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Desde su reconocimiento como Estado, los conflictos se dirimen por la vía armada.

La paz no consigue llegar hasta Israel

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Por Orlando Ragusa

oragusa@diariouno.net.ar

Desde la creación del Estado de Israel en 1948 por votación en la ONU que ordena la partición del dominio británico de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, la paz está ausente en ese rincón del mundo.

No estaba seca la tinta con la que los dirigentes sionistas armaron su primer gobierno y sus actos fundacionales cuando las naciones árabes vecinas se lanzaron a una guerra para impedir la consagración del nuevo Estado sin dar tampoco cabida al pueblo palestino para formar el suyo.

Conflictos sin fin

De ahí en más, todo asunto entre Israel y sus vecinos u otras potencias se resolvió a los tiros. Las guerras en ese pequeño trozo de tierra desde 1948 hasta 2012 son incontables, sangrientas y sin otro objetivo en vista que la eliminación del enemigo.

No hay un plan estratégico de largo aliento que permita el desarrollo sostenido en el tiempo de los pueblos que habitan la región.

La situación normal de la zona es la convulsión, las patrullas armadas, el sonido de los cohetes, el rebufo de los cañones y el rechinar de las cadenas de los tanques pesados. Todos desconfían de todos.

Israel, que bien podría ser un Estado de científicos dedicados a la medicina, la ecología o la astronáutica, dedica buena parte de su presupuesto y de sus esfuerzos intelectuales a prepararse para la guerra. Es un país en armas.

La realidad palestina

La contraparte palestina tampoco vive en paz. Acuciados por el hambre, la estrechez geográfica, el cerco de su poderoso vecino agresivo, los palestinos viven en estado de rebelión con el arma a mano y listos para combatir. La historia reciente, los últimos 60 años, señalan que han sido víctimas frecuentes de atropellos inhumanos. Las matanzas de Sabra y Chatila, campos de refugiados asaltados por milicias libanesas y arrasados, son la peor muestra del sufrimiento de un pueblo que sólo quiere establecer un Estado jurídicamente ordenado para participar en igualdad de condiciones con la comunidad internacional de países de las bondades que ofrece el mundo.

Sin duda el estado de beligerancia de palestinos rebeldes como la facción Hamas que gobierna la Franja de Gaza y de israelíes intransigentes que muchas veces desobedecen las resoluciones de la ONU y de otros organismos internacionales está fogoneado por potencias extrazonales que juegan en ese tablero de Medio Oriente su funesto ajedrez de guerra.

En estos 60 años el poder militar de Estados Unidos pesó de manera notable a favor de Israel en todos y cada uno de los conflictos que tuvo Tel Aviv con sus vecinos.

Muchos de los países árabes enemistados con Israel se apoyaron en otros años en el poderío de la Unión Soviética para igualar fuerzas.

Pero la Unión Soviética desapareció y Estados Unidos tiene la mirada más atenta al desarrollo de la economía china, al declinar de Europa como potencia económica y a sus propias contradicciones internas que le han costados varios dolores de cabeza y muchos billones de dólares.

Con todo ese panorama del mundo que realmente cambió desde la guerra de los Seis Días o la Yom Kippur hasta nuestros días, es de hombres prudentes sentarse a negociar en serio entre los líderes de Israel, de Palestina y de los vecinos árabes para consolidar la región en paz y armonía para que la humanidad mire a Jerusalén como la capital religiosa del judaísmo, el cristianismo y el Islam y no como un enclave militar.

Si Alemania se recuperó de doce años de nazismo y Rusia reflotó luego de la disolución de la Unión Soviética, no es imposible pensar en la convivencia pacífica del Estado de Israel con un Estado palestino independiente y democrático.

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