Las tribus del Colegio Universitario Central son una tradición que nació en la década del ´60 y aún hoy identifica a los alumnos y egresados. Las cacicas actuales cuentan la experiencia.

Huarpes y Pehuenches del CUC festejan su primer medio siglo de vida

Por UNO

Por Juliana Argañaraz

Haya pasado o no por las aulas del Colegio Universitario Central (CUC), no hay mendocino que no conozca o no haya escuchado hablar de las tribus, esa tradición de los cuqueros que hace 50 años unifica a los alumnos, emociona a los egresados y llena de intriga, y envidia a veces, a los que lo miran de afuera.

No es común que un adolescente quiera pasar más horas de su día dentro de la escuela que afuera. Que destine mañanas, tardes y noches enteras a preparar actividades para hacer su vida escolar, y la de cientos de alumnos, mejor, más entretenida y más enriquecedora para su formación.

Las tribus del CUC son grupos de estudiantes elegidos democráticamente que se encargan de organizar actividades durante el año para todo el alumnado. Al poder de las tribus (con los caciques como jefes máximos, seguidos de los hechiceros, jefes de consejo y delegados) se accede a través de elecciones para las cuales se forman listas que después se someten a una elección.

La mística de las tribus (esa es la palabra que mejor las define) es que están íntegramente organizadas y llevadas adelante por los mismos estudiantes del CUC, y que despiertan en ellos un sentimiento de pertenencia a la institución y a los colores de su grupo que no se compara con lo que se ve en otras escuelas.

“Que las tribus cumplan 50 años para el colegio significa que la identidad y el espíritu se han mantenido durante años”, dice Susana Oliva, vicedirectora del CUC.

De y para los chicos

Las cacicas 2012, quienes tienen a su cargo los festejos por el medio siglo de esta tradición, son para los Pehuenches Delfina Viancarlos (17), de tercer año de Ciencias Naturales B, y para los Huarpes Victoria Maselli (17), de tercero de Ciencias Naturales A. Ambas tienen una tradición familiar en cuanto al CUC y a las tribus que pertenecen, y coinciden también en el amor que le ponen a este “trabajo” que conlleva “mucho estrés y esfuerzo”.

“Cuando quise ser cacique, mi objetivo fue dejar una marca en el colegio”, dice Victoria, y su compañera agrega: “Se trata de darle algo al colegio para devolver todo lo que nos dio”. Ellas fueron las candidatas de la lista HP Marimba que ganó las elecciones en abril.

Pero más allá de las listas que compiten, una vez que los nuevos caciques, hechiceros (una suerte de vicepresidentes) y demás autoridades resultan electos, el enfrentamiento “político” queda atrás y todo el alumnado se encolumna detrás de los colores de su tribu para lo que queda del año y, en caso de los alumnos más chicos, para el resto de su escolaridad.

Cada ingresante al CUC es asignado a una tribu a la cual pertenecerá para siempre, aún después de que sus días de secundario queden atrás. Con el bautismo como rito de iniciación, todo el colegio se tiñe de rojo para los Huarpes) o azul (para los Pehuenches).

“Es una rivalidad, pero rivalidad sana”, dicen las chicas, y los ojos les brillan y se les atropellan las palabras cuando hablan de sus tribus. “El mensaje no es de enfrentamiento, sino de la necesidad de que se trabaje en conjunto por un objetivo mayor, que es el colegio todo”, explican.

Cómo puede ser que un adolescente tenga tanto amor por su colegio, es la pregunta que surge. “Disfrutás, aprendés, crecés. Se crea un sentimiento muy fuerte”, dice Victoria. “Y es lindo saber que a los que ya se fueron les pasa lo mismo”, agrega.