Cómo empezó el fútbol en la Argentina

Por UNO
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Fueron los ingleses los que introdujeron el deporte que llegaría a ser el más popular del país: el fútbol. En los primeros años entró en colisión con el sistema educativo. Al comienzo, los partidos estuvieron lejos de las escuelas. Por eso es interesante saber cómo empezó el fútbol en la Argentina.

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El fútbol llegó a la Argentina hacia mediados del siglo XIX como parte de la incorporación económica y cultural de la Argentina al circuito de los cambios globales y promovidos por las clases dominantes de aquel momento.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, se conformó en nuestro país una colonia británica compuesta por propietarios de tierras, empleados jerárquicos de empresas ferroviarias y tranviarias, tiendas comerciales minoristas y bancos. Sin bien su peso numérico era escaso, su influencia económica, política y cultural resultó significativa. Los británicos y sus descendientes, además de practicar sus deportes típicos dentro de sus asociaciones, consideraban que la difusión de estos tendría una fuerte impronta civilizatoria sobre el resto del planeta.

El comienzo del fútbol

El advenimiento del fútbol a la ciudad de Buenos Aires y su posterior desarrollo tuvieron tres vías: una mítica –la de los marineros–, una frustrada –la de los clubes– y una heroica –la de las escuelas y la liga–.

La primera vía se construyó sobre la leyenda de los partidos que los marineros ingleses habrían jugado en el puerto ante la absorta mirada de los porteños. Pero, si bien el sentido común y numerosos textos y crónicas de la historia tradicional del fútbol dan por cierta esta hipótesis, cabe recordar que en realidad no dejó huellas verificables.

Sabemos, sí, que se jugaron partidos entre marineros y ciudadanos británicos residentes en Buenos Aires, pero las fechas indican que los encuentros ocurrieron ya entrado el siglo XX. La segunda vía –la frustrada– evoca el primer partido de fútbol que se desarrolló en el país, el 20 de junio de 1867, del que da fe el monolito referencial cercano al actual emplazamiento del Planetario Municipal, en el Parque Tres de Febrero. Los socios del Buenos Aires Cricket Club convocaron a los jugadores, ya que los cricketers también practicaban fútbol.

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De estas experiencias y particularmente de la iniciativa de Thomas Hogg, nació el Buenos Aires Football Club. Sin embargo, todos estos emprendimientos fueron efímeros.

Finalmente, la vía que inauguró la tradición futbolística en la ciudad fue instrumentada por las instituciones educacionales de la colonia inglesa. Su fecunda historia se encuentra asociada al nombre del maestro escocés Alejandro Watson Hutton y al Buenos Aires English High School, que Watson Hutton fundara en 1884. Nacido en Glasgow, Escocia, en 1853, y fallecido en Buenos Aires en 1936, había estudiado Letras en la Universidad de Edimburgo y era profesor de Humanidad es especializado en temas de educación. El inquieto y emprender Watson Hutton, llegado a la Argentina en febrero de 1882 para dirigir la escuela Saint Andrews, introdujo en el ámbito rioplatense el modelo inglés que incorporaba los deportes al programa escolar. Y entre los deportes se destacaba el fútbol.

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Fútbol y educación como elemento transformador

Según los parámetros educativos vigentes desde hacía décadas en Gran Bretaña, la disciplina era un elemento fundamental y modelador de la conducta de los alumnos, con una concepción en la que los deportes desempeñaban un papel central.

Estos objetivos dominaron el programa educativo en general y el deportivo en particular, sobre todo en lo atinente a la incorporación de la moral del sports man por parte de los alumnos. De acuerdo con los relatos que han sobrevivido, Watson Hutton solía cumplir el papel de referee y aplicaba las penas correspondientes a los infractores.

Se dice que cuando sus alumnos jugaban contra estudiantes de otro colegio y alguno de ellos cometía una infracción grave, lo expulsaba del campo del juego y luego lo sancionaba impidiéndole jugar durante un mes, además de obligarlo a ver los partidos solo, al margen del equipo.

Desde su perspectiva, el fútbol y la dinámica del juego estaban regidos por los criterios morales del llamado fair play. Estos valores y prácticas fueron fomentados en las escuelas británicas y desde allí se trasladaron a otros grupos sociales, propiciando la aparición del fútbol que podríamos llamar “oficial” con la creación de la Association.

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No obstante, nada comparable sucedió en la escuela pública argentina, institución que se ocupaba de transmitir la cultura letrada oficial, que en sus aristas humanistas y reformadoras se complementaba con las prácticas e ideologías de la cultura contestataria.

La gran mayoría de los dirigentes y pedagogos imaginaba a la escuela pública como un espacio para la transformación de los niños y jóvenes en particular, los hijos de inmigrantes en ciudadanos argentinos.

La escuela incidió en la constitución del público lector, en sus hábitos y en las prácticas consideradas legítimas, y sus objetivos explícitos fueron la formación del ciudadano argentino de acuerdo a parámetros vinculados con la defensa del estado nación y con la asimilación de ciertos contenidos que lo legitimaban (asociados a la nueva simbología patria y a los “adelantos científicos” positivistas).

El tiempo y el tipo de actividad física fueron temas de un arduo debate hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, en el que influyeron las pretensiones de algunos de transformar en soldados a los jóvenes tal como lo preconizaba la ley del servicio militar obligatorio. Otros suponían que la influencia de los deportes sería positiva para fomentar la disciplina y los valores del esfuerzo. Pero la tendencia triunfante, sostenida por pedagogos e higienistas de la época, edificó el sistema nacional de educación física excluyendo los deportes y competencias de los programas de enseñanza.

La línea dominante estuvo encabezada por Enrique Romero Brest, quien en 1906 creó el Instituto Nacional de Educación Física, una entidad cuyo propósito fue otorgar legitimidad científica a esta actividad dentro del sistema escolar. De acuerdo con esta concepción, el fútbol debía ser excluido de los currículos porque su a difundido desarrollo en las calles había asumido características reprobables, como generar violencia y enemistades.

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Fiel a las pautas de los sistemas nacionales sueco y francés, entre otros, fundó el Profesorado de Educación Física, encuadrado bajo el Sistema Argentino de Educación Física. Romero Brest consideró que, a diferencia de los modelos militarizados e ingleses de enseñanza, sólo este sistema cumplía con los requisitos científicos, sanitarios, fisiológicos y pedagógicos. En este esquema la competencia deportiva quedó relegada a una etapa que podría ser cubierta posteriormente en los clubes una vez cumplidos los 18 años de edad.

El único contacto de las iniciativas escolares con la vida social extraescolar y el deporte era la promoción del asociacionismo desde las aulas: un horizonte común a todos los grupos sociales.

Si bien no era igual para todos, la idea y la práctica de reunirse, de agruparse con otras personas que tenían similares intereses, fue generalizándose.

Desde la década de 1870, los inmigrantes comenzaron a formar instituciones de ayuda mutua que a su vez servían para enviar dinero a sus familias al otro lado del océano. La iniciativa de crear clubes fue legitimada desde la enseñanza pública gracias a una disposición del Ministerio de Educación que promovía la formación de un club atlético dentro de cada establecimiento escolar.

Mientras la vida extramuros era dominada por la competencia y el fútbol, se intentaba mantener a la escuela apartada de esa realidad y de identificarla como un reducto incontaminado por las sobras y oscuridades que la rodeaban.

Al excluir de la escuela argentina la competencia deportiva por desatar bajas pasiones y rivalidad entre los jóvenes, según sus detractores, también ciertos gustos, deseos e intereses de los niños quedaron excluidos.

Así lo afirmó, en una entrevista publicada por la revista La Cancha en febrero de 1929, un jugador de Colegiales que había asistido a la escuela primaria hacia fines de la primera década del siglo XX: “En el barrio de Colegiales jugábamos con pelotas que les ‘afanábamos’ a los maestros, porque ellos se las sacaban a los alumnos, y nosotros, ni cortos ni perezosos, las arrebatábamos a su poder".

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