo.

Civiles versus militares. Peronistas y gorilas. Guerrilleros y represores. Peronismo de derecha y peronismo de izquierda. Populismo y liberalismo. Un merengue reiterado y zopenco que le había puesto una pesada tranquera a todo lo que políticamente intentaba superar con inteligencia esa dualidad.  

Aspaventosos, abstenerse

Ahora, sin hacer alharaca, todos esos argentinos que descreen de la efectividad de los extremos, están pidiendo otras cosas.

Algunas de esas se me quedaron grabadas cuando hace un tiemplo leí un estudio sobre por qué Noruega era uno de los países más democráticos del mundo.

Esos argentinos exigen procesos electorales más transparentes. Prefieren el pluralismo a cualquier atisbo de autoritarismo. Defienden la importancia de las libertades ciudadanas.

Reclaman eficiencia a los gobiernos. Sospechan de ciertas militancias que no ponen nada en duda. Buscan más  y mejor participación política. Intentan adquirir cultura política moderna que no se apolille en el primer corset de un supuesto  esclarecido.

Rescatan las  instituciones estatales eficientes, pero saben que la actividad privada es esencial para generar riqueza. Tienen cada vez más en claro que achicar la pobreza y la desigualdad tienen que ser políticas de Estado y no sólo un eslogan de campaña.

Y sobre todo, escaldados por tanta desfachatez guaranga, los argentinos silenciosos y criteriosos saben que no pueden volver a soportar bajo ningún concepto el "roban, pero hacen". Ni bancar corruptos de ninguna laya ni a políticos que hagan del favoritismo sectorial una nueva llaga en el tejido social. 

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