Pocha, la "guerrera pacifista"

Por UNO

Por Gisela Emma Saccavino

Pocha es sus ojos. De esas pupilas vidriosas se desprenden destellos de fortaleza, esa que la sostiene hoy como un baluarte en la lucha por los derechos humanos, pero también un hondo dolor, que cala sus fibras desde el 22 de mayo de 1978, cuando vio cómo las fuerzas armadas se llevaban sin causa alguna a Mario y Gustavo, su sobrino y su cuñado, quienes permanecen desaparecidos.

Hoy, María del Carmen Gil de Camín, tal su nombre de pila –aunque casi nadie la llame por él– vive en Las Heras, tiene 78 años y no declina en su incesante pedido de justicia para con aquellos que padecieron pérdidas emocionales irremediables durante la última dictadura.

Pocha es una de las cuatro fundadoras del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos de la provincia, organismo que nació el mismo año en que supo por última vez de sus familiares.

“Me enrolé en esta militancia por Gustavo y Mario, porque queríamos saber algo sobre ellos y su paradero. Pero después vimos que era una lucha colectiva, no sólo por nosotros, sino por los 30 mil”, sostuvo el último agosto, cuando recibió, junto con otros doce mendocinos, la distinción sanmartiniana en las categorías Humanidades y Derechos Humanos.

–Bueno, vamos a empezar por…–¿Por mi nacimiento? ¡Uy! (ríe). Bueno, nací en la calle Bernardo Ortiz de Godoy Cruz, en la casa de mi abuela paterna, al igual que mi hermana Laura, porque antes los partos se atendían en la casa. Hice la primaria en la escuela Rawson de Godoy Cruz, que quedaba cerca de casa. Siempre alquilamos.

–¿A qué se dedicaban sus padres?–Mi papá trabajaba en la farmacia Globo, que ya no existe, y mi mamá era ama de casa, como las mujeres de esa época. La secundaria la hice en el Liceo de Señoritas y me recibí de bachiller. “Burro elegante” le decían a ese título, porque no servía para nada (risas). A los 19 años me casé con Armando Camín.

–Momento: ¿dónde y cuándo conoció a su marido?–Lo conocí en un baile de la Juventud Comunista, a los 16 años.

–¿Usted militaba en esa agrupación?–No, pero él sí, y mi tío también militaba mucho en el Partido Comunista, aunque años después se alejaron. En mi familia siempre se habló de política, y mucho. En realidad, el más comprometido era mi papá. Mi madre hacía las tareas de la casa. La cosa es que con Armando nos pusimos de novios y a los tres años nos casamos. Vivimos una vida muy feliz hasta que murió de cáncer. Se cumplen hoy 12 años de su fallecimiento.

–¿Tuvieron hijos?–Tuvimos este hijo (muestra una fotografía en la que aparece junto a ella), Sergio, que es doctor en Biología y se casó tarde, hace unos años, y tiene dos nenas.

–¿Y en qué trabajaba su marido?–Los primeros años vivía de cualquier changa y luego instaló una librería en el centro, Diálogo, que después trasladó a otro local, pero como no vendía nada tuvo que cerrar y se dedicó a hacerme la comida y a estar en la casa. Para ese entonces ya estaba jubilado, al igual que yo, aunque seguía trabajando en el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).

–¿Cuándo se vincula con la defensa de los derechos humanos?–Desde el 22 de mayo del ‘78, cuando desaparecieron mi sobrino y mi cuñado, mi marido y yo comenzamos a dedicarnos a los derechos humanos. Fueron los últimos desaparecidos en Mendoza.

–¿En qué se desempeñaban Mario y Gustavo Camín cuando cayeron?–Mi cuñado había estado en el PC muchos años, pero, también por discrepancias políticas, había dejado de militar. Y mi sobrino la verdad es que no sé si estaba en algo, si sé que se lo llevaron de la UTN, donde estudiaba. Es que esta es la gran injusticia que se cometió con los desaparecidos. Como no los acusaban de nada ni les daban la posibilidad de someterlos a juicio, se perdían y se perdían, nomás.

–¿Y fue tal vez esa impotencia la que encendió en su pecho la llama de la lucha?–Exactamente. Al principio emprendimos una lucha individual, pero después vimos que la verdadera pelea debía darse de manera colectiva, porque las desapariciones eran cada vez más. Había entonces que agrupar a las madres y familias para unirnos en la lucha.

–¿Cómo se organizaron en una sociedad que a toda costa intentaba tapar el terrorismo de Estado, o peor, que ni siquiera lo notaba?–Ese fue un tema, porque la mayoría de la sociedad argentina, y la mendocina sobre todo, no se daba cuenta de nada. Recién ahora está reconociendo lo que pasó, pero en ese momento éramos muy poquitos. En realidad, sólo participábamos las familias que habíamos vivido pérdidas en carne propia.

–En medio de ese reino del terror, ¿cómo se atrevieron a tender la red?–Al principio nos reuníamos en casas de familia y más tarde en el local del MEDH.

–Usted es una de las fundadoras del MEDH, ¿con quiénes y cómo le dieron forma?–Lo fundamos luego de las desapariciones de mis familiares con la holandesa Alieda Verhoeven, una pastora metodista que hoy padece Alzheimer, y dos psiquiatras, Jorge Barandica y Daniel Álvarez. Nos acercamos a los familiares movidos sencillamente por la solidaridad, pues ninguno de ellos tres tenía desaparecidos en su seno ni eran militantes.

–Sorprendente su valentía en una época en la que el sólo pensar era causa de detención y hostigamiento, cuando no de muerte, ¿los persiguieron?–A mí y a los psiquiatras no, pero a Alieda sí, ella tuvo que partir a Europa y cuando llegó le avisaron que no volviera porque estaba en serio peligro. El MEDH ya existía en Buenos Aires desde 1976 y en los años siguientes se crearon filiales en Córdoba, Rosario y nosotros fundamos la de Cuyo, por lo que trabajábamos también en San Luis y San Juan. Nuestra misión central fue siempre orar por la paz, tiene un espíritu pacifista 100%. Yo nunca he estado de acuerdo con la lucha armada. Tan fuerte es esta impronta que, a pesar de su dolor, ninguno de los familiares de los presos o desaparecidos ha hecho justicia por mano propia. Ninguno. Lo más importante es que hace apenas un tiempo llegaron los famosos juicios, después de tantos años. Y la verdad es que este Gobierno ha dado un paso enorme en cuanto a los derechos humanos, pero lamentablemente algunos familiares, y sobre todo muchos genocidas, ya están muertos.

–De todos modos, ¿lee esto como una reparación histórica? ¿Cree que aún es posible?–Sí, si sigue este Gobierno, creo que es posible.

–También trabajó muchos años con los refugiados de la dictadura chilena, ¿cómo fue esa experiencia?–Desde el 11 de setiembre del ‘73, cuando Pinochet derroca a Allende, comenzaron a venir a Argentina muchos refugiados. Luego, durante unos años, la cosa se calmó un poco, pero en el ‘78 hubo una segunda oleada grande y fue ahí cuando me nombraron asistente social del Comité Ecuménico de Acción Social. Ellos tuvieron una dictadura mucho más larga que la nuestra y lo peor es que aún hoy hay gente que se junta para vivar a Pinochet. En cambio acá hoy nadie se junta para vivar a Videla.

–¿Cree que el gobierno de Néstor Kirchner generó un vuelco de conciencia en la sociedad en materia de derechos humanos?–Totalmente. Desde Néstor y hasta hoy con Cristina es la primera vez que los derechos humanos adquieren un rol preponderante en las políticas de Estado. Eso se ve, por ejemplo, en la participación que les han dado a las Madres.

–¿Y cómo lo vive?–Con mucho orgullo. Cuando dieron la primera sentencia yo les decía a los chicos, llorando (se emociona profundamente): “¡Cómo es posible que esté viviendo esto!”. Realmente pensábamos que no iba a llegar nunca. Ellos nunca calcularon que iban a estar en el banquillo de los acusados; es muy conmovedor. Sobre todo para mí, que conozco todas y cada una de las historias de los desaparecidos de Mendoza.

–¿Sigue trabajando en el MEDH?–No, trabajé hasta que me dio el cuerpo, hace cuatro años.

–Pero percibo que su lucha se mantiene intacta en su pecho y en su mirada…–Por supuesto. De hecho hace poco comenzó el juicio por mis familiares desaparecidos, pero no puedo ir porque el médico no me deja, por mi corazón. Igualmente sigo todos los juicios de cerca.

–¿Cuál es su sueño, después de tantos años de experimentar la impotencia de la impunidad?–Ver a todos los genocidas en la cárcel. Sé que muchos se van a escapar, porque los juicios conllevan un largo proceso, pero algunos van a caer, y en prisión común porque, ¿cómo puede ser que cualquier ciudadano que mata va a la cárcel común y ellos, que torturaron, robaron bebés y mataron a cientos de miles de personas, reciban algún tipo de privilegio? Esa sería, definitivamente, mi más grande reivindicación.