Atrás han quedado los días en que los niños no se levantaban de la mesa hasta que no se comieran toda la comida. Hoy, en tiempos en que la obesidad se asoma como una inminente epidemia, cuidar los hábitos alimenticios de los niños, incluyendo que no coman más de lo que necesitan, parece ser la regla número uno en la crianza. Pero, ¿dónde están los límites?
Eso se preguntan hoy los expertos en Estados Unidos, luego de que Dara-Lynn Weiss escribiera en la edición estadounidense de abril de la revista Vogue, cómo puso a dieta a su hija Bea, de 7 años, diagnosticada por su pediatra como obesa por pesar 42 kilos, midiendo 1,32 cm.
Son innumerables las voces indignadas que acusan a Weiss de ser una madre irresponsable, por mostrar públicamente los problemas de peso de su hija y por enseñarle a ella -a vista de la opinión pública- una relación insana con la comida, que podría en un futuro acarrear desórdenes alimenticios en la menor.
“A veces, el snack de Bea, después del colegio, era un pedazo de pizza o un gyro (shawarma) (...) Otros días la obligaba a elegir entre una sopa de verduras baja en grasa o un huevo duro. De vez en cuando accedí a que comiera un pedazo de torta de café, sobre todo, porque yo quería comerme la mitad de él. Cuando ella tenía acceso a pastelitos en algún cumpleaños, yo alternaba frases como: ‘No comas eso, no es bueno para ti’, “ok, está bien, adelante. Pero solo uno’ y ‘Bea, tienes que dejar de comer ese tipo de basura. Estás engordando’, dependiendo de mi humor. Entonces, en secreto me comía dos pastelitos cuando ella no estaba mirando”, es parte del artículo de Weiss, publicado en la revista de moda.
La madre de Bea admitió también un día, haber arrancado de las manos de su hija un vaso de chocolate caliente y haberlo tirado a la basura, luego de que el empleado de la cafetería no fuera capaz de decirle cuántas calorías exactamente tenía la bebida.
“(En otra ocasión) me interpuse entre mi hija y un bol de ensalada que mi amigo le estaba entregando, levantando mi mano como un policía que dirige el tránsito. ‘Gracias’, dije, ‘pero ella ya comió su cena’. ‘Pero dice que todavía tiene hambre’, respondió mi amigo desconcertado. Fingí una sonrisa. ‘Sí, pero tiene mucho aderezo y estamos tratando...’. ‘¡Es solo aceite de oliva!’, interrumpió mi amigo, ‘¡es súper sano!’. Mi sonrisa se desvaneció y mi voz se hizo más tensa. ‘Lo sé. Ella no puede comer’. Los ojos de mi amigo se movieron hacia mi hija, quien tenía en la mira un bol del tamaño de un frisbee, lleno de aceite, atún, huevos, papas y aceitunas”, es otro de los recuerdos de Weiss, que se suma a hechos como que una vez dejó a su hija sin cenar, porque supo que en el colegio habían tenido una actividad que incluyó quesos y chocolates.
Fuente: EMOL




