El lugar del peor accidente nuclear de la historia, la ciudad ucraniana de Chernobyl, comenzará arecibir visitas turísticas a partir del año próximo.
El anuncio lo realizó el ministro de Emergencias de Ucrania, Viktor Baloga, tras visitar la
central junto a la jefa del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Helen Clark. Según una portavoz ministerial, los especialistas están trabajando para establecer rutasseguras para que los turistas aprendan sobre la explosión que causó el accidente nuclear en 1986. Luego del desastre, la llamada zona de exclusión, un área de 48 kilómetros de radio alrededordel reactor, fue evacuada y acordonada. Todas las visitas fueron prohibidas. Actualmente, unos 2.500 empleados mantienen lo que queda de la cerrada planta nuclear ytrabajan en turnos para limitar su exposición a la radiación. A pesar de una prohibición delgobierno, cientos de evacuados han regresado a sus casas en la zona. Varias empresas ofrecen desde hace tiempo visitas al área restringida, pero -según elgobierno- esas visitas son ilegales y no está garantizada su seguridad. El ministerio de Emergencia informó que los expertos están preparando rutas de viaje queserán seguras e informativas, tanto para los ucranianos como para turistas extranjeros. No dio unafecha específica sobre cuándo empezarán las visitas. Atracciones no convencionales Con al apertura al público, Chernobyl se suma a otras "atracciones" que les permiten a losvisitantes conocer lugares que se encuentran en las antípodas de los destinos turísticosconvencionales. Por ejemplo, los campos de concentración en Alemania, República Checa y Polonia, que cada añoacogen a millones de visitantes dispuestos a revivir los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Innumerables cárceles de todo el mundo -entre allas la argentina de Ushuaia, la española deMatarraña o la célebre de Alcatraz, en Estados Unidos- les permiten a los visitantes estarencerrados por un rato y revivir las penurias de presos famosos y anónimos. O las favelas brasileñas, que a pesar de su precariedad y peligrosidad atraen a hordas deturistas que prefieren salirse por un rato del circuito convencional de playas y bares para echarun vistazo a la realidad social que viven los locales.



