Luis González tiene 61 años, es chileno y solía trabajar en el ferrocarril trasandino. Un día su trabajo lo trajo a Mendoza y, enamorado de la provincia, tomó a su mujer, sus dos hijos y se vino a vivir a esta provincia. Hace 35 años que es maletero en la Terminal del Sol, que hoy lució casi desierta y con escaso movimiento. “Me vine cuando tenía 24 años. En Chile trabajaba como acomodador de los coches de Ferrocarriles del Estado, estuve 6 meses haciendo el cruce internacional entre Mendoza y Los Andes y me gustó. Renuncié a mi trabajo y me vine a buscar otros horizontes”, contó Luis a diariouno.com.ar. En agosto de 1975 comenzó a trabajar como maletero, cuando la Terminal todavía era del Gobierno. “Empecé en una empresa, a veces trabajaba 18 horas por día, había que ser constante para poder trabajar de esto”.
Luis pasó por varias empresas siempre dentro de la Terminal, que hoy considera su segundo hogar. “Mis hijos crecieron y estudiaron. El mayor se recibió de técnico electricista pero no quiso seguir con al carrera y se vino de maletero. El menor también trabaja con nosotros. A la noche juntamos todo lo que recaudamos y nos los repartimos entre los tres”. La economía del maletero depende exclusivamente de las propinas que dejan los pasajeros. Un buen día llegan a recaudar 45 pesos y quienes más propina dejan, según contó Luis, son de Buenos Aires. “El porteño es el que más deja, no el de provincia, sino el de Capital. Un pasajero me deja 2 pesos o 1,5. Cuando traen mucho equipaje me dejan 5 pesos”. Anecdotario de un maletero La época de oro para los maleteros de la terminal, dice Luis, fue del 76 al 86, donde tuvieron buena afluencia de pasajeros y buenas propinas. A comienzos de los 90 la situación se puso dura. “En el 77 comenzó una época donde hubo mucha afluencia de público, en el 78 fue el Mundial y el movimiento se mantuvo hasta que Menem llegó al gobierno. Ahí decayó con el 1 a 1. Fue la peor época para nosotros, la gente se iba a fuera, no se quedaba en el país”, recordó el maletero. Objetos perdidos, billeteras en el suelo y hasta maletines llenos de dinero forman parte de la rutina de Luís y su familia. “Lo primero que me encontré fue en el 77. En la plataforma 35 se quedó un maletín con plata que era de un pasajero que se dio cuenta cuando estaba llegando al aeropuerto. Yo termine de cargar el coche y llevé el maletín a la oficina. Al rato llamó el pasajero desesperado, porque era la plata para el sueldo de unos obreros. Lo vino a buscar y no me dejó ni dos pesos de propina. Igual me siento satisfecho de haberlo devuelto. No podría haber vivido tranquilo si me lo hubiera llevado”. Aunque poco le queda para jubilarse, Luis no duda un segundo en asegurar que a “su” Terminal no la deja mientras le den las fuerzas. “Voy a cumplir 62 años, y voy a ser maletero hasta que me den las fuerzas. No quiero jubilarme, me siento cómodo en mi Terminal”.
